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Panorama pre electoral del sistema político guatemalteco
Por Edelberto Torres Escobar - Guatemala, 6 de agosto de 2007
memoriagua@yahoo.com

Preámbulo
Las elecciones que se aproximan apuntan a ser más de lo mismo, no se vislumbran en el horizonte político aires de cambio, de algún candidato cuyo liderazgo y su programa se proyecten como una novedad, una alternativa. Guatemala necesita cambiar y la democracia electoral es el mecanismo para hacerlo. La mediocridad de la campaña solo refleja la ausencia de figuras señeras que susciten entusiasmo entre la población. Más bien todo parece señalar que la construcción de la democracia ciudadana sigue su curso parsimonioso amenazado por la apatía ante una oferta política que no parece reflejar las distintas necesidades ciudadanas. Un país tan polarizado en lo social y en lo económico, y tan diferenciado en lo cultural no parece reflejarse en las ofertas políticas que se presentan, al menos en los grupos que muestran mayor adhesión y simpatía en el electorado, según lo muestran las encuestas realizadas desde inicios del año 2007.

Ante las elecciones que se aproximan, la configuración del perfil ideológico de los partidos políticos dispuestos en plataformas electorales no parecen diferenciarse más que en el nombre del partido o en la calidad de la sonrisa (siempre aconsejada por el experto). Por otra parte, resulta claro que las elecciones no muestran de forma conspicua hoy, la confrontación política de ayer, como sí lo muestran otras experiencias regionales. Eso, puede ser bueno, para no repetir la experiencia de El Salvador, donde la campaña electoral renueva cada cuatro años los recuerdos de la guerra, pero donde se olvidan las justificaciones del enfrentamiento.

A continuación se presenta la primera parte de un ejercicio que tiene como fin presentar las propuestas programáticas de los cuatro partidos con mayor adhesión en las encuestas realizadas durante el primer semestre del año 2007. En esta parte se presentar de manera sucinta un panorama que describa el sistema político en donde tienen cabida las propuestas electorales. En una segunda entrega del Observador electoral se trataran los programas específicamente

Democracia y sistema político
El sistema político, compuesto por partidos políticos e instituciones orientadas a regular las relaciones de poder en la sociedad, mantiene una relación de mutua influencia con el régimen político democrático. Por lo tanto el desempeño de los partidos políticos representativos de diversos sectores de la sociedad sirve de fundamento para la vida democrática. Sin embargo, la relación entre partidos políticos y democracia no siempre ha sido una vinculación promisoria, pues en el período de las “democracias de fachada” hubo partidos y hubo elecciones, pero los resultados estuvieron siempre prefigurados: tenía que ganar el general designado.

La irrupción democrática, propicia cambios en el sistema político con nuevas leyes electorales y de regularización de los partidos políticos, es decir, la democracia trae consigo instituciones y normas esenciales para el funcionamiento del sistema político. Cuando esa irrupción democrática no ha sido parte de una estrategia consensuada por distintos sectores sociales organizados que coinciden en el cambio político, se corre el riesgo de que ésta será una democracia con falta de representatividad o con poca licitud. En la experiencia guatemalteca, la democracia llegó para regocijo de los sectores más conservadores: los empresarios son los primeros beneficiados de la nueva época.

En efecto, al circunscribirla a su expresión básica como democracia electoral, en ella participan electores que se comporten según la norma, sin tener una concepción clara de democracia, contrario a la idea de que la legitimidad de un sistema político se basa tanto en la participación, como en la aceptación conciente del significado de su propuesta normativa.

En estudios recientes se ha explorado esa concepción de democracia que existe entre la población guatemalteca, de estos estudio descriptivos se puede colegir, de manera general, que la población, en la medida en que no percibe los beneficios del régimen democrático no se identifica con él [1]. En el trabajo de Dinorah Azpuru se muestra que el 32.2 por ciento de los guatemaltecos de una muestra en años recientes, no tiene noción de qué es democracia, y un 4.3 por ciento la rechaza. Ese desconocimiento se incrementa para el segmento indígena, alcanzando el 45 por ciento de la muestra, mientras el segmento analfabeta el 60 por ciento. En cuanto al informe de Porras para el año 2005, se señala que sólo el 56 por ciento de los guatemaltecos identifica como democrático el sistema que impera en el país.[2] A partir de los indicadores rurales y de educación del estudio de Azpuru, se puede afirmar que los sectores que padecen de mayor exclusión social tienen una noción menor de la democracia. No obstante que alrededor del 40 por ciento[3] de la población ignore que vive en una democracia, de los estudios citados se puede afirmar una tendencia progresiva hacia un mayor conciencia ciudadana.

La institucionalidad de los partidos políticos
Uno de los cuestionamientos que se hace comúnmente en la crítica a la institucionalidad de los partidos políticos es la falta de continuidad en los apoyos electorales de una contienda electoral a otra. Esa falta de lealtad, que existe en las democracias estables, se atribuye comúnmente a la insatisfacción que de forma continua la población manifiesta hacia el desempeño de sus representantes. Esa continuidad de desencantos no ha logrado ser contenida con un trabajo arduo de construcción de las estructuras partidarias bajo una orientación política programática que le confiera a los partidos la capacidad de convertirse en proyectos de mediano y largo plazos, y trascender los alcances que pueda tener la popularidad de un presidente o líder.

