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Al menos, salvemos nuestras emociones
Por Fernando Suazo - Guatemala, 17 de junio de 2008

Se me quedó la mirada en una foto de prensa que ilustraba una de tantas noticias de violencia en Ciudad Juárez, de México (Prensa Libre, 13 de junio, 2008): en medio de un operativo militar urbano, un niño se inclinaba mirando hacia su derecha, tal vez para cruzar una calle, protegiendo de posibles disparos a un perrito de pocas semanas que llevaba en sus brazos. El gesto y la coloreada pantaloneta del pequeño hacían más monstruoso al uniformado grandote que le daba la espalda.

Así, como ese niño –o como ese perrito- estamos todos. De cualquier parte nos puede venir la tragedia, mientras señores sin rostro libran entre ellos sus guerras particulares, a costillas de la gente. Los señores grandotes –y algunas señoras- nos mantienen en permanente zozobra: los alimentos y los combustibles suben y suben porque así lo deciden los especuladores globales; la tragedia del hambre se extiende y los señores del la FAO, reunidos en Roma en la cumbre de alto nivel sobre Seguridad Alimentaria, declaran, obedeciendo a las grandes corporaciones, que el hambre es sólo un problema de oferta y demanda, un fenómeno coyuntural, no estructural; los emigrantes son encarcelados en los países del Norte como delincuentes o son masivamente deportados (¡11,000 guatemaltecos deportados de los USA en estos seis meses!), mientras los capitales y los recursos naturales corren en dirección contraria a velocidad increíble; a las pocas horas de ser declarado candidato de su partido, el señor Obama visita a los poderosos líderes del sionismo gringo para ofrecerles sus servicios; la temible IV Flota USA se prepara para venir a nuestros mares, diz que para luchar contra el narcotráfico...

Y en nuestra desahuciada Guatemala nos vamos enterando por entregas* de la poderosa mafia de militares, narcotraficantes y otras alhajas*, que tienen copadas las instituciones de seguridad del Estado; nos cuentan que el secretario privado del Presidente del Congreso es acusado del desvío de 82 millones de quetzales a una casa de bolsa de alto riesgo, y nos restregan* en la cara ¡que ya había sido investigado por otros 42 casos de defraudación fiscal e incluso ya había estado recluido en el Preventivo de la zona 18!, nos anuncian que el señor ya salió del país y que su jefe, el presidente del Congreso, no sabía los antecedentes de esta joya; al día siguiente, sabemos que el anterior presidente del Congreso, Rubén Darío Morales, acostumbraba a hacer esos mismos desvíos del dinero del Congreso y que por ello cobraba sabrosas comisiones de la casa de bolsa; y cuando sentimos un pequeño alivio porque el presidente Colom, preocupado por la baja producción local de granos básicos en estos malos tiempos, ordenaba cumplir la ley 40-74: sembrar granos en un 10% de las fincas mayores de 100 hectáreas (una ley del año 1974 que nunca se ha cumplido), nos quedamos fríos al escuchar, a los pocos días, que el mismo señor presidente –atendiendo a las insistentes protestas de la oligarquía terrateniente- se retracta de lo dicho y pide al Congreso que, por favor, anulen esa ley.

La lista de frustraciones sería interminable. Insoportable. Y nos dan ganas de gritar. Pareciera que nos quieren paralizar de impotencia, a fuerza de subir cada vez más el nivel de su cinismo.

Y eso es lo peligroso, que les dejemos invadir el recinto privado de nuestras emociones. No puede ser que, por culpa de sus perversiones, nosotros nos destruyamos. No es inteligente entrar en ese juego.

Aquí quiero llegar: al campo de las emociones. A la hora de la verdad, ahí se juegan las decisiones que orientan los acontecimientos humanos. Los que están allá arriba, sacando sus proyectos personales sobre nuestras costillas, tratan de provocar en nosotros las emociones que les interesan, y de anular las que les perjudican. Para ello utilizan la publicidad, recurren a la desinformación, practican la ablación* de la memoria y la represión. También promueven esta intoxicación de impotencia que cada día nos provocan los medios con su sobredosis de frustraciones y violencias.

Sin embargo, por nuestra salud mental, nos conviene proteger el recinto donde cultivamos nuestras emociones, las verdaderamente nuestras, las que alimentan nuestras ganas de vivir cada madrugada con dignidad, como humanos, sujetos sociales y políticos.

Lamentablemente, todo en torno nuestro conspira a invadir la privacidad de nuestras emociones. Un paradigma de ello es la caja brillante del televisor que invade con luces y ruidos, con mensajes y estímulos no solicitados nuestro espacio privado. No nos han educado a decir a ese mueble: no, gracias, y apagarlo inmediatamente. Y lo mismo con los incontables estímulos que por doquier nos asedian. Es importante, por nuestra salud mental, que aprendamos a decir, con talante apacible pero firme, como lo hacemos al vendedor que nos aborda en la calle: No, gracias. Blindemos el recinto de nuestras verdaderas emociones, las nuestras, por nuestra propia salud mental.

Insisto en lo de nuestras verdaderas emociones: Las emociones brotan de representaciones y de pensamientos. Las emociones nuestras son hijas de nuestros pensamientos, de nuestros sentidos de vida. El principal, el más propio de nuestros pensamientos se refiere a nuestra identidad: quién soy y quién quiero ser, precisamente yo, de forma irrepetible. Y el segundo, tan vital como el primero, es: ante quién quiero ser así, desarrollar así mi vida. Ambos forman como el sístole y el diástole de nuestra existencia, porque somos estructuralmente interactivos.

A la versatilidad de nuestras emociones se debe el prodigio cotidiano de que cada día la gente nos atrevamos a continuar viviendo, que recorramos caminos nuevos sin desesperarnos, a pesar de que por todas partes vemos crecer el oleaje del desastre. La gente aprendemos cada mañana a proveernos de la dosis indispensable de emociones gratificantes para el nuevo día. Eso es así, hasta en las situaciones al límite. He leído en Víktor Frankl que los condenados de Auschwitz lograban a veces convertir su horrendo barracón en un escenario donde parodiaban fugazmente su tragedia. Y en el terrorífico estadio nacional de Chile, los prisioneros de Pinochet alguna vez compusieron y corearon canciones y tuvieron arranques de humor colectivo aprovechando oportunidades favorables.

En estos tiempos que no son nuestros, nos conviene defender el tesoro de las emociones verdaderamente nuestras, y no permitir que los monstruos y farsantes, que han raptado nuestra Tierra, y también nuestro país, extirpen nuestras verdaderas emociones y nos impongan las que a ellos interesan.

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