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Izquierda latinoamericana
Por Eduardo Villatoro - Guatemala, 5 de marzo de 2005

Esta semana se agregó otra luz de esperanza al hasta hace poco tiempo oscurecido horizonte político latinoamericano, con la ascensión al poder del presidente Tabaré Vásquez en la República Oriental del Uruguay, quien se suma a la lista de gobernantes progresistas que, mediante procesos electorales, se han propuesto resolver las angustiantes necesidades de las clases marginadas por gobiernos conservadores alineados al capitalismo sin rostro humano.

Las corrientes de izquierda de América Latina tienen suficientes motivos para celebrar el arribo al poder del uruguayo Vásquez, porque encarna las legítimas, apremiantes y postergadas aspiraciones de los pueblos subyugados por el triunfalista neoliberalismo, indiferente a las más sentidas necesidades de los indígenas, los niños, los obreros, los campesinos, las personas con discapacidades y otros sectores excluidos de la educación, la salud y la cultura.

Uruguay se une a los países latinoamericanos que se han sacudido de las más ortodoxas recetas impuestas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, pero sin romper con sus esquemas referentes a la apertura de inversiones extranjeras, el equilibrio fiscal y el respeto a sus compromisos con esos organismos financieros, como tampoco se proponen aplicar el modelo establecido en Cuba por el comandante Fidel Castro.

Sin embargo, tanto el presidente Luis Ignacio Lula da Silva en Brasil, como sus homólogos Néstor Kirchner en Argentina, Ricardo Lagos en Chile, Martín Torrijos en Panamá, Hugo Chávez en Venezuela y en alguna medida Lucio Gutiérrez en Ecuador han asumido el compromiso de privilegiar los intereses nacionales y populares, en vez de adaptarse a políticas privatizadoras que benefician a pequeñas pero poderosas oligarquías.

Mientras ese giro a la izquierda se ha operado en esos países latinoamericanos, el alcalde progresista del Distrito Federal de México, Andrés Manuel López Obrador, figura en las encuestas como el favorito de los mexicanos para suceder al presidente Vicente Fox, pese a los obstáculos oficiales pseudolegales que pretenden impedir la formalización de su candidatura por el Partido de la Revolución Democrática, y en Chile, la socialista Michelle Bachellet es firme aspirante a ganar las elecciones presidenciales de diciembre próximo, para darle continuidad y quizás profundizar los cambios democráticos derivados del derrocamiento del dictador Augusto Pinochet.

Infortunadamente, el presidente Alejandro Toledo de Perú defraudó a sus seguidores y traicionó sus raíces ideológicas y étnicas; pero en la vecina Bolivia se vislumbra la próxima victoria electoral del líder campesino Evo Morales.

En lo que respecta a Guatemala, lamentablemente, no se avizora en un futuro cercano el surgimiento de una fuerza innovadora que aspire a aglutinar a las dispersas, atomizadas y egoístas corrientes de izquierda, no sólo por la ausencia de una auténtica plataforma ideológica sino por la inexistencia de una figura que, hasta el momento, pudiese amalgamar a los minúsculos grupos que constantemente manifiestan su disposición a alcanzar la unidad de la izquierda, pero que persistentemente, también, anteponen sus intereses personales o sectarios a las aspiraciones colectivas que presumen abanderar, incluyendo a quienes denuncian valerosamente hechos de corrupción en la institución armada, pero que se sospecha (tan sólo se presume o se duda) que se cobijan bajo el manto financiero protector de manipuladores y grandilocuentes mecenas oligárquicos.

Por lo consiguiente, no será nada extraño que en las próximas elecciones generales prevalezca el continuismo derechista, representado por cualquiera de las afluencias conservadoras, ante una desolada izquierda que sigue sin tomar su rumbo, sin destino, sin fuerzas y sin ánimo.

Fuente: www.lahora.com.gt


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