El comportamiento electoral difiere entre los ámbitos nacional y local, ya que tal situación no se observa de la misma forma en las elecciones municipales, en donde es fácil encontrar alcaldes con más de un periodo al frente de las alcaldías. En este caso hay liderazgos construidos que mal que bien, ponen de manifiesto la confianza del elector local con su autoridad. Esa identificación, que puede reflejar un nivel de demandas satisfechas, no se vincula con una propuesta programática política respaldada por el partido nacional que ampara la candidatura local, ya que es común que el candidato gane la contienda en un periodo bajo la bandera de un partido y al siguiente periodo lo haga bajo la bandera de otro.[4] En el ámbito local se dan tres situaciones: total alternancia de líder y partido; el mismo líder apoyado en diferentes partidos y el cambio de líder pero el mismo partido.

Esta situación reproduce muchas veces el equívoco de exaltar el comportamiento de la representación local como una nueva forma de democracia, ante la pérdida de prestigio de los partidos políticos nacionales. Es importante insistir en la propuesta que determina el papel de los partidos políticos como enlace entre ciudadanos y el Estado, la canalización institucionalizada de conflictos y demandas sociales, así como el ejercicio opositor y de auditoría al Estado. Es por ello que a distintos niveles, la canalización personal de las aspiraciones populares, desde el gamonalismo local al caudillismo nacional, son formas que debilitan el sistema democrático, pese al sentido legal que le pueda conferir el respaldo popular, por la proclividad a la transgresión de normas establecidas.[5] Por ello es fácil encontrar formas aparentes de “democracia” gamonalista y clientelar con visión local, que después de la guerra justifican, en el caso de muchas regiones del altiplano, su qué hacer por la capacidad de proporcionar “seguridad” a las comunidades con acciones reñidas con la ley.

A los partidos se les exige un comportamiento institucional normado por las reglas que la ley de partidos políticos dicta. Sin embargo, esta formalidad no pretende ser garantía de la institucionalidad por encima de los liderazgos circunstanciales o la constitución de elites partidarias. Más bien hay una tendencia al verticalismo en el interior de los partidos que influye, no sólo en la elección de candidatos a puestos públicos sino a relegar la representación de intereses agregados de sectores más amplios identificados con los liderazgos establecidos. En muchos casos la razón de ser de esa verticalidad es la irrupción de intereses corporativos en los partidos y más recientemente de poderes fácticos.

Una de las consecuencias de que los partidos se monten más alrededor de liderazgos que de propuestas políticas multisectoriales, es la participación de muchos partidos que no representan más que intereses segmentados, circunstanciales, oportunistas. ¿Qué gana la democracia con diez partidos de derechas y tres con militancias de izquierdas?. Tal situación no se observa en democracias representativas modernas.

Otro elemento que viene a sumarse a la pérdida de la representatividad sectorial es la debilidad de la sociedad civil, pues es en ella donde surgen y se organizan los intereses privados y desde donde saltan a la vida publica. Si no hay intereses o grupos representables, ¿cómo puede haber representatividad? Esta, es una cualidad del sistema político, ciertamente, pero también una ‘virtud’ de la sociedad civil. El partido, si representa, intermedia. Por cierto, esto es más fácil de lograr en la democracia municipal. Es por ello que la vida prolongada de un partido político no es necesaria para la reproducción del sistema político. Así, la vida fugaz de los partidos, el transfuguismo en el legislativo y la constante variación en las preferencias electorales hacen que Guatemala aparezca en el peor de los lugares en la región según lo muestra el índice de volatilidad electoral publicado en un estudio aparecido en el año 2004, en donde se analiza la legitimidad que le otorga al sistema político la consistencia partidaria.[6] Más bien, la persistencia de algunos de los partidos tiende a reducirse a apoyos focalizados en algunas regiones departamentales en la medida en que desaparecen del ámbito nacional.

Crisis del sistema de partidos
La falta de una construcción programática ideológica que en el pasado fue el anticomunismo entre los partidos legales, no se ha vuelto a repetir. Ahora se utiliza una versión técnica, las propuestas neoliberales, que forman parte de esa ofensiva cultural de la globalización de derecha. La democracia es, hasta ahora, compatible con la visión neoliberal de la política, pero en la medida en que debilitan al Estado, fomentan la pobreza y las desigualdades, tarde o temprano las bases de la democracia se resquebrajaran.

La incapacidad en formular propuestas políticas de alcance nacional es concomitante con la poca cohesión social que existe en el país. Basta nombrar las diferencias que existen entre el distrito metropolitano con el resto del país, diferencias entro lo urbano y lo rural, las diferencias en cuanto a índices de desarrollo humano entre indígenas y ladinos, la debilidad en el desarrollo del capital humano y su estricta focalización y la falta igualdad de oportunidades para la elección del futuro de amplios sectores marginados, que prefieren trazar sus estrategias de vida migrando.

