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...y murió de tristeza
Por Edelberto Torres-Rivas - Guatemala, 13 de marzo de 2005

Ocurrió en el paraje Cruz Nueva, aldea Estancia de la Virgen, municipio de San Martín Jilotepeque, Chimaltenango. A comienzos de 1982 “el ejército quemó mi vivienda, la ropa, los cultivos”, afirma doña María Úrzula López Balam, ahora, con 67 años de edad. “Y como si eso no bastara se llevaron a mi hijo José Marcial Hernández López, a quien nunca volví a ver”. Y al preguntarle por su esposo, don Ambrosio Segundo Hernández, ella agrega bajando la voz: “¡Mi esposo se murió, se fue muriendo de tristeza...!”1 Sólo en Macondo, una estirpe condenada a un siglo de soledad, cuenta la historia que hubo quienes murieron de tristeza.

En Guatemala también, donde la ficción dolorosa se vuelve una sangrienta realidad para miles de personas. Don Ambrosio también fue una víctima del ejército, sumergido sin duda en el silencio del miedo profundo y en la depresión mortífera de no saber porqué tanto dolor. ¿Cuántos en Guatemala aún se destruyen en la intimidad de su silencio ante el funesto e ignorado destino de sus deudos? A muchos la pesadumbre les está destruyendo en vida. No los mató la tristeza pero es aún peor porque los ha dejado vivos.

Casi 25 años después de lo ocurrido, de nuevo, se saben las hazañas que cometió el Ejército y su engendro paramilitar, las Patrullas de Autodefensa Civil, definiendo como su enemiga a casi toda la sociedad. Al asesinar civiles, mujeres y niños, en acciones que no eran de combate, se deslegitima el uso de la fuerza y se corrompe la función institucional.

Verdad que no se divulga, no es verdad. Es murmullo familiar, susurro entre amigos, secreteo que termina por disiparse para quedar como propiedad personal. “Nos avisaron que venía el Ejército y huimos con mis hermanos hacia el río Pixcayá. Mi padre no quiso irse, dijo que no debía nada y que ya había prestado su servicio militar. Se quedó con mi madre en la casa”.... Así inicia el relato Carlos Atz Martín, ahora con 49 años de edad, recordando lo ocurrido el 31 de marzo de 1982, cuando su progenitor, Emanuel, fue capturado y desaparecido... “recuerda que lo llevaron a la escuela junto con otras personas detenidas... y posteriormente se enteraron que los amarraron dentro de una casa y les prendieron fuego.” El hermano menor, Sofío Atz, testigo del crimen, ha perdido la razón. Se refugia, en vida, en la locura, pues como lo dice su hermano “cuando se le habla, contesta otras cosas, como si estuviera en otro mundo...” Es ésta otra clase de victimario que arrastra muchos guatemaltecos, una demencia defensiva en diversos grados para no recordar que se está en este mundo.

La ofensiva contra el silencio cómplice que muchos practican se debilita ahora con el inicio de la Campaña de Resarcimiento. Aparecen ahora nuevas dimensiones de la verdad de lo ocurrido, hay exhumaciones ¡y los huesos gritan, denuncian su verdad íntima, personal! Nuevos datos aparecen 25 años después y, nunca es tarde, revelan ahora los efectos perversos de carácter sicosocial que en las frágiles estructuras de personalidad de las víctimas produjo la barbarie militar. La crueldad y el horror del accionar militar han dañado sin remedio la textura mental y espiritual de la sociedad guatemalteca. Un inmenso ejército de siquiatras y especialistas en los desórdenes que causa el dolor y el miedo serían necesarios para aliviar esta grave enfermedad nacional.

“En 1982 llegó un grupo de uniformados de verde olivo” -relata doña Lucía Aguilar, ahora de 62 años de edad- “sacando a su esposo José Tum Hernández y a su hijo de 10 años. Desde esa fecha nada supo de su cónyuge. La casa fue quemada con todo lo que tenían...” “Huimos a la costa dejándolo todo”, dice doña Lucía.., “creo que como resultado de lo sucedido una de mis hijas quedó sin habla...”. La mudez no es silencio sino complicidad con la verdad. He aquí otra víctima de la desnuda maldad que golpeó la razón de la gente y la alteró patológicamente. Es un silencio que es como la cara oculta de la vida.

Decenas de miles de guatemaltecos murieron en ofensivas contra civiles y no en la guerra. Y decenas de miles mueren viviendo. Unos, es probable que sean difuntos sin saberse la verdad de su muerte; otros están vivos desconociendo la insensatez de su existencia. Las estadísticas de la muerte nunca serán exactas por insuficientes. Ya es oportuno interrogar a esta sociedad enferma si en la oscura contabilidad del horror murieron o viven los que se consumen en la tristeza, los que se quedaron sin habla o con la razón perdida, los ciegos y los paralíticos, las viudas y los huérfanos.

Hay un dilema entre la memoria que guarda el dolor de nuestra historia y el indolente presente que olvida a los culpables. Talvez nunca se conocerán, porque pareciera existir una tensión entre la justicia y las democracias débiles. Pero un paso adelante se ha dado. Conocer la verdad es en sí mismo un acto de resarcimiento, que está antes del acto de recibir la dimensión material que el Estado otorga a las víctimas. Muchas de ellas envejecidas, con vidas estrujadas, a lo mejor arrastrando una existencia cargada de tristeza...

1 Declaraciones textuales de personas cuyas denuncias fueron acogidas y están próximas a recibir un resarcimiento material. Tomada de la prensa del día 25 de febrero de 2005.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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