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Otro 11 de septiembre
Por Eduardo Villatoro - Guatemala, 18 de septiembre de 2005

Esa mañana del 11 de septiembre de 1973, siendo yo novato reportero me dirigía hacia la universidad de San Carlos, para entrevistar al doctor Víctor Manuel Orellana, decano de la facultad de Medicina Veterinaria, con quien años atrás habíamos compartido en una casa de huéspedes de la zona 1, donde nos alojábamos estudiantes y uno que otro burócrata de bajo escalafón.

Iba escuchando música en una radiodifusora cuando de repente la voz del locutor interrumpió la programación, para anunciar que había sido depuesto el presidente chileno Salvador Allende, mediante un violento golpe de Estado, en el que perdió la vida el mandatario que intentó realizar lentas, pero firmes transformaciones en las caducas estructuras económicas de su país, por la vía electoral y al amparo del sistema democrático representativo.

Suspendí la marcha del automóvil en el que me conducía, un pequeño Opel de segunda o tercera mano, comprado a plazos, lo estacioné y seguí oyendo la información radial. Me embargó un sentimiento de desilusión juvenil.

Mientras yo recibía la noticia con asombro y desesperanza, en Santiago de Chile un guatemalteco que había salido al exilio experimentaba similares emociones, pero más directa y personalmente. Este compatriota, dirigente del FUEGO, aquella combativa organización de estudiantes de secundaria que apenas salían de la adolescencia, se vio obligado a refugiarse en México tres o cuatro años antes. Del vecino país, Óscar Pérez tuvo que emigrar a Chile, con la convicción de que además de establecerse con su familia, puesto que le era imposible retornar a Guatemala, podría contribuir aunque sea mínimamente a construir la nueva democracia en aquella nación austral.

Precisamente el domingo pasado, al abrir mi buzón electrónico leí el mensaje que me envió Óscar, y dice así:

"Hoy 11 de septiembre hace 32 años, más a menos a las 6 de la mañana, cuando me preparaba para irme al trabajo en una empresa terrestre formada con capital privado y del Estado (lo que en tiempo del presidente Allende llamaban empresas de capital social) escuché por la radio que los militares encabezados por Pinochet y desde el puerto de Valparaíso habían iniciado una sublevación en contra del gobierno constitucional encabezado por Salvador Allende.

"Los acontecimientos se sucedieron con rapidez, las radiodifusoras democráticas fueron silenciadas, y la única que continuó transmitiendo, aunque con interrupciones, fue la del Partido Comunista de Chile. Las palabras de Allende, llamando a la calma y denunciando la traición de los militares, se escuchaban a medias.

"No pude llegar en el vehículo colectivo a mi trabajo en el centro de Santiago, por lo que me apresuré a caminar hacia el Palacio de La Moneda. Serían las 11 de la mañana. No logré acercarme mucho. La Moneda estaba ya rodeada por tanques y militares que no permitían el paso de civiles. Algunos se atrevían a gritar ¡viva Allende!, pero eran reprimidos de inmediato.

"De regreso a mi hogar pude ver cuando los aviones bombardeaban La Moneda. La impotencia y la ira me inundaron. Volvía a presenciar la acción de la derecha y del imperialismo norteamericano. Antes, en Guatemala, en 1954, había experimentado la acción de los "sulfatos" cuando bombardeaban la capital. Vivíamos en la zona 5, y mi papá ordenaba a toda la familia que nos metiéramos bajo la cama. A los 13 años no entendía qué era lo que estaba pasando y mis padres tampoco nos explicaban.

"Por la tarde, la radio, ya en manos de los golpistas, anunciaba que Allende había muerto en La Moneda y que se ordenaba a la población absoluta prohibición de salir a la calle durante tres días. Todo el mundo, en medio del pánico y la confusión, trataba de ir a la tienda más cercana, para comprar víveres. Nosotros vivíamos en un barrio residencial del norte de Santiago, donde la mayoría de la gente era de derecha y estaba en contra del gobierno de Allende, de modo que aun con la prohibición de salir a la calle, las tiendas permanecían abiertas y vendían todo lo que se necesitara. Era evidente que la prohibición golpista estaba dirigida a los barrios pobres de trabajadores, donde la resistencia al golpe comenzaba a medio organizarse. Pude ver cómo los militares disparaban contra la gente que sin temor lanzaba vivas a Allende.

"Al tercer día, cuando terminó la prohibición de salir a la calle, junto con mi jefe y en su automóvil, que tenía placas de USA, nos encaminamos a la empresa de 'Transportes Quinteros', que era el nombre de la firma. Pudimos ver y comprobar que las calles estaban llenas de cadáveres de gente sencilla, hombres y mujeres. El río Mapocho, que atraviesa la capital, arrastraba en su corriente a cientos de cuerpos, víctimas del golpe pinochetista. Y era sólo el principio.

"Las víctimas y el daño ocasionado por el golpe de la derecha, apoyada por el gobierno norteamericano, 'en defensa de la libertad y la democracia en Chile', siguen clamando por justicia.

"Nosotros, con mucha suerte de por medio, logramos salir de Chile el 18 de noviembre de 1973, bajo la protección de la Oficina para los Refugiados de las Naciones Unidas y con la ayuda del secretario de la embajada de Finlandia en Chile".

Desde entonces, mi amigo Óscar Pérez, a quien jamás he visto personalmente, pero con quien nos une estrecha amistad cibernética e ideológica, presumo, reside en aquella hospitalaria nación escandinava y hasta allá le envío mi fraternal saludo de guatemalteco desde la lejanía de la patria amada.

(Un chileno, que al igual que la mayoría de sus compatriotas no le agradan mucho sus vecinos de Argentina, le pregunta al izquierdista Romualdo -¿Vos sabés cómo inician los argentinos las cartas de amor? No, ¿verdad? Pues las comienzan así: "Yo sé que me extrañás...")

Fuente: www.lahora.com.gt


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