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Sobre beneficios y caridades del 1%
Por Fernando Suazo - Guatemala, 22 de febrero de 2016

El economista de la universidad Francisco Marroquín, Fritz Thomas, publicó el 28 de enero recién pasado en el diario Prensa Libre un artículo titulado “El 1%”. Con ágil redacción y algo de ironía despliega ante los lectores las fabulosas ganancias de unos cuantos personajes, masculinos y femeninos, obtenidas en los últimos años, y explica que, merced a su talento emprendedor o a los azares de fortuna que la llamada cultura de masas depara a ciertos individuos, algunos súper ricos, no sólo se encuentran nadando en inmensa riqueza, sino que se han convertido en notables benefactores de la humanidad, creando miles de empleos, promoviendo avances tecnológicos y facilitando a millones de personas el acceso a bienes nunca antes conocidos por la especie humana.

Demasiado bello, sospechosamente bello, lo que nos cuenta el señor decano de la UFM, y, más cuando concluye que lo dicho por él “aplica para Guatemala”. Parece tener urgencia en salir al paso del estudio que diez días antes había publicado a escala mundial la organización OXFAM, titulado “UNA ECONOMÍA AL SERVICIO DEL 1%.- Acabar con los privilegios y la concentración de poder para frenar la desigualdad extrema”.

OXFAM muestra –y esto sí aplica a Guatemala- cómo los grupos de poder económico, además de la riqueza material, disponen y utilizan otros muchos recursos ilegítimos que no están al alcance de las mayorías. Por señalar algunos: la posibilidad de controlar, de una u otra forma, los tres poderes del Estado –lo que les facilita la capacidad de evadir o eludir a gran escala sus impuestos dentro del propio país o en paraísos fiscales-, o evadir la justicia por delitos laborales, comerciales o ambientales, o concertar alianzas ventajosas.

La corrupción, que apenas empieza a ser desenmascarada en nuestro país, tiene que ver con esto. Cada día son más personas en Guatemala las que empiezan a sospechar del origen y los oscuros vericuetos que han recorrido los honorables magnates nacionales para llegar a sus grandes fortunas. Y sus sospechas son tanto más fundadas, cuanto mayor es la opacidad de esas operaciones, por más que nos quieran apantallar con donaciones y caridades profusamente publicitadas.

Pero bueno, hoy nos felicitamos por que en Guatemala se impuso el eslogan “ni corrupto ni ladrón”. Al parecer, la lucha contra la corrupción está en alza, enhorabuena; es, ahora, el postulado “políticamente correcto”, incluso para empresarios defraudadores o diputados y jueces mafiosos. También es el postulado geoestratégico de los EUA en la región.

En teoría, al menos, la corrupción se establece con referencia a las leyes y las instituciones vigentes. Una referencia sui géneris porque la abierta violación de nuestro sistema legal o de los acuerdos y convenios internacionales suscritos, son más rutina que excepción entre nosotros.

OXFAM respalda a inteligentes economistas, como Thomas Piketty, quienes señalan la orientación suicidas de una economía destinada exclusivamente a la acumulación y concentración de riqueza, con el inexorable perjuicio para las mayorías. Pero, además, la prestigiosa organización menciona una palabra que los fundamentalistas del mercado ignoran para qué sirve: la ética. Dice OXFAM: “no es razonable ni desde el punto de vista económico, ni, desde luego, desde el ético, que haya tanto en manos de tan pocos”. El DLE define lo ético o moral como aquello “perteneciente o relativo a las acciones de las personas, desde el punto de vista de su obrar en relación con el bien o el mal y en función de su vida individual y sobre todo colectiva”. Según eso, no es moral que la actividad económica se oriente a obtener ganancias sin más limitaciones que las del “libre” mercado, atropellando el bien de la vida individual y sobre todo colectiva. Pero, como digo, los pragmáticos neoliberales no se complican la vida con requerimientos de vida colectiva. Les estorba la ética (como les estorba el Estado). Su discurso no alcanza más allá de comentarios tan rudos como ese, tan frecuente, de que “los pobres son pobres porque quieren”; o supuestos tan miopes de visión histórica como el de que “nada es gratis”: ¿se vale eso para todo lo arrebatado a los países del Sur, señor Thomas?

Pero existe la ética porque existe la vida, porque somos vida, y merecemos, todos, vida digna. Y así, desarrollar industrias de alta tecnología, bien puede generar riquezas a algunos y ofrecer valiosos servicios a muchos, pero si esa industria se basa, por ejemplo, en el saqueo implacable de países del Sur, no importando encender en ellos guerras internas, corromper a élites locales, reprimir a disidentes, promover golpes de estado e imponer gobiernos títeres, ¿acaso no atenta contra la vida y los derechos colectivos de esos pueblos?

O, también, desarrollar con frenesí una industria que no se hace responsable de gravísimos trastornos ecológicos ¿acaso no atenta contra la vida? ¿Acaso no es contrario a la moral que la investigación científica prevenga con precisión los resultados económicos de las estrategias industriales pero ignore deliberadamente las consecuencias socioambientales de las tecnologías que diseña?

Y lucrarse –como los ídolos de farándula que nos presenta el señor Thomas- de una cultura banal del espectáculo, estratégicamente diseñada para idiotizar y alienar a la gente, y que reduce a las mujeres a meros objetos eróticos ¿acaso no contribuye a inhibir la participación cívica y a degradar la dignidad que merecen las mujeres? ¿Qué tan ético ese negocio?

Y otro ejemplo máximo y terrorífico: La industria militar, la primera en volumen de negocios del planeta, que provoca mucho más del 90 % de muertes de civiles en numerosas guerras, diseñadas desde las grandes potencias por intereses económicos o financieros ¿acaso no es proyectada precisamente para destruir masivamente la vida?

No se vale llamar benefactores a personajes, instituciones, programas o países que generan riqueza o bienestar para algunos a costa del sufrimiento, la muerte y la destrucción de las mayorías, y del planeta. El pueblo consciente de Guatemala sabe cuánta explotación, racismo y genocidio traen aparejadas palabras como civilización, progreso o desarrollo, cuando vienen promovidos por los potentados de todos los tiempos.

Por eso, ¡que Dios nos libre de ese 1%!, mal que les pese a los fanáticos neoliberales.

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