La utopía del buen Gobierno
Por Edelberto Torres Rivas
- Guatemala, 7 de marzo de 2010
Tarde o temprano se comprueba el dictum de la historia política griega, avalado por numerosas viejas y nuevas experiencias, de que los dominados expresaban a los dioses su voluntad de intercambiar con agrado su libertad por el orden y la seguridad. La protección de los dioses para terminar con la incertidumbre a cambio de su libre albedrío. El orden político como garantía sumaria del buen gobierno. En la historia de las comunidades humanas lo que más se aprecia es que el gobierno se ejercite. Es muy simple formularlo: ¡que se gobierne! ¿Al ciudadano común no le preocupa tanto la libertad como su seguridad? El sentido común le dice que sólo se respeta la autoridad si finalmente el que manda ejerce su mandato. ¿Las certezas, por opresivas que sean, si se termina con los titubeos, las vacilaciones? ¿Se sabe lo que realmente se quiere o se quiere lo que no se sabe?
En Guatemala estamos perdiendo oportunidades desde 1985, saliendo de experiencias de gobiernos débiles, que se pueden calificar como de déficit de comunidad política, que significa o debe ser entendido como un déficit de gobierno: eficaz, eficiente, democrático, inclusivo, etcétera. Pensando en ese déficit, en un momento de crisis nacional, un viejo periodista inteligente, norteamericano, Walter Lippman, dijo “sé muy bien que para los hombres que viven en una comunidad no existe mayor necesidad que la de ser gobernados, de ser bien gobernados si tienen suerte, pero sea como fuere, ‘de ser gobernados’”.
Pero es un valor decisivo que la necesidad de ser gobernados, inherente a la vida en comunidad, se realice orientado por el bien común, en beneficio de todos, o casi todos. En el límite, el buen gobierno es reductible al ejercicio del puro poder, que ya así sólo significa orden, previsibilidad, seguridad a cualquier precio. ¿Es posible que el déficit de comunidad política sea más importante que otras carencias? Una lectura inversa de las numerosas encuestas hechas en Guatemala y en otros países de la región coincide en privilegiar los valores del orden y la seguridad y dejan de lado dimensiones tan importantes como la satisfacción de demandas por educación, la salud, los derechos civiles y políticos, el respeto a la dignidad del opositor. Estos últimos son aspectos vivenciales de la libertad.
La sensación de ser gobernados es algo más que la satisfacción de un reflejo instintivo de carácter ciudadano. Una necesidad de la vida en común es la certeza de que las cosas van a ocurrir como está previsto en la noción de buen gobierno, que es finalmente lo que se hace en provecho de todos. Cuando un grupo (partido) dirigente gobierna, lo hace en cumplimiento de un contrato social cuyo contenido son sus ofertas de gobierno. No hay forma más eficaz de debilitar el poder del que gobierna, que incumplirlas, olvidarlas. Barrington Moore, estudioso de las bases sociales de la obediencia y la rebelión, afirma que esta última se alimenta de los fracasos en el ejercicio del poder. La raíz de la desobediencia civil es el incumplimiento del contrato social, de la oferta electoral, por parte de los que dominan. Y afirma que “una elite dominante es más fácil de condenar cuando sus miembros fracasan en traer la victoria o la protección, pues ahí la violación del contrato social es obvia para todos”.
Tal como lo interroga un reciente análisis sobre la democracia (PNUD) ¿Está el poder en el Estado? ¿Lo ejercitan los gobernantes elegidos por el pueblo? Y si así no fuera, ¿qué puede resultar de una democracia que elige a gobernantes que no podrán ejercer el poder? El incumplimiento del mandato electoral, que es la forma extrema en que se expresa este problema, debilita la legitimidad del Gobierno, genera crisis de representación y, lógicamente debilita el poder público, cuya fuente es el poder que la sociedad le delega. La debilidad estatal progresiva aumenta la capacidad de influencia de los poderes fácticos.
En este momento guatemalteco, donde se cosechan las semillas de los males sembrados en los últimos decenios (el genocidio de 200 mil compatriotas) y en los recientes (todo lo que trajo el narcotráfico), es como nunca deseable que las autoridades que la democracia trajo, actúen; es deseable que haya una afirmación de gobierno. Que la cohorte dirigente dirija y se aleje de la incertidumbre de sus propias ofertas. Hay un momento en que se debe gobernar pensando en la nación y no en el partido. No es este un reclamo para ser dominados, ni la necesidad extrema de intercambiar la libertad por la protección de los poderosos. Para un buen gobierno estos términos no son contradictorios. Al contrario, para lo que deseaban los antiguos en este momento libertad y seguridad son compatibles y se suponen recíprocamente.
Y dada nuestra atroz tradición de dictaduras militares, en última instancia, que la libertad prive sobre la seguridad, que se callen los nostálgicos de las dictaduras, porque siendo libres podremos construir otra experiencia de buen gobierno.
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