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De democracias a democracias
Por Erwin Pérez - Guatemala, 6 de junio de 2007

Hay, en los grupos conservadores de América Latina, un creciente y prejuiciado temor sobre la evolución que la democracia está teniendo en nuestro continente. Los más alarmados hablan de una transición de la democracia a la dictadura. Se preguntan, con absoluto asombro, hasta dónde serán capaces de llegar los gobiernos de izquierda que, con sus matices bien marcados, tienen el inconmensurable respaldo popular. Las posiciones más arrebatadas hablan de poner un cerco político en la cintura del continente. ¡Hay que detener el avance populista!, gritan con rencor e indignación los grupos que tradicionalmente han ostentado el poder político y económico en cada uno de los países latinoamericanos.

Los temores que expresan son, desde luego, discutibles. Para comenzar es imprescindible recordar que la democracia que defienden las oligarquías responde a un conjunto de normas y parámetros que relegan a un segundo o tercer plano al ser humano. Por el contrario, se privilegian acciones legalistas que proyectan una falsa creencia de participación ciudadana. Es una cadena de normas y parámetros que definen los procedimientos a seguir en una sociedad. Esta democracia procedimental, es una acepción manipulada de los principios democráticos que primaron en Grecia, cuna de la democracia.

En otras palabras, las democracias que defienden las oligarquías latinoamericanas es aquella construida a su imagen y semejanza. En ese modelo no interesan los millones de habitantes que, además de sobrevivir por debajo de la línea de pobreza, carecen de sistemas respetables de salud, de programas de educación pública, estructuras de justicia cuestionable en varios países y tampoco interesa la participación ciudadana. Lo importante en este modelo democrático es que se cumpla con los procedimientos establecidos: conformación de partidos políticos, división de poderes y elecciones periódicas. Así el concepto de democracia queda limitado, tergiversado e inoperante al momento de las exigencias ciudadanas.

Ahora bien, los grupos y sectores que han estado excluidos de los beneficios de esta democracia decidieron participar en ella. Jugar con sus reglas. Y esto ha les dado resultado. Segmentos de población tradicionalmente marginados han conseguido tomar el control político en varios países. Paso seguido se han reformado o están por reformar las normas y las reglas para que éstas vuelvan a retomar al ser humano como centro de la democracia. Ese es el núcleo de los temores en los grupos conservadores y las oligarquías del continente.

Los “afectados” hablan de un rompimiento de la democracia y una creciente línea dictatorial, pero lo hacen sin fundamentos objetivos. Su principal punto de ataque es el Presidente de Venezuela Hugo Chávez, pero no el único. Él ha sido electo a través del voto directo, en las urnas, por medio de un partido político y, además en la mitad de su mandato ha puesto su presidencia a consulta popular. En todas las ocasiones ha ganado siempre con absoluta contundencia. Y lo ha hecho con las reglas procedimentales de la democracia burguesa.

No se trata entonces de un asesinato a la democracia. Sino de abrir la participación, de distribuir el poder y compartir las riquezas que generan las naciones. Se trata de una democracia con autentica representación, con contenido ético y sobre todo al servicio de la población. Y la gente está contenta con esa nueva forma porque en la anterior se hablaba de crecimiento económico sostenido pero el número de pobres iba en aumento.

El descontento social prevaleciente en América no obedecía, en sí, al sistema democrático, sino a la incapacidad de éste, por proveer satisfactores sociales. Cuando éstos llegan a las comunidades más pobres del continente, entonces, los conservadores hablaron de la amenaza que significaba para la estabilidad regional el supuesto giro a la izquierda que se percibía en Latinoamérica. Luego de los triunfos consecutivos de partidos o alianzas de izquierda en Bolivia, Chile, Argentina, Brasil, Venezuela y Uruguay, se abrió un nuevo debate y más temores.

El debate giró en torno a la “peligrosidad” de estos gobiernos de izquierda, con el enorme vacío conceptual sobre el termino “izquierda”. Los más temerosos prefirieron llamarle “populismo”. La tranquilidad llegó con el triunfo reelectoral de Álvaro Uribe en Colombia, la victoria que la derecha alcanzó en Perú, Costa Rica, El Salvador y aunque muy cuestionado, el triunfo de Felipe Calderón en México. De Colombia hasta México, solamente Nicaragua posee un gobierno de izquierda.

De modo que, en realidad, los temores expresados por los conservadores carecen de sustento. En parte porque muchos de los gobiernos de izquierda a los que hacen referencia mantienen una política de apertura económica como lo dictan las recetas de los organismos multilaterales de financiamiento. Chile es la expresión más elocuente de ese comportamiento, pero no el único. Es más, en Venezuela hay un crecimiento económico sostenido y las inversiones no se han estancado.

En el terreno político tampoco hay porque temer, ninguno de los gobernantes hasta ahora electos está hablando de perpetuarse en el poder, y aunque podríamos esperar intentos de reelección, ésta será aceptada o rechazada por la población en las urnas –no como acostumbraba la derecha, a través de los golpes de Estado-, ni siquiera en Brasil, cuyo Presidente proviene de la clase obrera y que se caracterizó por un impresionante caudal sindical, le ha dado vuelta al sistema político para provocar la dictadura obrera. Es más, hay quienes dentro y fuera de Brasil le critican la suavidad con que atiende ciertos asuntos.

Estamos, pues, ante un proceso histórico que bien podría ser la transición de una democracia procedimental, hacia un modelo más participativo e incluyente que no deja de ser absolutamente democrático. Sería contradictorio, como seres humanos, oponerse a una evolución de la democracia por los temores infundados de quienes hoy ven amenazado su status quo.

Fuente: www.i-dem.org - Nueva Época números 1216


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