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Doña Champurrada
Por Gustavo Berganza - Guatemala, 11 de noviembre de 2005

Despierta una evocación de gloria, de infinito y trascendencia.

Tiene forma de luna llena y color de sol de abril. Tan versátil es que puede mostrarse gorda o delgada, lisa o estriada, grande o pequeña, compacta o polvorosa y dulce o con punto salado, sin dejar de ser por eso tan apetecible. Porque ella es doña Champurrada, la reina y señora indiscutible de la panadería guatemalteca.

El diccionario de la Academia Española la define como “bizcocho delgado y redondo”, lo cual, de ninguna manera le hace el honor que se merece. Una champurrada es, para nosotros los guatemaltecos mucho, muchísimo más que eso: es un reservorio de significados y emociones. Una champurrada es una memoria viva, un pecado venial, una promesa de tiempos mejores, un breve descanso en el duro trajín cotidiano. Talvez hubiera sido mejor que los académicos hubieran propuesto describirla como un “fragmento de sueño para acompañar el café”, “ilusión de harina, satisfacción crujiente” o algo por el estilo.

Ir a la panadería es confirmar que doña Champurrada siempre está en el centro de su universo. La algarabía de molletes, semitas, batidas, cortadas, conchas, shecas, cubiletes, zepelines, royales, panes de yemas, campechanas, franceses, palomas, pirujos, blancos desabridos, lenguas y bonetes que dan lustre y esplendor a su reinado, no resisten su indiscutible primacía. Ni siquiera los otros primos cercanos, las esbeltas hojaldras, tan frágiles ellas, los barrocos churros y las tenaces rosquitas se sienten capaces de suplantar a quien es ama y señora de la panadería guatemalteca.

En esta era globalizada, en la que hamburguesas y pizzas compiten con chiles rellenos y tamales, estoy seguro que los guatemaltecos nunca dejarán que biscottis, brownies, muffins, daneses y galletas de chocolate chip la desplacen de su afecto.

Como todo ser excepcional, el origen de la champurrada se pierde en el misterio. Podríamos invocar a Darwin para que nos ayudase a dilucidar si su aparición en la tradición gastronómica guatemalense es consecuencia de una centenaria evolución del pan de manteca común. O talvez, atendiendo a la teoría del diseño inteligente, la aceptemos como magna opus de una mente supranatural que la hizo avanzar, de un solo paso, hacia el punto máximo de la jerarquía panadera. Confieso que a mí me parece más creíble el segundo argumento, y lo confirmo cada vez cuando luego de partirla entre mis manos, sumergirla durante un breve instante en el café y llevarla luego a mi boca me despierta una evocación de gloria, de infinito y trascendencia. Un sabor así, estará usted de acuerdo conmigo, sólo pudo ser creado en el paraíso. Me extraña que siendo la champurrada tan consustancial a nuestra idiosincrasia todavía no le hayan erigido un monumento o, por lo menos, dedicado un himno. Eso y más se merece este primor de trigo, que tanta felicidad cotidiana nos obsequia.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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