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El populismo y nosotros
Por Edgar Ruano Najarro - Guatemala, 12 de diciembre de 2004

Hay demasiados interesados en identificar falsamente el populismo con el discurso fácil, con la demagogia y la corrupción.

El 24 de agosto de 1954, tras recibir amenazas golpistas que provenían del Ejército, el presidente del Brasil, general Getulio Vargas, conmocionó a su país y al mundo entero. Después de sostener una reunión con su familia se retiró a su recámara y se pegó un tiro en el corazón. Había dominado la escena política brasileña por espacio de quince años.

Llegó a la presidencia en 1930 por medio de un golpe de Estado, ya que rechazó el resultado electoral que le fue adverso. Su programa político pretendía contrarrestar los efectos de la gran crisis económica mundial de 1929, aboliendo el proteccionismo sobre el café, diversificando la agricultura y desarrollando la industria mediante la industrialización por sustitución de importaciones. Asimismo, fue el fundador de la gran empresa estatal Petrobras.

Entre 1930 y 1937 suscitó el rechazo de los grandes cafetaleros, debiendo enfrentar la violenta oposición de la oligarquía tradicional. La inestabilidad política fue aprovechada por Vargas para dar un nuevo golpe de Estado en 1937, tras el que implantó un régimen autoritario al que denominó Estado Novo. Derrocado en 1945 por el ejército, en 1950 fue elegido presidente al frente de una coalición de izquierda con el apoyo del movimiento sindical.

En los mismos años treinta, en México llegó a la presidencia el general Lázaro Cárdenas quien se encargó de llevar a la práctica las tendencias sociales de la Constitución de 1917, en particular cuando aplicó, sin vacilar, los artículos 27 y 127, relativos a la propiedad de la Nación sobre las tierras, minas y recursos naturales.

Durante su período presidencial (1934-1940) llevó a cabo una reforma agraria que eliminó el latifundismo, habiendo repartido alrededor de 18 millones de hectáreas. A tono con esa política, el gobierno cardenista expropió a las compañías estadounidenses que explotaban el petróleo y se creó la gran petrolera nacional llamada Petróleos Mexicanos (PEMEX).

Algunos años más tarde, el oficial del ejército argentino, Juan Domingo Perón, fundó el Grupo de Oficiales Unidos (GOU), y en 1943 estuvo al frente de un golpe de Estado que derrocó al presidente Ramón Castillo y procedió a transformar el movimiento sindical desde su cargo de ministro de Trabajo.

Alcanzó gran popularidad entre la clase obrera, pero según crecía su poder (fue nombrado vicepresidente de la República además de ministro de la Guerra) aumentaba la oposición entre las Fuerzas Armadas. El 9 de octubre de 1945 fue obligado a dimitir de sus cargos, siendo detenido y encarcelado. La renuncia de Perón provocó una crisis de gobierno que fue resuelta el 17 de octubre, cuando sus seguidores sindicalistas, especialmente la Confederación General del Trabajo (CGT), lograron su libertad. Cuatro días más tarde, Perón se casó con María Eva Duarte, más conocida por el nombre de Evita.

Perón fue elegido presidente en 1946, con el 56% de los votos. Creador de su propio movimiento, el peronismo siguió políticas sindicalistas y nacionalistas con la ayuda de Evita, quien fue un personaje muy influyente en su gobierno. La muerte de Evita (1952), las dificultades económicas, la creciente agitación laboral y la excomunión de Perón por parte de la Iglesia Católica debilitaron su gobierno. Fue derrocado por el Ejército en 1955.

En la historia latinoamericana, estas tres personalidades del siglo XX tienen algo en común. Fueron, con sus diferencias, los arquetipos del fenómeno político que se llamó populismo. No fueron los únicos gobernantes latinoamericanos de esa línea, por supuesto, pero ellos, con sus obras y sus políticas sociales, fueron los forjadores de toda una etapa.

Entre finales de los años veinte y los años cincuenta del siglo XX, en América Latina estaba a la orden del día el gran dilema de cómo superar el régimen económico y político oligárquico heredado del siglo anterior. Dicho régimen se expresaba, en lo político, en una forma de dominación caracterizada por las largas dictaduras militares al viejo estilo, en las cuales el concepto de ciudadanía no existía, merced a la negación de todo tipo de derechos políticos y sociales.

En lo económico, el régimen oligárquico se asentaba en la producción de uno o pocos productos de exportación, ya fueran agrícolas o mineros. Café, banano, cobre, estaño, azúcar, etc. Daba lo mismo, pues su producción estaba en manos de un reducido grupo de terratenientes o propietarios mineros, nacionales o extranjeros, frente a la masa empobrecida de trabajadores.

Así pues, frente a los grandes cambios mundiales: dos grandes guerras, surgimiento de nuevos polos mundiales militares y económicos y ante nuevas necesidades y presiones internas de amplios grupos sociales medios y de trabajadores, el antiguo régimen oligárquico entró en crisis. La alternativa no tomó la dirección del surgimiento de democracias liberales al modo europeo, antes bien, a menudo emanó de sectores medios ligados al poder, como el caso de los jóvenes líderes militares. Hubo revoluciones y golpes de Estado. De todas esas conmociones emergieron los regímenes que más tarde la sociología y la ciencia política latinoamericanas llamarían populistas.

El rasgo común de dichos regímenes fue la adopción, en primer lugar, de una ideología que genéricamente se llamaría nacionalismo revolucionario, aludiendo con ello a la afirmación de estos estados frente a las empresas mineras o agrícolas extranjeras. La política social se orientó al beneficio de los sectores trabajadores y la ciudadanía se amplió considerablemente, pues se construyó la categoría del pueblo como sujeto y protagonista del nuevo régimen.

Algunos de estos gobiernos fracasaron en la medida que fueron autoritarios y pese a que se apoyaron en las masas trabajadores, no permitieron la plena autonomía de los mismos (el caso de Vargas y Perón). El populismo perduró en su obra en otros países, como en el caso de México y fue atenazado por la alianza de los intereses extranjeros y las oligarquías locales, como en el caso del régimen revolucionario guatemalteco de 1944-1954, que aunque se distinguió por la creación de un régimen democrático, la pugna política que llevó a cabo era contra el orden oligárquico, etcétera.

En la Guatemala de la actualidad, la comprensión del populismo latinoamericano quizá tenga alguna importancia, ya que hay demasiados interesados en identificar falsamente el populismo con el discurso fácil, con la demagogia y la corrupción. En realidad, se trata de descalificar medidas y políticas públicas de interés social bajo el anatema de populista, para así no dejar pasar dichas políticas o hacerlas fracasar.

Detrás de las condenas al populismo se esconde el verdadero propósito, que es el de impedir que el gobierno, sea cual fuere, impulse políticas sociales que sean consideradas atentatorias al libre mercado o bien que se encaminen a fortalecer el papel del Estado en el desarrollo social.

Tomado de www.prensalibre.com


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