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La institucionalidad o ¿nos hundimos en la violencia?
Por Erwin Pérez - Guatemala, 28 de septiembre de 2007

Hay quienes en la calle quisieran la condecoración de los policías que se presume asesinaron a cinco jóvenes del barrio El Gallito, luego de haberlos secuestrado frente a familiares, vecinos y elementos del Ejército. ¡que bueno, eran delincuentes! Es la expresión de satisfacción por la matanza que ahora tiene a la institución policial en medio de un nuevo escándalo.

Dos verdades sobresalen de todos los elementos que componen este extraño pero no sorprendente crimen. La primera es que la policía continúa siendo una institución altamente débil, con escasas posibilidades de atraer confianzas ciudadanas y con la imperiosa necesidad de saneamiento interno. La segunda y muy contundente verdad es que los guatemaltecos están desesperados por los niveles de delincuencia y criminalidad, a tal grado que solo ven la muerte de los delincuentes como una posible solución al problema. Perverso pero cierto.

La primera verdad tiene componentes que si bien no son nuevos, tampoco se han atendido con la celeridad que la población desearía. A gritos se reclama una nueva policía, o una reforma profunda que desbarate las redes del crimen organizado que la tienen penetrada. Ninguna de las dos cosas es fácil de hacer. La desaparición de esta policía y la construcción de una nueva, es un anhelo ciudadano difícil de complacer porque para realizarlo sería necesario un elevadísimo presupuesto que el Estado no está en condiciones de conseguir de inmediato.

Pero suponiendo que nos endeudamos más de lo que ya estamos y conseguimos el financiamiento para redundar la policía, también necesitaríamos un promedio mínimo de cinco años para comenzar a ver resultados de cambio auténticos. Es decir, en los primeros años veremos a los nuevos agentes en la calle, pero no será sino hasta un quinto año en que comencemos los ciudadanos a sentir la efectividad de la policía. La confianza vendrá después, y si bien nos va, ésta confianza se irá cultivando paralelamente a las acciones policiales, pero con lo golpeada que está la población, el trecho por recorrer es grande.

Dinero y tiempo son pues, elementos básicos para una nueva policía. En Guatemala nos hacen falta los dos componentes. Y como no se trata de buscar excusas ni mucho menos de ser pesimista, pensemos positivos e imaginemos que contamos con la cooperación internacional para financiar parte del proyecto y, en soñemos por un rato en que las corporaciones empresariales que tienen atado al Estado, se metan la mano en el bolsillo y paguen los impuestos que realmente deben pagar. Entonces ya tenemos resuelto uno de los obstáculos.

La segunda traba, podría solucionarse con un poco de paciencia. Después de todo en algún momento hay que comenzar. Con esperanza de una policía efectiva, transparente y descontaminada, los guatemaltecos podríamos coger paciencia colectiva.

Sin embargo, la cuestión es que no se trata solo de la policía, sino también de la efectividad y eficiencia del Ministerio Público, de la sanidad que requiere el sistema de justicia, de la transparencia para utilizar los impuestos en esas áreas, se trata de un trabajo de inteligencia del Estado para el Estado, (no la de carácter privado para intereses corporativos, como ocurre ahora), se trata del comportamiento ciudadano de cara a un hecho delictivo.

Hasta ahora ese comportamiento está alejado de la denuncia. Los guatemaltecos no denuncian los hechos, prefieren la justicia rápida por medio de la violencia. Es decir, la desconfianza no es solamente hacia la policía, sino también a las instituciones de justicia y de persecución penal. Es en este punto cuando alguien se atreve a enaltecer las ejecuciones extrajudiciales.

Hasta ahora nadie afirma con certeza cuál fue el motivo del quíntuple crimen, pero de lo que se está seguro es que los cinco presentan antecedentes penales y policiales que los identifica sin duda como delincuentes. Uno de los fallecidos tenía 26 ingresos a las cárceles, por diferentes delitos. Entonces se justifica el asesinato de los cinco. Al menos es lo dice la gente en la calle. Y este es un discurso que peligrosamente se está apoderando del pensamiento colectivo de los guatemaltecos, porque ahora con extraordinaria facilidad se juntan los desconocidos para vapulear y matar a golpes a cualquier persona acusada de delincuente. Una solución perversa a un problema social, que nos está llevando al salvajismo nacional.

Ya vimos que refundar la policía es una tarea compleja, no imposible pero si de muy largo plazo. Y sabemos que la vía de la violencia, no resolverá el problema de la violencia. De manera que podríamos inclinarnos más por la depuración de la actual policía, por el fortalecimiento institucional y por la construcción de un verdadero estado de derecho

El problema es ¿cómo hacerlo? Ya hay avances, diagnósticos, planes. Pero de esto la ciudadanía no está enterada. Desde luego que solo informando no se detendrá la violencia, pero por algún lado hay que comenzar. Elegimos la depuración y el fortalecimiento institucional o nos hundimos en la violencia contra la violencia y, sálvese quien pueda.

Fuente: www.i-dem.org - Nueva Época números 1296 - 270907


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