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Cuentahabientes malagradecidos
Por Eduardo Villatoro - Guatemala, 24 de julio de 2005

Durante los primeros cinco meses de este año, es decir, de enero a mayo de 2005, los bancos del sistema obtuvieron utilidades por Q552.5 millones, lo que equivale a 110 millones 500 mil quetzales y centavos por mes.

Lo anterior significa, según léxico usurpado a mi admirado colega realidario René Leiva, que los banqueros no se encuentran perdidos y desorientados en alguna de las misteriosas calles de la amargura, mucho menos sufren de hambre y frío por andar en trapos de cucaracha y tampoco carecen de petates para depositar sus cuerpos en casos de muerte súbita, a la vez que nos hacen la campaña de guardar nuestro pistillo y de cuidar los ahorros de la empobrecida clase media, aunque sea en cantidades más que modestas, como en mi caso, y algunas de esas instituciones nos cobran por el favor de dotarnos de talonarios de cheques, por rechazo de uno de esos documentos de pagos, por no contar con una mínima cantidad en el saldo respectivo, por estados de cuenta solicitados personalmente y por usar o no utilizar tarjetas de débito que también tienen la generosidad de suministrar, entre otros cobros.

No se extrañe usted si de repente el jefe de atención al cliente de determinado banco le envía una nota requiriéndole el pago por el aire contaminado que se respira en cualquiera de sus sofocantes, mal ventiladas y atestadas agencias, o si en cualquier día le pasa la factura a cuenta de que un encargado de ventanilla tuvo la insólita ocurrencia de sonreírle cuando le cambiaba un cheque.

Porque muchos de los jefes de agencias y responsables de cajas pagadoras o receptoras mantienen un humor propio de agentes de tránsito que intentan ordenar el tráfico de camionetas urbanas y extraurbanas, tráilers, buses escolares, motos, vehículos livianos y carretillas de helados en bulliciosas intersecciones, bajo el radiante sol del mediodía y recibiendo piropos con dedicatorias maternales; y no me refiero a la transpiración de sus cuerpos, que de eso nos encargamos los que hacemos filas o colas para hacer depósitos o cobrar cheques, sino que hago alusión de los ácidos o amargados estados de ánimo de aquellos empleados bancarios. Por supuesto que, como lo exige la prestigiosa regla, hay sus honrosas excepciones, tanto en lo que respecta a bancos y agencias, como en lo que corresponde a jefes y cajeros.

Aparte de lo descrito, los usuarios de esas instituciones financieras estamos constantemente expuestos a ser víctimas de asaltos al salir de una agencia, sobre todo quienes llevan consigo apreciables cantidades de dinero, cuyos responsables, según una fuente policíaca no identificada y citada por Siglo Veintiuno del jueves anterior, serían delincuentes que hacen pequeñas operaciones en las ventanillas, mientras vigilan a los usuarios que retiran miles de quetzales y avisan prestamente a sus cómplices que esperan en la salida.

Si así fuese, el sentido común --tan escaso-- indica que debiera investigarse a esos sujetos, porque los mismos bancos cuentan con los datos de tales individuos, pues de lo contrario éstos no podrían hacer operaciones monetarias.

Naturalmente que no se puede afirmar con certeza que entre los empleados bancarios se incluye a cómplices de los criminales que ejecutan los atracos a sus víctimas cuando salen de las agencias, pero es muy sintomático que los delincuentes estén enterados del monto exacto que una persona retira en efectivo.

Le voy a citar un ejemplo. Un cercano pariente mío que, por motivos especiales de la empresa en que trabaja, retiró Q60 mil en efectivo de una agencia bancaria y fue asaltado a escasos metros y pocos minutos después de haber salido en su vehículo de esas instalaciones. Cuando los delincuentes lo amenazaron con sus armas, el atemorizado joven les entregó una bolsa que contenía Q30 mil. Pero uno de lo sujetos le exigió: "¡Dame los otros treinta mil quetzales, hijo de $%&!".

¿Cómo sabían los asaltantes que a este usuario le habían entregado dos bolsas conteniendo Q30 mil cada una? Cuando mi pariente retornó de inmediato a la agencia para avisar del atraco, se encaminó directamente hacia la señorita encargada de la ventanilla que recién le había entregado el dinero. La cajera esquivó la vista del usuario y se hizo la disimulada, con marcado nerviosismo. La víctima del asalto se lo comentó al jefe de la agencia, a la Policía Nacional Civil y al Ministerio Público, pero fue imposible recuperar el dinero, en tanto que la cajera permanece en su puesto de trabajo, en espera de otros desaprensivos usuarios.

Cada víctima de un asalto al salir de una agencia bancaria tiene una historia qué contar, y casi en todos esos relatos los perjudicados sospechan de empleados de tales instituciones.

Debe ser mera coincidencia, supongo yo, porque con las utilidades que perciben los bancos seguramente cuentan con el pertinente personal de investigación y la conveniente tecnología avanzada que les permita detectar la presencia del enemigo en sus propias instalaciones. ¿No lo cree usted, perspicaz y malagradecido cuentahabiente?

Fuente: www.lahora.com.gt - 230705


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