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Pandemia y pobreza
Por Roberto Ganddini - Guatemala, 27 de junio de 2020

El mito del campo, para muchos que viven en zonas urbanas, lo que refleja es contacto con la naturaleza, inspiración personal, aire fresco, ambiente desestresante, etcétera.

Ese es un concepto que solo se pueden dar personas que no viven en carne propia la realidad social del campo. Esa ilusión pasajera o distractora de unos dos días o una semana para muchos, es la condena para la mayoría de la población. Pero muchos de los que piensan así, pasan sin ver la pobreza de los lugares que visitan. Conocer Guatemala no es ver ríos, lagos, montañas, volcanes y cielo azul, sino ver la sociedad en su conjunto en el área rural o el campo, como le decimos coloquialmente.

Como decía una canción, las cosas se cuentan solas, solo hay que saber mirar.

Las banderas blancas ondeadas por muchas familias que están al borde de la hambruna producida, en primer lugar, por las condiciones socioeconómicas del país que no les han dado la oportunidad de asistir a la escuela, de tener un trabajo digno, decoroso y permanente, por el contrario, son las personas que trabajan en la llamada economía informal. El hambre afecta a todas estas personas que llegan al 60 % de pobreza y pobreza extrema.

La vida en el campo, o más bien dicho, para el campesino pobre, para las personas que viven del día a día con su trabajo, vendiendo su mano de obra en las fincas y en la mineras, recibiendo salarios de miseria, mientras que los dueños se llenan los bolsillos de millones de dólares. Todo esto se agrava con esta pandemia.

Según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, según sus siglas en inglés) y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), la extrema pobreza se agudizará en estos meses, aumentando a 300 000 personas más en extrema pobreza en nuestro país. Si a esto aumentamos que hay más de 3.5 millones de guatemaltecos que no tendrán ingreso para alimentarse este año, principalmente en el campo, como eufóricamente lo he expresado, y en áreas urbanas de pobreza como los asentamientos humanos.

Guatemala, a diferencia de muchos países, incluso de la región, depende principalmente del sector agrícola, que en su mayoría está conformado por indígenas que tienen que trabajar en el corte de café, en las fincas cañeras, de banano, de palma africana, etcétera. La poca tierra que tienen no les produce lo suficiente para contar con una alimentación todo el año. Ahora, debido a la pandemia, los trabajos se ven más afectados, hay que hacer notar que en el campo la producción agrícola de estos grandes latifundios no ha parado, por lo que los trabajadores del campo siguen con su trabajo, pero sí les ha afectado, debido a que no reciben salarios justos, a veces ni los reciben. Lo que se traduce en que las familias no tienen recursos para una alimentación adecuada.

La desnutrición infantil que estaba alrededor del 49.4 % en el inicio de la pandemia, que según datos oficiales son 14 845 casos de desnutrición aguda, se ha agudizado tremendamente y la muerte de niños aumentó en estos meses de la pandemia debido a la falta de alimentos. Esta se puede agravar llegando a superar el 60 % de la niñez, especialmente en el sector del Corredor Seco.

Conforme vamos adentrándonos más en la crisis del COVID-19, más se agudiza la pobreza y la extrema pobreza, lo que da como resultado que las personas no tengan medios para adquirir sus alimentos y el hambre ronda en todos los hogares pobres del país, así como la desnutrición infantil crece grandemente.

El panorama para que el hambre se agudice es tétrico, esta crisis retrasará 13 años la lucha contra la pobreza, según las CEPAL.

Una de las medidas importantes que se pueden aplicar en estos momentos es que todas las ayudas internacionales humanitarias que lleguen a Guatemala se dediquen al combate de la hambruna y para apoyar a las personas a enfrentar la carencia de alimentos. No es justo que todo el dinero de las ayudas se desvíe a fines oscuros y poco transparentes, cuando hay un pueblo al borde de la muerte por el hambre.

La crisis alimentaria se va agudizar también debido a que las personas que recibían remesas ya no las tendrán o tendrán menos, lo que causa que el poder adquisitivo de muchas personas baje considerablemente y no tengan dinero para compra de alimentos.

La seguridad alimentaria es un derecho de cada uno de los ciudadanos y es necesaria para garantizar la vida.

El Gobierno debe darle un impulso importante a la seguridad alimentaria, no olvidarse de los más necesitados y garantizar alimentación para el resto del año, además de contar con políticas públicas de combate a la pobreza, que se lleven a cabo para que las familias tengan lo necesario para vivir el resto del año.

El Gobierno se ha recetado préstamos de millardos que tendremos que pagar con nuestros impuestos, también hay donaciones extranjeras que vienen al país, como ayuda para la crisis que estamos pasando, estos recursos se deberían utilizar también para combatir la pobreza y la desnutrición que hay en Guatemala con transparencia, e incluirlo en el combate al COVID-19.

Un país con hambre es un país al borde del colapso. Los corruptos y poderosos pueden aprovecharse del dinero, pero van hundir el futuro de nuestro país. Las hambrunas, la desnutrición, la falta de recursos económicos para las familias pobres, la falta de un mercado interno hacen que las posibilidades económicas se vengan abajo y el país poco a poco se vaya destruyendo. Eso pasará si no se implementan inmediatamente programas de apoyo a la mayoría del país que se encuentra en pobreza y extrema pobreza.

No podemos seguir con los mismos métodos autoritarios y de saqueo del Estado, o se invierte en el desarrollo o desaparecemos como sociedad.

Fuente: gazeta.gt


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