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Del autoritarismo a la democracia y, ¿viceversa?
Por Erwin Pérez - Guatemala, 22 de septiembre de 2007

Hemos comenzado a creer en Latinoamérica que nuestras democracias son cada vez más fuertes y cada vez más democracias en si. Podría aceptarse ese pensamiento o bien podría ponerse en discusión si lo que entendemos por democracia unos, es distinto a lo que otros exaltan como tal.

Desde la derecha conservadora, que durante siglos ha ostentado el poder político y económico en varios países, se afirma con absoluta certeza que nuestro sistema democrático en el continente ha tenido tropiezos, pero que éstos se han superado y hemos conseguido avanzar colectivamente como países en la democracia. Vivimos en ella, dicen, al tiempo que se cuidan de aclarar que no es perfecta.

La democracia a la que se refieren estos grupos, ha sido comúnmente elaborada en cada país sobre las reglas de los sectores dominantes de ese país, de tal manera que el sistema no afectara sustancialmente las privilegiadas posiciones de determinadas familias o corporaciones empresariales. En ese marco quisiéramos pensar que cuando se refieren a las imperfecciones de nuestras democracias, lo hacen con cierto nivel de autocrítica y sabiendo que esos desajustes –como también le llaman- afectan más a las grandes mayorías que a las minorías poderosas.

Sin embargo, estaríamos pecando de ingenuos al darle crédito a ese pensamiento autocrítico. Más bien pensamos que se trata de una especie de blindaje anticipado de aquellos perjuicios que provoque la “democracia” en cuestión, en las capas más desposeídas de los países. Y es que la democracia que nos han construido no expresa las condiciones de igualdad, participación y libertad a las que aspira una autentica democracia. De hecho, por momentos pareciera que la “democracia” predominante en América Latina, conspira contra aquellas aspiraciones.

En ese sentido entendemos que nuestras democracias son ahora más fuertes que hace 30 años, en cuyos días, las oligarquías de varios países en el continente acudieron a la fuerza y la represión para garantizar su status quo. Se estableció un andamiaje legal e institucional que permitiera la coerción absoluta del Estado y el abuso de la fuerza y la violencia en casos extremos. Colombia sigue en ese episodio. En medio de una terrible guerra que tiene más de 40 años, se celebran elecciones y las élites festejan la democracia. Pero los grupos opositores de sindicalistas, campesinos y algunos políticos progresistas tienen libertades muy limitadas, y su participación en determinados espacios públicos puede resultar altamente riesgoso para su vida.

En los otros países en los cuales la fuerza desde el Estado fue implementada con implacable severidad, ciertamente la situación ha cambiado. En naciones como Chile, Argentina o más crueles como Guatemala y El Salvador hay espacios de participación más amplios para la oposición; se celebran elecciones periódicas, los tradicionales golpes de Estado llevan ya dos ó tres décadas sin reaparecer; y aunque hay países que hostiles hacia los periodistas que otros, puede decirse que hay libertad de expresión.

Sin embargo, estas democracias construidas sobre los escombros dejados por el autoritarismo en las últimas décadas del siglo pasado, pareciera que están dejando de ser el encanto deseado por las oligarquías y las élites. Para estos grupos conservadores la democracia construida por ellos se está convirtiendo en un riesgo, porque ha comenzado no solo a limitarles ciertos privilegios, sino que desde hace unos cinco años ha comenzado a ser usada por otros sectores.

El hecho de que Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, Rafael Corre de Ecuador, Daniel Ortega en Nicaragua y otros como Lula, Kirchner, Tabaré Vázquez y más hayan llegado al poder Ejecutivo de sus países ya habla mucho de las amenazas que ven en aumento las clases privilegiadas de esos países. De modo que cuando se habla de reformas constitucionales para instaurar una autentica democracia, con participación de todos los sectores, equidad entre los pueblos y libertades sociales, las oligarquías de aquellas naciones donde no han tenido derrotas aún, están construyendo otras alternativas.

México tomó la vía del fraude para impedir el ascenso de una izquierda que prometía romper esquemas; Colombia reformó su carta magna para permitir la reelección de su conservador Presidente Uribe; en Guatemala, han retomado la alianza entre militares y oligarquía para afianzar el poder y, reducir cualquier intento de cambios reales que fomenten la participación la libertad y sobre todo la igualdad; por último, en El Salvador, la tarea de las 17 familias más acaudalas y enquistadas en el poder desde hace décadas puede que sean las más preocupadas por el creciente apoyo que está teniendo el FMLN de cara a las elecciones de 2009.

Con un mapa como este, es sumamente comprensible que desde Washington se esté tratando de rearticular el poder militar en la región centroamericana. No hay tiempo para correr riesgos, dirán, sin embargo, somos los pueblos latinoamericanos quienes debiéramos decidir si queremos seguir avanzando hacia una verdadera democracia o si por el contrario, queremos retornar a los oscuros años del militarismo y la subyugación, disfrazada ahora de democracia. Señoras, señores, esto no es democracia.

Fuente: www.i-dem.org - Nueva Época números 1292 - 210907


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