Revista electrónica de discusión y propuesta social 
Revista · Documentos · Archivo · Blog   Año 1 - 2004

::::albedrío::::

Revista
Editorial
Artículos
Entrevistas
Noticias

linea

Redacción

linea

Enlaces

linea

SiteMap
Contacto


Otros documentos de consulta

De orden internacional
De carácter oficial
Comunicados

 

 

 

Por unos cushines
Por Eduardo Villatoro - Guatemala, 29 de enero de 2005

Si usted ha leído Los Miserables o, por lo menos, vio la película del mismo nombre basada en la histórica novela de Víctor Hugo, se recordará de las desventuras que sorteó el personaje central, Jean Valjean, al ser acosado por la policía francesa de la época, acusado de haber cometido un grave crimen: robarse una hogaza.

En la actualidad aquí en Guatemala hay muchos hombres que esperan ser enjuiciados por haber cometido faltas o delitos menores, pero que, mientras tanto, se encuentran guardando prisión juntamente con asesinos, secuestradores, narcotraficantes y otros criminales de la misma laya, de suerte que al recuperar su libertad, ya sea porque purguen sus condenas o sean absueltos por falta de mérito o de pruebas, en vez de salir rehabilitados, probablemente se habrán contaminado de las conductas perniciosas de sus compañeros de prisión que fueron o están a punto de ser sentenciados a permanecer encerrados, para purgar los graves delitos que cometieron.

Pero no es ese el punto que me interesa en esta oportunidad, sino la forzosa relación que me viene a la mente entre el inofensivo ladrón de la más conocida novela de Víctor Hugo, el más importante genio literario francés del siglo XIX, y el campesino guatemalteco Pedro Tjzep Tambriz, originario de una aldea de Sololá, porque ambos fueron víctimas de la pobreza, el hambre, el abuso de poder, la injusticia de la ley y la impotencia.

Aunque dudo que usted no esté informado, de todas formas le recuerdo que el pasado viernes 21 de este mes, es decir, ayer hizo una semana, guardias de seguridad al servicio del señor José Fernández, ex candidato presidencial, pillaron con las manos en la masa a Pedro Tjzep Tambriz; pero no abriendo una caja fuerte ni intentando dar muerte a uno de los familiares del finquero, ni siquiera derribando un árbol para obtener leña o robándose una vaca, sino cortando cushines o paternas, que para el caso es igual, posiblemente para saciar el hambre que le apretaba a él y a los dos menores de edad que lo acompañaban.

Lo razonable hubiese sido que los enfurecidos policías privados inmovilizaran a los intrusos y que los pusieran a disposición del Ministerio Público o de la Policía Nacional Civil, o, incluso, que los condujeran al juzgado de paz de Samayac, municipio del departamento de Suchitepéquez, en cuya jurisdicción se ubica la finca El Corozo.

Pero no ocurrió de esa manera, propia de un terrateniente que aspiró nada menos que a ejercer la Presidencia de la República y que, por consiguiente, se presume, tan sólo se sospecha, que conoce los elementales principios en que se sustenta el sistema democrático y los pilares del estado de Derecho, como tan abundantemente reclaman grupos económicamente poderosos y sus apologistas.

De acuerdo con la versión periodística, el campesino fue maniatado por los guardias de seguridad de la finca e introducido a un picop, posiblemente atendiendo órdenes de alguno de sus patronos, porque es difícil de aceptar, aunque no imposible, que los matones convertidos en elementos de seguridad, hayan actuado por cuenta propia.

El caso es que a Tjzep Tambriz no se le volvió a ver con vida, y no fue hasta días después, cuando se descubrió un cadáver en San Andrés Villa Seca, Retalhuleu, con cuatro proyectiles de arma de fuego en la espalda, que se le identificó como el campesino que intentó apoderarse de unos cushines. (Fruta poco apetecida que produce un árbol leguminoso del mismo nombre muy utilizado para proporcionar sombra a los cafetales, según el Diccionario de voces usadas en Guatemala, del recordado y sensible agricultor y escritor don Francisco Rubio).

El fatal desenlace del hurto o robo cometido por Tjzep Tambriz no se limitó a su eliminación física, sino que derivó en un enfrentamiento entre guardias de seguridad de la misma finca y paisanos de la víctima de la despiadada intemperancia, que protestaron por ese hecho criminal y que dejó como lamentable saldo la muerte de otros cuatro campesinos, incluyendo a Juan Tay, de apenas 14 años de edad.

El hijo del propietario de la finca fue capturado porque se le acusa de haber iniciado el tiroteo; pero, hasta el momento de escribir estos apuntes, se encuentra cómodamente refugiado en un centro hospitalario privado de cinco estrellas, mientras que Tomás Tjzep, hermano del difunto Pedro, y otros campesinos guardan prisión en Mazatenango.

Y todo por unos cuantos cushines que seguramente los Fernández no se iban a comer.

(Romualdo Tzul, un enflaquecido campesino de Reu que emigró a la capital, en un crucero de la zona 10 le dice suplicante y con la mano extendida a una encopetada dama a bordo de su automóvil: ¡Tengo dos días sin comer! La señora replica: ¿Y a qué se debe esa falta de apetito?).

Fuente: www.lahora.com.gt


Copyright © El credito de las contribuciones es única y exclusivamente de los autores. El contenido de las contribuciones no representan necesariamente la opinión de la revista; los autores son responsables directos del mismo.