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Religiones (ante el linchamiento de D. Domingo Choc)
Por Fernando Suazo - Guatemala, 12 de junio de 2020

La horrenda muerte de Don Domingo Choc viene a sumarse a una práctica que, de tiempo en tiempo, suelen practicar las religiones. La historia del judeocristianismo, por ejemplo, tiene demasiadas páginas sangrientas.

Las religiones son instituciones sociales –o de grupos reducidos- instauradas a partir de la experiencia espiritual –real o maliciosa- de su fundador o fundadores. Las sectas, a escala reducida, cumplen los rasgos sociológicos de las religiones. Tenemos aquí dos palabras clave: instituciones sociales y experiencia espiritual. Es importante distinguir bien ambas realidades porque no es lo mismo religión que espiritualidad. Vayamos por partes.

En tanto que instituciones sociales las religiones se organizan mediante jerarquías, ritos de entrada y de exclusión, verdades indiscutibles (dogmas), normas de diversa gravedad, mitos, historias, ritos y prácticas que dotan al grupo de una identidad exclusiva y excluyente. Más aun, en tanto que instituciones, las religiones necesitan perpetuarse, lo cual según sus creyentes es voluntad divina.

Todo esto implica que las religiones están inevitablemente afectadas por dinámicas de dominación. Alguien en ellas decide a quién se acepta y a quién se excluye, qué verdades son intocables, cuál es la importancia de las normas y la gravedad de los pecados, cuáles y cómo se celebran las fiestas, cuál es la historia propia que los creyentes deben conocer (y qué partes de la historia deben ignorar), qué ritos y prácticas deben cumplirse.

Además, la perpetuación de las religiones en el tiempo lleva, por un lado, a que frecuentemente los jerarcas religiosos se vean inclinados a pactar con los poderes de turno a espaldas de los sometidos; y por otro, a que las instituciones religiosas acumulen grandes riquezas y bienes que, por supuesto, se justifican con motivos religiosos: el culto o la caridad.

Por otra parte, los adscritos a religiones monoteístas (creencia en un único dios verdadero), como son los cristianismos, el judaísmo, y el islamismo, implícitamente consideran equivocadas a todas las religiones distintas de la suya, pues solo su dios es el verdadero. Eso comporta un sutil sentimiento de superioridad frente a las demás. Por eso, movidos a compasión hacia los “no creyentes”, se sienten “enviados” por su dios a “convertirles” a la “verdadera” religión que ellos practican.

Pero también puede suceder que esa supuesta inferioridad de los “no creyentes” o “paganos” favorezca en los creyentes la proclividad a prácticas de persecución o incluso el exterminio contra aquellos. Todo depende de los intereses de poder. Aunque esto siempre se justifica por motivos religiosos, las verdaderas razones son emocionales y tienen que ver con pretensiones de dominación sobre colectivos humanos o con defensa de privilegios o con pretensiones de conquista, saqueo de bienes y explotación de mano de obra o con sentimientos de venganza… Esto se podría ilustrar con sangrientos ejemplos históricos: las Cruzadas y otras guerras entre cristianos y musulmanes, la “evangelización” de los pueblos originarios de América, Asia y África, las guerras entre los cristianismos europeos en los siglos XVI y XVII, las hogueras y prisiones de la Santa Inquisición, o… los linchamientos religiosos como el infligido a Don Domingo por ser “brujero”.

Aquí falta añadir algo sobre la supuesta espiritualidad que alienta en las religiones. Para empezar, el aparato institucional de las grandes religiones y también la cohesión interna de las pequeñas sectas requieren la firme adhesión de sus creyentes. El cemento de las religiones es la fe de la gente. Eso hace que mientras las grandes religiones ven nacer, crecer y morir a reinos e imperios, ellas permanecen. Según suelen enseñar algunas autoridades religiosas, esa es una señal de su verdad y de la bendición divina. Pero…

La espiritualidad que promueven las religiones no suele ser la misma que inspiró –en los mejores casos- a sus fundadores. Los verdaderos maestros espirituales practicaron y predicaron la fraternidad sin límites, la dignidad y la libertad humana, entre otros altos valores. Sin embargo, las grandes religiones practican o predican mayoritariamente la exclusión, la culpa y el miedo. No puede ser de otra forma, si quieren convocar muchos creyentes y además mantenerlos sometidos. El poder de controlar las conciencias es más eficaz que el de las armas. Es esta otra razón por la que los gobernantes y las clases dominantes tratan de cooptar a los líderes religiosos, y suelen conseguirlo. Eso explica, por ejemplo, las históricas alianzas entre “la espada y la cruz”.

Es sabido que no a todas las autoridades religiosas se aplica este deplorable perfil, pero son muy minoritarias y suelen ser marginadas, silenciadas o… asesinadas como Óscar Romero en El Salvador o Juan Gerardi en Guatemala. En realidad son toleradas en la medida en que no afecten los graves intereses políticos de las élites, no más que eso.

También es justo reconocer que los altos valores del cristianismo constituyen –de muy diferentes maneras y grados- referentes de conducta social. Pero no lo son tanto que hayan erradicado entre nosotros el racismo, el clasismo, el machismo o la corrupción. La Guatemala “cristiana” que tenemos se parece demasiado poco a los valores que practicó Jesús. Se practican muchos ritos pero no aparecen actitudes.

El linchamiento de Don Domingo es uno más entre tantos linchamientos cometidos en la historia en nombre de un dios falso, sacralizado por alguna religión. Un dios que fácilmente condena a la hoguera a “herejes” o “brujos” o cualesquiera seres humanos estereotipados como enemigos de nuestra “santa religión”.


fernando.fersurab@gmail.com


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