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Guatemaltecos de segunda
Por Gustavo Berganza - Guatemala, 14 de octubre de 2005

El país necesita justicia social, no limosnas.

Está bien la caridad. Dar un rato de nuestro tiempo libre, ensuciar nuestros khakis de marca chapoteando entre el lodo y desprendernos de un poco de lo que nos sobra puede servir para apaciguar lo que nos va quedando de solidaridad social. Eso puede funcionar por un momento para hacernos sentir bien y, de paso, mejorar nuestra imagen ante los demás.

Pero eso es como poner una curita para evitar que el tumor haga metástasis.

Insisto: el desastre que se nos vino encima lo padecieron los guatemaltecos más pobres, quienes ya ni siquiera alcanzan a ajustar para la canasta básica y, en consecuencia, afrontan problemas de desnutrición crónica y aprendizaje y quienes, por esa razón, no tienen mayor esperanza de pasar de zope a gavilán.

Darles una manita, ayudarles a levantarse y alentarlos a que se sacudan el lodo no es suficiente ni siquiera para que retornen al nivel de pobreza en el que malvivían antes de las lluvias. La pérdida de cultivos de supervivencia, de sus viviendas y escasas posesiones materiales los ha hundido, quién sabe si no por generaciones, en la extrema pobreza.

Muchos guatemaltecos han vivido tanto tiempo en la marginación que ya consideran a la pobreza como su estado natural y responden agradecidos cuando el pudiente se apea de la SUV o de la avioneta para darles una limosna y una palmadita en el hombro. Como los escasos estudios sobre el tema muestran, en Guatemala hay un 46 por ciento de población que no percibe expectativas de mejoramiento para sus hijos (PNUD, 2004). Han interiorizado que la miseria del país no va a cambiar.

Tal como nos recuerda con frecuencia César García en estas mismas páginas, a pesar de que Guatemala es un país con muchas necesidades, para infortunio nuestro, las elites económicas siguen pensando que con la caridad basta para resolverlas.

Quienes tienen el poder de cambiar las cosas en Guatemala no caen en la cuenta de que la caridad no provee redes de seguridad necesaria para amortiguar los embates de desastres como el Stan. Para eso, se necesita que el Estado obligue a todos, vía impuestos, a contribuir en ese esfuerzo. Se requiere también que la propia sociedad participe más fiscalizando al Estado y obligándole a dedicar más esfuerzos y recursos en el combate a la pobreza.

Lo que Stan desnudó no era algo que estuviera oculto. Se necesita ser ciego y sordo para no enterarse que más de 2 millones de guatemaltecos subsisten con menos de un dólar al día. Basta verlo en la talla de los niños, el peso de los adultos, en los centenares de mendigos que emigran a las áreas urbanas.

Con una situación así, en donde claramente hay ciudadanos de primera –los que sólo bajan de sus alturas cuando hay desastres- y de segunda, que viven permanente en la marginación, no es de extrañar que el país esté como está.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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