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Asomos de sigiloso estallido social
Por Eduardo Villatoro - Guatemala, 16 de julio de 2005

El titular de este artículo podría parecer contradictorio, pero intentaré explicarlo.

Durante los últimos lustros hemos estado oyendo o leyendo con frecuencia, los aparentemente apocalípticos presagios de avispados dirigentes políticos progresistas, preocupados líderes de grupos sociales, sensibles columnistas y sensatos académicos que han coincidido en advertir la posibilidad de un estallido social, si permanecen petrificadas las estructuras socioeconómicas y políticas que alientan el ensanchamiento de la brecha que separa a la opulenta minoría oligárquica que sobreabunda en bienes y riquezas, de la sumisa mayoría que se debate entre la miseria, la pobreza, el analfabetismo, la enfermedad y la ignorancia.

Como pese a tan fatales augurios las clases sociales más vulnerables de Guatemala siguen sufriendo con incomprendido estoicismo el permanente abandono en que se encuentran, los poderosos sectores que habilidosamente controlan el poder económico-político, ni siquiera le prestan oídos a las prudentes advertencias acerca de eventuales confrontaciones violentas susceptibles de ocurrir, porque continúan encerrados en sus edificios y alcobas de cristal criollo, manteniendo la idea de que los grupos marginados y marginales, siguiendo el ejemplo de la amorfa clase media, no se liberarán de sus actitudes conformistas, pacientes y fatalistas, de modo que con que les avienten minúsculos retazos de volátil esperanza cada cuatro años, durante las campañas electorales, estarán más que satisfechos, aunque las promesas caigan como barriletes sin viento, y los estafados en las urnas y en sus ilusiones persistan en deplorables estados de exclusión y abandono.

Pero no es así. Aunque resulta obvio que no está ocurriendo ningún visible estallido social, ni se escucha el tropel de miles de depauperados en ansiosa búsqueda de comida y en desordenada marcha hacia centros comerciales, mercados, supermercados y otros establecimientos en galopante búsqueda de alimentos, ropa y medicina. Tampoco han salido tumultuosamente de barrancos, asentamientos y barrios proletarios cientos de hombres, mujeres y niños asaltando colectivamente no sólo a los de los estratos más privilegiados, sino incluso a la empobrecida clase media.

No, no está sucediendo ese turbulento fenómeno.

A cambio, miles de jóvenes frustrados, desubicados, resentidos y embrutecidos por la droga, la televisión o el alcohol, sin perspectivas de estudiar, encontrar trabajo, un techo medianamente decente para albergarse, medicamentos para sus madres enfermas, o protección para sus padres y abuelos, se han integrado espontánea u obligadamente a cientos de bandas juveniles que toman el nombre de maras, las que están rodeando y acechando las ciudades y cada día se acercan más a los que se supone centros intocables del poder económico.

A estas alturas, ya no son sólo los dueños o empleados de míseras tiendas de asentamientos, los moradores de modestas viviendas de barrios marginales, los pilotos de desvencijados autobuses urbanos, los indefensos niños de deterioradas escuelas públicas y los intimidados peatones que transitan en esas áreas los únicos que son objeto del descarado chantaje al que le han dado por llamar impuesto de circulación, de operación, o de peaje, sino que aquellos violentos muchachos, hijos de la desintegración familiar, del muladar, de la negligencia del Estado, del olvido de la sociedad, de sus propias criminales tendencias y que han devenido en sanguinarios delincuentes juveniles, se están trasladando lenta, imperceptible y casi inexorablemente hacia otras áreas más cercanas a barrios otrora considerados apacibles.

Le menciono un caso que cualquiera puede comprobar. Hasta hace pocos meses las tropelías de las maras llegaban a unos cinco kilómetros de las colonias Roosevelt y Carabanchel, en la zona 11. Luego, se aproximaron a mercados cantonales, extorsionando a los que arriendan puestos de ventas en esas plazas mercantiles, pero ahora sus víctimas son dueños de tiendas, abarroterías, algunas farmacias y otros establecimientos similares, ubicados a escasos cientos o contadas decenas de metros de la calzada Roosevelt, y a pocas cuadras de La Majadas y sus flamantes centros comerciales, a donde acuden familias de la pequeña burguesía, de tal modo que si no se adoptan medidas globales y urgentes, los integrantes de esas bandas delincuenciales se extenderán a áreas residenciales, hasta llegar a bordear las exclusivas zonas 10, 13, 14 y 15.

Y eso sin ahondar en lo referente las aventajadas colonias adyacentes a la carretera a Pavón, digo a El Salvador, que tienen en su cercanía a comunidades rurales que, por su pobreza y exclusión, son campo propicio para el desbordamiento de las pasiones sangrientas y reivindicativas de muchachos resentidos con su pasado, su familia y su entorno social.

Cuando la declinante clase media ya esté atrapada por los tentáculos de las maras, y la oligarquía sienta el fétido aliento de la amenaza delictiva juvenil, quizá sólo entonces se propongan medidas inteligentes en todo el contexto social, económico y educativo del país, para encarar seriamente este grave fenómeno que muchos lo ven con displicencia, o tal vez será necesario que los llamados antisociales arrinconen furibundamente a los más privilegiados, para que finalmente el Estado empresarial reaccione ante este silencioso, disforme y amenazante estallido social, que, paradójicamente, camina sigiloso hacia la destrucción de la precaria armonía de la abismalmente desigual sociedad guatemalteca, carcomida por la desmedida ambición y el ciego egoísmo de los que seguramente escriben en sus agendas su inmediato y cómodo refugio en Miami, cuando las masas lleguen a la sublevación total.

(Un supuesto resentido y machista líder social le comenta a Romualdo: los ricos ejecutivos de alto nivel tienen esposa, cocinera, telefonista, niñera, secretaria, lavandera, manicurista, planchadora, camarera, contadora y amante. Nosotros los pelados simplemente nos casamos).

Fuente: www.lahora.com.gt


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