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Abandonados en la sociedad opulenta
Por Eduardo Villatoro - Guatemala, 10 de septiembre de 2005

Como en cualquier país, los pobres son los más afectados por el huracán Katrina en EE.UU.

Gracias a los frecuentes, oportunos y precisos mensajes electrónicos que me envía nuestra compatriota Raquel E. Smith, residente en una pequeña ciudad norteamericana de cuyo nombre finjo no acordarme, estoy enterado de la avalancha de críticas que políticos demócratas y de otras tendencias, incluso republicanos, medios de comunicación y analistas han vertido en contra del presidente norteamericano George W. Bush, a causa de su tardía, ineficiente y desafortunada reacción ante los efectos del huracán Katrina.

Hasta donde fue posible me resistí a enfocar el caso de ese fenómeno meteorológico que devastó la ciudad de Nueva Orleáns y otras áreas de tres estados de los USA, porque casi no ha quedado columnista que permanezca callado frente a este desastre; pero ante la lluvia de mensajes que he recibido y leído, creo que es conveniente escribir algunos breves apuntes en torno a la catástrofe, cuyas consecuencias resultarían difíciles de explicar en una nación como la norteamericana, calificada de ser una sociedad opulenta, y cuyo régimen capitalista contaría con todos los recursos humanos, científicos, electrónicos, financieros y militares como para acudir inmediatamente en ayuda de las víctimas.

Pero no ha sido así.

Al parecer, la lenta e inoperante respuesta del gobierno federal de Estados Unidos tendría, parcialmente, su explicación en un factor relacionado con la coloración de la piel y la capacidad económica de los damnificados, puesto que dos tercios de la población de Nueva Orleáns son de raza negra y más de la mitad de ellos viven en la pobreza.

Al respecto, conviene recordar las palabras de Michael Harrington en su libro "La cultura de la pobreza en Estados Unidos", que pese a que fue publicado en el ya lejano año de 1962, sus argumentos no han perdido actualidad, al indicar que "existe una Norteamérica que todos conocen. Que posee el más alto nivel de vida que el mundo haya conocido jamás, y que malinterpretando el título de un libro brillante se llama a sí misma la sociedad opulenta. Es un país que piensa que ya ha resuelto sus necesidades económicas básicas y que lo que queda es aprender a vivir decentemente en medio del lujo".

Sin embargo, el mismo Harrington descubre, ante el asombro de sus compatriotas, que esa idílica visión sólo es posible cuando declara "invisibles" a los millones de pobres que subsisten con enormes dificultades económicas. Son los trabajadores no calificados, los ancianos, las minorías, los norteamericanos que habitan en la "otra América", y aunque son una enorme masa de personas, se requiere de poco esfuerzo mental y de voluntad para advertir su presunta ausencia.

Dos años después de la publicación del libro de Harrington, el entonces presidente Lyndon Johnson anunciaría la guerra contra la pobreza, conflicto que nunca se ganó y ni siquiera llegó a iniciarse, porque Estados Unidos dedicó el dinero que se necesitaba, para pelear otra guerra, la de Vietnam.

Más de 40 años después, los pobres y negros de Estados Unidos siguen siendo invisibles, advierte el articulista Sergio Muñoz Bata, y sólo aparecen después de un terremoto, un huracán o durante una revuelta urbana, mientras el presidente Bush persiste entusiasmado en su casi personal guerra contra Irak, donde miles de jóvenes norteamericanos pierden la vida, otros retornan mutilados a sus hogares, con la fe debilitada y las esperanzas resquebrajadas.

Como ocurrió en Vietman, los imberbes marines norteamericanos perderán la guerra en Irak, y también en su propio territorio, en el país de la opulencia, el desenfreno y la angustia sofocada con las drogas, porque el gobierno estadounidense no podrá ganarle la guerra a la pobreza en tanto que mandatarios como el arrogante y belicista tejano presidente Bush persistan en privilegiar la industria bélica, la invasión a pequeños estados, el enriquecimiento de los dueños de las fábricas armamentistas y la exención de impuestos a los más ricos y poderosos, en tanto que los negros, latinos y los pobres quedarán rezagados en el inalcanzable sueño americano en las fauces de su propia nación que los devora sin rubor ni remordimiento.

(El conscripto hispano Romualdo lee este cartel en una base tejana del ejército de Estados Unidos: Se avisa a la tropa que a causa del mal tiempo, esta tarde no se realizarán maniobras de entrenamiento en condiciones deplorables. Se espera que mañana no haya tormentas para poder efectuar el adiestramiento).

Fuente: www.lahora.com.gt


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