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De asesinos y pigmeos morales
Por Edgar Rosales - Guatemala, 6 de junio de 2011

¡Quién iba a imaginar que esos hombres decrépitos, de semblante mustio y dueños de una fingida altivez, un día fueron la encarnación misma de la prepotencia, el horror y la muerte! ¡Quién podría creer que la sola mención del nombre de cualquiera de esos abatidos ancianos lograba inspirar la mezcla más profunda de terror y odio que uno pueda imaginar!

Esa fama tenebrosa, hay que decirlo, se la habían ganado con creces. A punta de metralla; a sangre y fuego. A base de torturas y masacres. Y a quienes sobrevivimos al imperio terrorista montado por Benedicto Lucas García, Manuel Antonio Callejas, Francisco Luis Gordillo y otros, todavía nos resulta inconcebible ver lo que tantos anhelaban en los 80: que fueran llevados al banquillo para ser juzgados por tantos excesos perpetrados durante el conflicto armado interno, aunque sus víctimas no siempre fueran combatientes.

La desaparición forzada y presunto asesinato del niño Marco Antonio Molina Theissen, por lo cual fueron juzgados y sentenciados en primera instancia, es apenas uno entre miles de hechos salvajes que estos energúmenos cometieron “en nombre del Estado de Guatemala”. “Del Estado constitucional de Guatemala” puntualizan algunos defensores de la barbarie.

Por supuesto, la galería gorilesca es mucho más extensa. Algunos tuvieron el injusto premio de una muerte sin comparecer ante los tribunales, como en los casos de Fernando Romeo, hermano de Benedicto, uno de los presidentes militares más sanguinarios de la historia, o de Germán Chupina Barahona, su temible jefe de Policía.

Inevitable recordar otros nombres que hacían temblar: Francisco Ortega Menaldo, Roberto Letona Hora (esposo de María Eugenia Villagrán, la expresidenta del TSE al servicio del Partido Patriota), Pablo Nuila Hub, Rodolfo Lobos Zamora, Otto Pérez Molina, Ismael Segura Abularach y otros de rango menor pero igualmente siniestros, como Byron Humberto Barrientos Díaz o César Augusto Ruiz Morales.

El desenlace jurídico del caso del niño Molina Theissen ha tenido diversos efectos. El hecho de que militares se ensañaran con un preadolescente rebasa cualquier marco de acción represiva, excepto para pigmeos morales de la talla de Estuardo Zapeta o Ricardo Méndez Ruiz, cuya miseria interior, manifestada en la insinuación de que el fin de la familia Molina Theissen “solo era otro obtener la cantidad de dinero correspondiente al resarcimiento”, los coloca al mismo y rastrero nivel de esos carniceros castrenses.

Inevitablemente, la familia Molina Theissen les hizo digerir su veneno al declarar: “No vamos a pedir resarcimiento”. Y ante tal respuesta, uno no puede sino imaginar a Zapeta y Méndez Ruiz y preguntarse, tal como lo hiciera el insigne Otto René Castillo: “¿Por qué nacieron hijos tan viles de madre cariñosa?”.

A mí, los nombres de esos energúmenos (de los chafas, no los de sus lavachuchos) me trajeron a la memoria tantos amigos, compañeros y familiares desaparecidos o asesinados por el Ejército, cuyo honor y gloria sigo sin encontrar por ningún lado. Y me hace pensar en el ideal de que la justicia todavía está pendiente de manifestarse en otros casos, no necesariamente los paradigmáticos del Informe de la Comisión de Esclarecimiento Histórico, pero que también constituyen un retrato de cómo el salvajismo se imponía en Guatemala.

Me impacta imaginar a esos criminales tomando la decisión de eliminar a César Romero, entrañable compañero de la USAC y desaparecido en febrero de 1980. O preguntarme cómo sería la reunión donde acordaron acabar con las vidas de Héctor Alirio Interiano, Alfonso Alvarado Palencia o Nery Carrillo, todos amigos míos y excompañeros en la Municipalidad de Guatemala.

¿O qué pasaba por la mente de esos primates cuando decidieron causar la muerte de Luis Alberto Godoy Morales, auténtico dirigente popular de las áreas urbanas más empobrecidas? ¿Y en qué mente atrofiada pudo caber la idea troglodita de desaparecer de un solo a los tres hermanos Rosales Hernández, mis tíos, a finales de los 60 y cuyo caso jamás se denunció ante la CEH?

Por ello resulta repugnante que gente “iluminada” como José Rubén Zamora califique a Benedicto Lucas como “un soldado serio, un guerrero profesional, formado para combatir abiertamente según las leyes internacionales de la guerra” (elPeriódico, 16 de enero de 2016). Y digo: solo alguien cuya mayor preocupación durante la guerra fue tomar el Corn Flakes a su hora, podría saludar con criterios tan peregrinos a la encarnación misma de Othar.

Ahora, al ver a la familia Molina Theissen declarando en el tribunal, me trasladé a mediados de 1979 cuando conocí a una de ellas. A Sheny, quien coordinaba una interesante iniciativa juvenil denominada “Unidad y Amistad”, cuya sede era un centro comunal de la colonia La Florida fundado por mi padre, José Gabriel Rosales, para el servicio gratuito del vecindario y a donde asistí por invitación de mi hermano Danilo, quien participaba en el grupo. Ahí también conocí a Marco Antonio.

Lo que intento con esta anécdota es testificar el espíritu de nobleza, desinterés y solidaridad que se manifestaban en aquel esfuerzo. No importa en absoluto cuál era la función que ocupaban en el PGT, pero en todo caso tampoco era justificación para condenarlos a la infame e incalificable persecución que sufrieron por parte de encumbrados hijos… del “Honor y la Gloria”.

Era apenas un breve espacio para la canalización de inquietudes juveniles artísticas y espíritu de convivencia. Pero sin duda, su mayor valor consistía en llevarse a cabo en medio de una sociedad acallada por la represión y la violencia; suficiente para que este tipo de actividades tuviesen características de pecado para esas mentalidades cavernarias que hoy han sido puestas tras las rejas.

¡Ah! Inevitable citar de nuevo a Otto René:

¡Desgraciados los traidores, madre patria, desgraciados.
Ellos conocerán la muerte de la muerte hasta la muerte!

Fuente: http://gazeta.gt


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