El oro y el agua
Por Fernando Suazo - Guatemala, 30 de junio de 2009
Ellos son, tal vez, los elementos más cruciales en la historia de las sociedades humanas. El agua es absolutamente necesaria para la vida; su carencia implica, inexorablemente, Sed, Hambre y Muerte, con terroríficas letras mayúsculas. Por eso el agua comparte con la tierra el nicho de las necesidades humanas más perentorias, donde los cuerpos duelen, donde las cicatrices viven más que los olvidos, donde las carnes rotas gritan, donde los ultrajes encienden cóleras, donde los huesos insepultos jamás descansan… El nicho humano donde vive el agua es el de las realidades más verdaderas, las que nunca serán alcanzadas por discursos y representaciones, por sublimes que sean.
Pero el oro no se come, no vale por sí mismo, sino por lo que significa. Sólo es una realidad simbólica. Su valor le es asignado por las culturas, es mera representación. Así por ejemplo cuando llegaron a estas tierras los invasores cambiaban sus espejitos por piezas de oro de nuestros abuelos y abuelas. No porque éstos fueran tan ignorantes -como oí a un profesor ante sus estudiantes-, sino porque en la cultura de los abuelos el oro tenía otra condición representativa: sólo era un adorno, no un valor de lucro. Nuestros abuelos no estaban tan trastornados por la locura del lucro.
Así como el oro y el agua, también ha habido siempre dos clases de humanos: los enfermos de frustraciones viejas que necesitan dominar para sentirse alguien, y los que no necesitan eso para vivir tranquilos. El oro ha sido cómplice histórico de los primeros: les ha servido la ilusión de ser más que los demás. Porque el oro sólo es eso, un metal ilusionante. Por esa condición sociológica, el agua y el oro han acompañado a su manera a los dos principales bloques de la humanidad: el que responde a las necesidades reales y el que persigue ilusiones de dominio.
He aquí un ejemplo: Los pobladores de la región donde opera la minera canadiense Montana han expresado masivamente, en cuarenta consultas comunitarias, su rechazo a estos trabajos, e insisten en que no les interesa beneficiarse de una parte de las irrisorias regalías, sino, simplemente, vivir con su agua, sus cerros y sus bosques. Que la Montana se vaya, y ya no fabrique en sus parajes más lagunas de agua de cianuro con los 150 mil galones de agua pura, regalada, que utiliza por minuto.
Los señores y señoras campesinos de estas aldeas defienden la lógica de lo real, la de la necesidad pura y dura. Pero los palabreros del oro no entienden, ni tampoco se aclaran. Por un lado hablan de aumentar ese indignante uno por ciento de regalías y por otro temen que esa subida resulte lesiva para los intereses del Estado. (¡Qué patriotas clarividentes, los diputados de la Comisión de Energía y Minas! ¿De qué tamaño serán los cheques que mueve la Montana por debajo de la mesa?).
Me decía una señora al pasar un camión de agua embotellada: A mí me enseñaron que el agua es bendición (gratuita, añado yo) de la Madre Tierra, ¿por qué ahora vienen con camiones a venderla? Ése es el dilema: Mercancía o bendición gratuita. Un dilema que da lugar a otros: palabrería o realismo; dominación o armonía; violencia o respeto. El oro o el agua. ¿Acaso no es obligación del Estado salvaguardar la vida y la salud de la población? ¿Por qué, entonces, no se habilitan sistemas de purificación para consumir la de nuestras montañas? ¿Acaso no pagamos impuestos? ¿Por qué los empresarios convierten en su oro privado el agua que es de todos?
La palabrería de los dominadores construye discursos y los retuerce a su antojo. Lo mismo hace con lo que llaman principios y valores, con la doctrina de los derechos humanos o con las religiones. Para justificar su dominio, todo lo confunden y lo enredan. Y mientras más confusión mejor, pues su cancha es la confusión, en ella desenvuelven su charlatanería; su arte es la ambigüedad. ¿Dios o el oro de las Indias?, ¿en qué quedamos?, preguntaba retador Bartolomé de las Casas.
Precisamente ayer, sin ir tan lejos, leíamos en la prensa que los señores y señoras del parlamento golpista de Honduras rezaban un padrenuestro y un avemaría mientras el presidente constitucional era secuestrado, por culpa de esa maña populista de andar haciendo consultas a la gente. ¿Cuál es el problema, la democracia o los privilegios de la oligarquía? -Mejor, tapemos la pregunta con un padrenuestro y verán qué lindo queda, supongo que pensaron los diputados hondureños.
Me apunto a una campaña para dedicarle una calle a Giovanni Fratti, quien, con biliosa sinceridad, frente a la admirada periodista Marielos Monzón, retrató de cuerpo entero a la gente de su casta: aquellos escuadrones de la muerte, nunca extirpados, del partido MLN, el de la violencia organizada, a los intelectuales neoliberales de la Universidad Marroquín y a los políticos oligarcas, socios de transnacionales, del proyecto ProReforma. Fratti nos reveló sin eufemismos su eslogan identitario: a sangre y plomo contra quienes se interpongan en el camino de Pedro de Alvarado cabalgando de nuevo. Ahí sí, ahí habló claro. ¡Bravo! Que le dediquen una calle.
Mientras los analistas políticos debaten si Guatemala es o no un Estado fallido, la gente sigue viviendo, día a día, paso a paso, sueño a sueño, arreglándoselas sin un Estado que, desde que lo inventaron, no es el suyo. Viviendo su agua gota a gota, acosados sin tregua por los sanguinarios borrachos del oro.
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