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Personas con hambre en un país con grandes recursos naturales
Por Erwin Pérez - Guatemala, 17 de octubre de 2007

Ayer se conmemoró el Día Mundial de la Alimentación y en nuestro país, la situación de pobreza y pobreza extrema es muy preocupante. Un millón de niños en condiciones de desnutrición y cuatro de cada diez no cuentan con la alimentación adecuada, revelan un panorama angustiante para una nación que aspira a alcanzar la democracia. La desigualdad en el reparto de las riquezas es el fondo del problema como se ha señalado siempre. Pero la peor situación aún no ha llegado. La desigualdad es un asunto doméstico que permite y facilita la pobreza en grados de vergüenza, pero las condiciones mundiales van a profundizar aún más nuestra miseria y las posibilidades de contrarrestar sus efectos pueden resultar más complicadas que un reacomodo interno al país.

La desaparición paulatina pero irreversible de petróleo a escala mundial, ha orillado a la búsqueda de nuevas fuentes de combustión. Los granos básicos resultan ser los primeros afectados. El maíz y el trigo son primordiales en la elaboración de etanol, pero a su vez son fuente de alimento indispensable. En el área Mesoamericana el maíz es la base alimentaria de muchos pueblos, en sus mayorías indígenas, rurales, pobres, de vocación campesina pero sin tierras. Ellos serán los primeros afectados. La tortilla incrementó su precio hasta en un 33% en los últimos nueve meses. Mientras los cereales usados en poblaciones más urbanas pero igualmente pobres también están siendo afectados y su utilidad es económicamente más rentable como fuente de combustible que como fuente alimentaria.

Nuestro país desde luego no queda exento de esos previsibles problemas de hambrunas que se vislumbran en un futuro no muy lejano, en todo el mundo. Estamos en el centro de Mesoamerica. El pueblo Maya, parte importante de nuestro país, se concentra en áreas rurales y tienen al maíz no solo como base de su alimentación, sino como un símbolo fuerte de su cultura. Es en estos pueblos en donde se concentra más del 60% de la pobreza. En los hogares rurales, indígenas o no indígenas está ausente el desarrollo tecnológico y allí se observa el extremo más opuesto de la estabilidad económica familiar. Es decir, son el polo contrario de lo que se vive y se tiene en pequeñas áreas acomodadas de la ciudad.

Los datos oficiales son dramáticos, la realidad es aún peor. Mientras en la capital se concentra no solo el poder político, judicial y parlamentario, sino también la riqueza. En el departamento central solo se identifica a un 0.50% de personas en condiciones de pobreza extrema, entre tanto, departamentos como San Marcos, Izabal, Zacapa y el muy cercano Chimaltenango la pobreza extrema ronda los 18 y 19 puntos porcentuales de pobreza cada uno. Chiquimula continúa siendo el más afectado con una tasa de pobreza extrema de 27.70%. La hambruna detectada en este último departamento hace ya cinco años, no ha logrado solucionarse del todo. Este año incluso aparecieron nuevos casos de desnutrición y de familias que, cuando comen, lo hacen una vez al día y en cantidades insuficientes, a razón de una ración de fríjol personal para toda la familia de cuatro o cinco miembros.

Hablar desde el Estado de un aumento al salario mínimo es matemáticamente justo, pero humanamente impostergable (a pesar de ser claramente insuficiente, porque más de la mitad de la población trabaja sin salario, en la informalidad), a menos claro, que las posiciones ideológicas y los pensamientos de mercado neoliberal sean superiores a las necesidades de los habitantes. La pobreza no se resuelve, eliminando impuestos, como falsamente se han dado a la tarea de promover los grupos económicos más conservadores que ahora también presentan tonalidades de neofascismo.

En las últimas décadas, desde el consenso Washington, se ha pretendido que el mercado y su distorsionada fórmula de oferta y demanda, domine los precios de servicios básicos como la energía, la harina, los combustibles, los alimentos, la salud, la educación y la seguridad. El resultado es muy claro: no funcionó el método. Y no se trata de un asunto meramente coyuntural del sistema, pues el hambre y la pobreza es una combinación difícil de romper con esquemas neoliberales. Eso está más que comprobado.

La desatención del Estado en los asuntos torales de la economía familiar sólo ha provocado mayor desigualdad y ha profundizado la deshumanización de los grupos dominantes. De modo que oponerse a un incremento al salario mínimo sólo puede tener cabida en los conceptos teóricos de economía que aparecen muy distantes de la realidad que afrontan los países dependientes del tercer mundo que, con eufemismo les denominan “en vías de desarrollo”, como el nuestro. En todo caso, no se trata de discusiones teóricas sobre la regulación que el Estado debe hacer sobre el salario mínimo, sino de encontrar soluciones o paliativos a la gravedad de nuestra pobreza. Y en ese sentido nadie puede negar que esas soluciones no se encuentran en el neoliberalismo y menos en su versión Guatemala.

Es cierto que la pobreza no se resolverá solamente con salarios mínimos, principalmente porque este flagelo tiene múltiples causales, como el proceso histórico de concentración de la riqueza, la insultante desigualdad, la falta de inversiones u otros factores de orden cultural impregnados por el racismo y la marginación que limitan e incluso impiden el acceso de grupos sociales a satisfactores indispensables para lograr la sobre vivencia en condiciones humanamente aceptables.

Frente a una indiscutible situación de empobrecimiento a futuro inmediato, queda por ver si desde el despacho presidencial se aprueba un aumento al salario mínimo o si por el contrario el Presidente de la República, antepone las simpatías de las que goza en el sector empresarial y prefiere no ponerlas en riesgo a cambio del hambre y la pobreza que golpea al 51 por ciento de las y los guatemaltecos.

Fuente: www.i-dem.org - Nueva Época números 1310


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