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Homosexuales y católicos
por Gustavo Berganza - Guatemala, 23 de julio de 2004

El año pasado, el centro del problema para la Iglesia católica estuvo en Estados Unidos. Ahora fue en Austria, en el seminario de St. Pölten, en donde descubrieron cientos de fotografías que documentan la intensa vida sexual homoerótica de los aspirantes a sacerdotes y sus mentores. Pero aquí quiero centrarme en las relaciones homosexuales entre adultos, que no son sujetas de coacción ni engaño.

La manera como se ha abordado el tema obviamente ha desatado un escándalo de tal magnitud que ya, el martes pasado, el Vaticano se vio obligado a nombrar un investigador oficial, monseñor Klaus Küng, obispo de Feldkirch.

Más que un problema de súbita ocurrencia, esta crisis mediática es consecuencia de un mal funcionamiento endémico. Es un secreto a voces que en los seminarios católicos, en donde conviven 24 horas al día jóvenes del mismo sexo, muchos de ellos recién salidos de la pubertad, las relaciones eróticas entre compañeros no constituyen un fenómeno excepcional. Lo mismo sucede en otras modalidades de instituciones, como el Ejército, los internados o el sistema carcelario, en donde los individuos están prácticamente confinados, sin acceso más que a sus compañeros de encierro. No es sorprendente que el impulso sexual se canalice hacia individuos del mismo sexo. Lo que es anormal es pretender, como sucede en la Iglesia católica, que esto no puede ni debe suceder.

En muchos sentidos, la condena que hace la Iglesia católica hacia el homosexualismo y la absurda coerción que ejerce sobre su clero para obligarle a reprimir su sexualidad, es la que ha llevado a muchos sacerdotes –heterosexuales y homosexuales– a esconder lo que en otras denominaciones es considerado como normal y deseable en un adulto.

En la Iglesia guatemalteca ha habido clérigos de gran inteligencia y con gran compromiso con los principios de esta denominación religiosa que han sido relegados debido a su identidad sexual. Ha habido otros también que han tenido mejor fortuna, simplemente porque han escalado a puestos altos de la jerarquía eclesiástica, de quienes se ha ignorado las relaciones que mantienen con sus secretarios y sacristanes.

Seguramente de la investigación que haga el obispo Küng en St. Pölten saldrá una nueva condena hacia el homosexualismo y una reafirmación de la obligación que todos los religiosos tienen de atenerse a su voto de castidad. Sin embargo, lo que le convendría más a la jerarquía católica es quitarse el velo y aceptar la existencia de la diversidad sexual y la necesidad que tienen sus clérigos de mantener una vida sana.

Esto le haría mucho bien al clero católico, porque resolvería esa esquizofrenia vital que experimentan cientos de sacerdotes y monjas, hombres y mujeres de gran fe y vocación de servicio, pero con sus energías drenadas al tener que cargar con la culpa de no cumplir totalmente con las regulaciones de su iglesia, aunque éstas sean verdaderamente absurdas.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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