La crisis de representatividad de los partidos políticos nacionales difiere de la crisis de los partidos políticos de países como Costa Rica, por citar uno de la región. Los de aquel país se desgastaron en un periodo de cincuenta años mientras se alternaban en el poder, mientras aquí su vida útil no trasciende uno ciclo de cinco años. Uno de los rasgos rancios en el ejercicio del poder es que el sistema de partidos no ha pasado por la necesidad de arraigar un sistema político competitivo, y la razón es que la democracia no ha sido contemplada como la condición necesaria para un desarrollo integrado.

De un sistema político atrasado no puede resultar un programa de desarrollo coherente en un país con rezagos sociales acentuados, riqueza mal distribuida y grupos de poder monopólicos que obstaculizan cualquier propuesta de cambio en la reasignación de recursos nacionales. La posible acumulación en el acervo político ciudadano, después de dos décadas de democracia, se diluye con la percepción de la falta de garantías económicas, a las que en el caso indígena, se suma la falta de garantías culturales después de la firma de la paz.

En La conciencia ciudadana de los guatemaltecos, Porras insiste en que ha habido un desarrollo de la cultura ciudadana, como un componente del desarrollo general del país en donde los cambios sociales y económicos no han sido acompasados con la transformación del sistema político, el cual se encuentra rezagado. Más bien se trata de un sistema político privatizado y clientelar que privilegia la mercadotecnia sobre la organización y la conciencia política, y cuyo éxito depende de los recursos económicos de los que se dispongan, constituyéndose en una limitante al desarrollo de la conciencia ciudadana.[7]

El sistema político cuenta en las elecciones con la institucionalidad que permite al sistema mismo expresarse con todas sus bondades y vicios, así la desconfianza al voto refleja la percepción ciudadana de que “las opciones le son impuestas en función de intereses ajenos [lo que] coincide con el hecho de que cada vez más se desdibujan las opciones propiamente políticas y programáticas, las cuales son sustituidas por intereses de grupo y/o de camarilla y la mercadotecnia electoral” [8]

El hecho de que la opinión pública sea favorable al proceso electoral y muestre mayor confianza política y de participación en los periodos inmediatos, previos y posteriores a las elecciones, como señala Porras, muestran ese mismo vaivén de la pervivencia y legitimidad partidaria y del sistema político y de la percepción acerca del oportunismo electoral de los partidos, los cuales se ausentan del imaginario político de la población por tres años consecutivos.

Lo que se pone de manifiesto cada cuatro años es la expectativa por las ofertas novedosas, y la participación señala la persistencia en valorar el ejercicio electoral produciéndose una actitud de ambivalencia ciudadana entre el apoyo a la democracia electoral y la duda manifiesta ante la sostenibilidad y respuesta de los partidos políticos, de quienes se desconoce su quehacer después de cada elección.[9] Pese a todo, la democracia electoral es promisoria, funciona, la gente participa, se entusiasma. Pensemos que todo esto es mejor que el silencio mortal de las dictaduras militares. ¡Tengamos un poco de optimismo, para contribuir un poco a la estabilidad de nuestra democracia¡


[1] Ver los trabajos de Gustavo Porras et. al., La conciencia ciudadana de los guatemaltecos, Soros Guatemala 2006 y Dinorah Azpuru Cultura política de la democracia en Guatemala: 2006, USAID 2007.

[2] Azpuru op. cit. pag. 30 y 31; Porras op. cit. pag. 71

[3] En realidad este porcentaje se puede incrementar, ya que la muestra del estudio de Soros no incluyó a trabajadores agrícolas, el cual resulta estar más vinculado a una condición de exclusión social.

[4] Una situación distinta sucede con el llamado transfuguismo, donde la virtud de reelegir a un diputado con cierta experiencia en el trabajo legislativo se ampara con convenios de conveniencia entre diputado y partido.

[5] Manuel Antonio Garretón es más enfático al afirmar que “[n]i la participación directa de los individuos en la vida pública, ni la representación de sus intereses corporativos, ni las< comunicaciones mediáticas o las redes de información informáticas pueden reemplazar el ´momento partidario´ de una democracia”. Ver La indispensable y problemática relación entre partidos y democracia en América Latina, en La democracia en América Latina, hacia una democracia de ciudadanas y ciudadanos. Contribuciones para el debate. PNUD, Buenos Aires 2004.

[6] Un desafío a la democracia, los partidos políticos en Centroamérica, Panamá y República Dominicana. BID, IDEA, OEA, PNUD. 2004. San José de Costa Rica.

[7] Porras C. Gustavo aop. cit. Pag. 49.

[8] Idem. Pag.76

[9] En una de las encuestas referidas en La conciencia ciudadana de los guatemaltecos, se muestra cómo la gente no tiene la visión de lo que es un partido político. Ver pag. 78 del estudio.

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