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La historia de Guatemala está repleta de intromisiones
Por Edelberto Torres-Rivas - Guatemala, 28 de noviembre de 2004

La historia de Guatemala está repleta de intromisiones. Nos hundimos en la peor catástrofe de nuestra historia, esa matanza brutal que oficialmente llamamos el conflicto armado interno, por intromisión de Estados Unidos cuando capacitó al Ejército nacional para violentar los derechos humanos, lo financió, le regaló armas, estrategia y doctrina. También la política cubana fue intrusa, no sólo con la fuerza del ejemplo sino con la ideologización y el entrenamiento de millares de jóvenes creyentes. Hay que admitir que las intromisiones que hemos sufrido se han apoyado en nuestras debilidades o carencias, y que la presencia de actores externos definiendo partes significativas de la vida nacional ha sido una constante histórica.

La sangrienta contrainsurgencia y su terminación sólo se explican en el escenario de la Guerra Fría. Pero ni alcanzar la paz ni avanzar en la construcción democrática en este país podrían haber ocurrido sin la intromisión de fuerzas externas, poderosas, decisivas. Ya es importante la bibliografía que analiza en esa perspectiva el proceso de paz. No abunda aún el debate responsable para identificar la utilidad del papel de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en la vida política de Guatemala. Sin embargo, pese a su natural ambigüedad, consideramos que con la extinción de la Minugua se le pone fin a un período constructivo de esta historia, y la negociación de la paz termina así, con la terminación de su mandato.

Su importancia puede establecerse en tres momentos. El primero, que el lenguaje convencional llama el peace-making, es el período en que la ONU actúa como mediadora entre los hermanos enemigos, recordando que no hay peor enemistad que la familiar. Guerrilleros subversivos frente a militares asesinos combatieron y se descalificaron. Gracias a la ONU, primero dialogaron y finalmente, negociaron. Al sentarse frente a frente unos y otros se reconocieron como legítimos actores políticos. Sin la mediación del delegado del Secretario General de la ONU esto habría sido imposible. Luego viene el segundo momento, el peacekeeping, también apoyado en el consenso de las partes y en el que se convienen aspectos substantivos. Aquí, la ONU actúa como facilitadora, toma iniciativas y busca el cese de fuego como paso trascendental que en Guatemala se dio antes del acuerdo final. El tercer momento es el peace-building, período igualmente decisivo porque la paz no es el fin del conflicto, sino el período en que se cumplen los acuerdos, cuya finalidad última es evitar la reversibilidad de la guerra. Aquí, la ONU actúa como verificadora en un ejercicio que innova en la tradición de su medio siglo de existencia: realizan una abierta intromisión favorable a la paz y la democracia. Al verificar, censuran, comprueban y contribuyen con recursos morales, técnicos y financieros a normalización de la vida cotidiana de un país herido. La ONU se convierte, de hecho, en actor político interno con ropaje internacional, lo que incrementa su utilidad.

¿Fue útil la actuación de Minugua? No hay aún balances de sus diez años de gestión en esta etapa fundacional de nuestra historia, si aceptamos que la violencia guerrillera y sobre todo la contrainsurgente destrozaron muchas cosas, impidieron y debilitaron otras. La misión de la ONU tuvo objetivos, al pie de la letra, precisos; pero algunos difusos o difíciles de satisfacer en el corto plazo. La realización de sus objetivos molestó a los partidarios del pasado: controlar conductas de funcionarios y políticos, relegitimar instituciones de un Estado enclenque, relanzar valores en una sociedad desmoralizada, favorecer el diálogo (recuérdese su función con el Pacto Fiscal) y la reconciliación, todo a tono con los Acuerdos de Paz.

La intromisión externa fue, sin duda, positiva en los tres momentos. A partir de las experiencias como las de Namibia, Angola, Mozambique, y las más próximas de Nicaragua y El Salvador, puede formularse la propuesta que a menor institucionalización democrática local es más funcional la intromisión externa. Es así, por ejemplo, porque al verificar el respeto a los derechos humanos y la aplicación de la ley, especialmente en el ámbito penal, se fortalece el Estado de Derecho; al señalar críticamente el débil cumplimiento de los acuerdos relativos al Ejército, o proponer la normatividad moderna sobre tenencia de armas, la seguridad privada, o sobre el tema electoral, contribuyen a fortalecer el proceso democrático. De hecho, la Minugua cubrió espacios institucionales vacíos, completó funciones estatales, contribuyó a restablecer confianzas. Quizá su mayor contribución de momento fue ayudar a evitarnos del Mal de Somalia.1

El “síndrome de Somalia” es una dolorosa enfermedad que trastoca de manera elemental los valores cívicos, políticos y morales, altera las voluntades y corrompe la visión de los intereses nacionales. Su más reconocido síntoma es estimular los apetitos particulares de los poderosos por sobre los intereses nacionales, justificar la destrucción de lo público como menos importante que lo privado. Uno de sus efectos es la victoria de la secta, el grupo, del partido, frente a los principios universales, generales, de la comunidad. Otro, el más pernicioso, es el debilitamiento del Estado nacional, de la igualdad de oportunidades para todos, de la presencia de una ciudadanía integral. Afecta la modernidad y entrega vacíos. Minugua tuvo varios méritos, pero uno de ellos, gracias a su intromisión, fue que actuó como un antídoto contra este mal que algunos pocos no quieren reconocer. Moviéndose en el límite de la conciencia posible, el pensamiento de la derecha se apoya en la matriz de una sociedad desgarrada, que debemos superar.

1 En Somalia, los señores de la guerra, los jefes tribales, las sectas religiosas pelearon furiosamente entre sí y destruyeron el incipiente Estado Nacional. No sabemos quién ganó, sólo que perdieron todos.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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