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Si la envidia fuera tiña…
Por Eduardo Velásquez - Guatemala, 12 de diciembre de 2007

Hace 40 años, Asturias recibió el Premio Nobel.

El 10 de diciembre de 1967, el escritor guatemalteco Miguel Ángel Asturias Rosales recibió el Premio Nobel de Literatura. Para muchos este magnífico logro de Moyas fue motivo de alegría, y para algunos desató una envidia que no cede. Tras su fallecimiento en junio de 1974, Manuel José Arce Leal escribió su magistral columna: ¡Felicitaciones, Guatemala! Felicitaba a aquellos que expulsaron a Asturias de nuestro país, aquellos que se congratulaban de la desaparición física del excelso escritor, del bardo de La Parroquia Vieja. Todavía hoy, a 40 años de aquel memorable suceso, existen escritores a quienes la envidia continúa corroyendo: Los tiñosos.

Ya hace 23 años, Edelberto Torres Rivas nos aconsejó a Silvia Contreras y a mí, entonces estudiantes de Sociología y Economía, que estudiáramos lo escrito por los científicos sociales más relevantes del país y del exterior que han analizado a Guatemala, sin dejar de leer las obras de nuestros artistas, pero especialmente de los escritores, quienes perciben la realidad por otros medios de acceso, diferentes a los utilizados por los científicos sociales. Lo anterior con el afán de acercarnos a la totalidad del fenómeno estudiado. Para quienes hemos escudriñado la historia de la ciudad de Guatemala, en sus distintos períodos de vida, sabemos que el libro de Miguel Ángel Asturias El Señor Presidente es fundamental para ambientarnos en “La Ciudad del Portal del Señor”.

Allí cobran vida de nuevo las calles y las avenidas de aquella vetusta ciudad, los personajes de fustán con picos –desde el Arzobispo hasta el coronel Parrales Sonriente–, los mendigos y los pordioseros, el famoso Pelele y La Mosquita, los carreteros apostados en la plaza de la iglesia de La Parroquia que lo alucinaron con su forma de hablar, el Portal del Comercio y sus tiendas de géneros importados, las vendedoras del Mercado Central, las famosas locatarias y el Portal del Señor, los bares y cantinas, los restaurantes, los prostíbulos en el Callejón Aurora, los salones de los clubes famosos y La Penitenciaría, los cuarteles y las otras cárceles, los distintos barrios de la ciudad, desde Candelaria hasta La Parroquia, pasando por La Merced, desde El Amate hasta La Libertad y La Paz, “El Botellón”, las grandes casonas de las mejores y de las peores familias, sus fuentes, las iglesias y el frontispicio de la Catedral, e inclusive sus basureros. Hasta La Palma, lugar de residencia del Hombre.

Asturias nació, creció y conoció como la palma de su mano aquella pequeña ciudad, de 18 calles por 16 avenidas. Y en su libro trata de dejarla retratada minuciosamente. Para la posteridad, pues esa ciudad desapareció para siempre. Lo mismo se puede decir de la otra novela asturiana Viernes de Dolores, en la que la Nueva Guatemala de la Asunción de inicios del siglo XX aparece fresca y lozana. Aparecen los apodos y el ingenio popular para designar sus negocios: “Aquí es mejor que enfrente”. Y como decían los abuelos, como Moyas todavía no ha nacido, vos…

Fuente: www.elpriodico.com.gt


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