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Un problema geopolítico de EEUU
Por Gustavo Berganza - Guatemala, 29 de marzo de 2005

Para el Imperio, la mara Salvatrucha es ya una enemiga.

Primero echaron a volar la especie de que las maras eran un instrumento del narcotráfico internacional. Luego, las acusaron de estar asociadas a Osama Bin Laden. Y para que no quede la menor de duda de los extremos a los que ha llegado la paranoia estadounidense, Donald Rumsfeld, el secretario de Defensa, declaró durante su visita a Guatemala que la ayuda militar que recibirá próximamente el Ejército forma parte de “una cooperación creciente” que permitirá incrementar la seguridad de la región gracias al combate al narcotráfico y a las maras (Servicio de Prensa de las Fuerzas Armadas de EE.UU., 24/3/05).

Y es que en la capital del imperio, la Mara Salvatrucha, o MS-13, empieza a ser considerada una de las mayores enemigas para la seguridad de Estados Unidos. El subsecretario del departamento de Seguridad Interna, James Loy, en testimonio presentado en febrero ante el Congreso calificó a la Mara Salvatrucha como una amenaza creciente para el país y prácticamente la equiparó en peligrosidad a Al Qaida (CNN, 14/3/05). Eso seguramente explica el afán con el que el que Buró de Inmigración y Aduanas se ha empeñado en los últimos tiempos en perseguir y deportar a los mareros hacia sus países de origen. La más reciente operación lanzada por esta dependencia se realizó a mediados de marzo, y abarcó nada menos que 7 ciudades. El operativo culminó con la captura de 103 presuntos integrantes de la Mara Salvatrucha, quienes serán retornados próximamente a sus países de origen, es decir a Guatemala, Honduras y El Salvador.

En Guatemala, la proliferación de estas pandillas juveniles es un problema de tal magnitud que varios sectores han expresado su intención de promulgar una ley que permita enjuiciar como adultos a adolescentes comprendidos entre los 13 y 17 años. En Honduras, el presidente Ricardo Maduro, a quien un grupo de pandilleros le mató uno de sus hijos, ha promovido una verdadera razzia en contra de las maras. Y en El Salvador, su homólogo Antonio Saca ha hecho del combate a las maras un eje de su política de seguridad ciudadana, con la llamada “tolerancia cero”.

Lo malo es que paralelamente a la inversión en rearmar a los militares y en reorientar su misión hacia el combate a la delincuencia juvenil -una tarea que países un poco más avanzados que los nuestros delegan en la Policía- no se ve que haya interés en invertir en programas preventivos o de apoyo para jóvenes transgresores que desean separarse de sus pandillas. Para infortunio de los centroamericanos, el discurso dominante en nuestras sociedades es el de la mano dura, el cual encaja perfectamente con el énfasis que ponen los funcionarios estadounidenses en implementar soluciones de fuerza. Los US$3.2 millones que trajo Rumsfeld al Ejército guatemalteco confirman esta desalentadora perspectiva. Al elevar las maras a la categoría de amenaza para la seguridad interna de los Estados Unidos y equipararlas a terroristas y narcotraficantes el mensaje implícito es que no vale la pena hacer esfuerzo alguno para rehabilitar a los jóvenes que las integran. No nos extrañemos entonces si en los próximos meses las palabras de Rumsfeld no empiezan a ser utilizadas como justificación para que Ejército y Policía se lancen nuevamente a ejecutar extrajudicialmente a los mareros.

Todo sea por garantizar la seguridad de la Madre Patria.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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