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Crisis medioambiental: reto para el próximo gobierno
Por Edgar Rosales - Guatemala, 13 de noviembre de 2018

Todos lo sentimos en carne propia, con la resignación propia de quien se sabe impotente ante lo que parece inevitable. Lo único que queda es el recurso del «despotrique» contra los inviernos secos –como el que acaba de pasar–, pero que en sus últimas dos semanas arrojan toda la lluvia que estuvo ausente durante seis meses y producen terribles inundaciones.

Observamos, con igual estoicismo, estos calores quemantes de los mediodías de noviembre y, tal como ha ocurrido en los últimos años, lo más seguro es que tengamos una calurosa temporada navideña y la próxima Semana Santa sin duda nos traerá días nublados, con algunas lluvias y un frío impensable para estas épocas, apenas una década atrás.

Es el resultado del abandono del tema ambiental, problema de escala mundial, pero que en Guatemala empieza a mostrar sus funestas particularidades. Hace 10 años empezó el drama del Corredor Seco, se produjo la tormenta Ágatha y la sequía parece haberse convertido en uno de los elementos del paisaje que nos quedan para vender como «destino turístico».

Y para quienes habitamos en la ciudad de Guatemala, el panorama es abrumadoramente preocupante. El asfalto quema, literalmente, al mediodía, debido a que la deforestación terminó con los escasos pulmones naturales que le quedaban a la urbe. Y a ello hay que agregar otras terribles circunstancias: el agua para consumo humano empieza a posicionarse como bien, no escaso, sino escasísimo en las casas capitalinas. Adiós a aquellos chorros voluminosos con que nos abastecíamos hasta el abuso.

Falta de agua en la capital, una escena que pronto dejará de ser exclusiva de los sectores marginales y afectará a quienes, hoy, todavía disponen del recurso . Fotografía tomada de Prensa Libre.
Para colmo, se empieza a pagar el costo de elegir a autoridades anodinas. La prioridad del Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales parece ser lucrar sostenidamente con la autorización de los otrora importantes y profesionales estudios de impacto ambiental. Y a Neto Bran le debemos el haber acabado con el último pulmón verde que estaba cerca de la ciudad capital: la finca El Naranjo, aquel hermoso paraje donde alguna vez existió una laguna natural y que hoy es un absurdo insulto a la naturaleza y al futuro de nuestros hijos y nietos, con la proliferación desmedida e irracional de centros comerciales y proyectos residenciales que han acabado con esta reserva estratégica para los citadinos.

Decididamente hemos entrado en un proceso de deterioro ambiental, quizá irreversible, que va a tener importantes impactos en la economía, en la vida social y que acarreará, en el mediano plazo, intensas presiones contra las autoridades.

Es un hecho comprobado, por ejemplo, que las alguna vez cristalinas aguas del lago de Atitlán amenazan con seguir el triste destino de Amatitlán. Según un reportaje de Prensa Libre, publicado el 16 de mayo de 2018, la transparencia del vital líquido «ha bajado de los 60 metros que se registraban en los años de 1970, a solo 4 en la actualidad». Entre otros problemas, esto obedece a que recibe más de 16 millones de metros cúbicos de aguas residuales al año, además de las más de 3 mil que recibe en invierno y que arrastran enormes cantidades de basura.

Otro tesoro en riesgo: el Cráter Azul, refugio de vida silvestre en El Pucté, uno de los remansos paradisíacos del río La Pasión, en Sayaxché, Petén, es famoso por sus aguas azules que se tornan en turquesa como resultado de fenómenos luminosos y que le presenta al visitante un hermoso jardín subacuático. Según el relato de una amiga residente en el área, este paraje acuático empieza a mostrar los efectos del aumento descontrolado y las acciones irresponsables de visitantes y la ausencia de acciones para protegerlo.

El Cráter Azul, fotografías tomadas entre 2016 y 2018, Prensa Libre.
Se teme que otros paraísos turísticos, como el nacimiento del río San Juan, en las faldas de los Cuchumatanes, Huehuetenango, empiecen a correr un destino fatídico: su caudal se reduce año con año debido a la tala ilegal y buena parte del que alguna vez fuera un manantial prístino, empieza a mostrar señales de la contaminación típica de la falta de tratamiento de aguas servidas.

El tema es sumamente complejo y demasiado amplio para enfocarlo exitosamente en este espacio. Sin embargo, hay elementos básicos que deben plantearse para enfilarnos hacia la monumental tarea de reducir el impacto del deterioro ambiental y climático.

Una parte le corresponde al ciudadano y sus actitudes responsables hacia el medio ambiente. Sin embargo, esto resulta imposible en una ciudad caracteriza por el consumo desbocado, cuya publicidad obliga a los jóvenes a cambiar su teléfono celular cada tres meses, ignorando que los elementos que intervienen en su fabricación son una combinación de metales como el acero y el aluminio, y de plásticos (originados en hidrocarbonos) que incluyen silicio, fósforo, azufre y otros elementos peligrosos.

Por ello, si en un punto debe estar muy atenta la ciudadanía, es en las propuestas medioambientales que los candidatos presidenciales tengan en esta materia. Se necesita que el tema ocupe un espacio tan importante en sus planes, como lo puedan ser los aspectos de salud, educación o generación de empleo. Está de por medio, nada más y nada menos, contribuir –aunque sea en la parte alícuota que nos corresponde– con las posibilidades de sobrevivencia de la humanidad.

Y no se trata de que nos vendan ilusiones del tipo «Limpia y Verde». Necesitamos visiones estratégicas, políticas definidas, programas factibles, proyectos accesibles. Nada de agüitas mágicas ni rescates parciales de áreas verdes: el reto es ahora o nunca.

Fuente: http://gazeta.gt


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