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La escuela no es un lugar para orar
Por Francisco Cabrera Romero - Guatemala, 4 de julio de 2018

La escuela es un lugar, no el único, en el que debes aprender a pensar: comprender, criticar, crear, repensar, corregir, plantear, argumentar y todo ello, siendo feliz.

Muchos docentes consideran que enseñar religión o espiritualidad en la escuela es lo correcto. Lo hacen generalmente con buena intención. Los menos ilustrados consideran que es la mejor, cuando no la única, forma de enseñar valores. Entienden que no hacerlo equivale a dejar un vacío que será llenado por intenciones perversas y destructivas. Se trata de un error cometido con buena intención. Pero, aun así, no admite disculpa.

Cuando la escuela se ocupa de enseñar y practicar expresiones religiosas o espirituales definitivamente ha equivocado el camino. En primer lugar porque niega el conocimiento científico (comprobado, demostrable y repetible) y lo sustituye por una suerte de magia que se conoce como fe. La fe explica todo sin explicar nada. La evidencia (o la carencia de ella) pierde importancia, todo pasa a un plano casuístico, donde las cosas dependen de cuánto y con qué devoción se ora.

De esta manera se induce al pensamiento mágico. Y este tiene impactos directos en el aprendizaje. Se pueden citar algunos:

No hay comprensión del mundo, su diversidad y complejidad. Si no hay comprensión (entendimiento) del mundo no puede haber forma de imaginar otras condiciones y formas de vivir. Las personas tienden a creer que lo mejor es su propia forma de vivir. Muchos cristianos se asombran al saber que no son, ni han sido nunca, mayoría en el mundo. No lo saben porque no pueden imaginar otro mundo que no sea el propio.

La historia pasa a convertirse en la narración de las buenas causas contra las malas, especialmente cuando se parte de la categoría de «pueblos elegidos» (frente a otros no elegidos), con lo cual todo atropello puede ser disculpado. No hay conocimiento histórico ni entendimiento del devenir de la cultura humana. La historia se vuelve fábula.

Los principios de las ciencias que explican el mundo y el universo carecen de importancia porque se entiende que todo fue creado por un ser superior que, desde luego, puede deshacerlo en cualquier momento. Las leyes de la física, que deben representar la gran puerta de ingreso al pensamiento científico, no cobran interés. Por ejemplo, se induce a creer que la destrucción del ambiente que permite habitar este planeta, puede revertirse con oraciones.

No hay razonamiento lógico que pueda aceptar las explicaciones basadas en historias bíblicas o textos sagrados. Si tu maestra te dice que Dios es el gran creador y que todo lo que hace es perfecto, se acabó el camino. Que todo lo sucedido, lo que sucede y sucederá, está escrito por su mano. Y luego te enteras que la historia de la humanidad está plagada de guerras, hambre, esclavitud, explotación, violencia y más. Para entonces ya tienes un serio problema para entender dónde está la perfección de tales desastres.

Si todo aquello es su voluntad, también lo es cada una de las travesuras que has hecho. Como también lo era que millones nacieran y murieran esclavos y que Judas traicionara a Cristo. Lo que por cierto exculpa a Judas quien no escribió el guion de la historia.

Todos estos enredos están bien para un ejercicio de filosofía y lógica. Pero no es así como se abordan en las aulas. ¡Se imponen! No queda opción, se espera que sean creídas y se adopten como la principal forma de organizar la vida. Porque el docente cree que, aunque la ley no lo permite, tiene el derecho de decir a sus alumnos lo que deben creer.

Esto es especialmente peligroso frente a las interpretaciones literales. Aquí se justifica todo: la inferioridad de la mujer, la violencia contra los que no creen igual, la guerra santa y cualquiera cosa. Las religiones fácilmente derivan hacia los fanatismos.

Un niño de escuela primaria que se ve expuesto a estas prácticas entiende que no tiene opción. Hacer eso está bien (se premia) y no hacerlo está mal (se castiga). Hay en ello un aprendizaje ciertamente: «sigue las reglas y te irá bien» que se traduce como «pensar por sí mismo es inadecuado».

A esa edad, la comprensión de un mundo espiritual es imposible. Se pueden repetir oraciones, aprender de memoria y decir en el momento adecuado, hacer los gestos y señales indicadas, pero de comprensión nada. Es una suerte de entrenamiento, no de educación.

La escuela se define laica porque su tarea es enseñar a pensar: comprender, criticar, crear, repensar, corregir, plantear, argumentar y todo ello, siendo feliz.

Fuente: //gazeta.gt


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