Partidos sin militancia
Por Gustavo Berganza - Guatemala, 16 de diciembre de 2005
Un modelo pragmático, desacreditado y bastante corrupto.
En Guatemala se dan casos insólitos de candidatos que ganan elecciones en distritos en donde el partido que los postula carece de estructura organizativa e, incluso, de afiliados. Este es uno de los más inquietantes resultados que arroja la investigación que realiza un equipo dirigido por el doctor Luis Fernando Mack para Flacso.
En el estudio, Mack y su grupo analizaron exhaustivamente los datos reportados por los partidos al Tribunal Supremo Electoral en relación a filiales y asociados inscritos. Luego, los investigadores confrontaron estos datos con los resultados obtenidos en las elecciones y concluyen que para ganar elecciones locales los partidos no requieren de organización ni militancia.
¿Cuál es la razón de esto? Adelanto una hipótesis: el caudillismo de nuestra cultura política.
El problema se inicia en la cúpula, el día en que una persona despierta con la convicción de que él es el más adecuado para gobernar el país. Luego de experimentar esa epifanía, el nuevo Mesías tiene dos caminos para alcanzar su propósito: uno, comprar la ficha de un partido, como fue el caso de Rodolfo Rosales con Los Verdes, Rodolfo Paiz con la UD y Ricardo Bueso con la DC. El otro camino, más arduo, es construir su propia plataforma electoral. Y en esta vía, el recurso más socorrido es cooptar a los notables del pueblo, quienes además de ser figuras conocidas deben ser lo suficientemente pudientes como para financiar su propia campaña y contribuir a la “talacha” del candidato presidencial. La noción de liderazgo, entonces, privilegia a los platudos del pueblo, quienes ven la oportunidad de sumar a su capital económico el capital simbólico que implica alcanzar el poder político local. Otros líderes, como el maestro, el secretario de la liga campesina o el presidente de alguna ONG quedan excluidos.
En cualquiera de las dos opciones (la compra de un partido preexistente o la organización de uno nuevo incorporando a los ricos del pueblo, los aspirantes a la Presidencia evitan el problema de tener que invertir tiempo y dinero en organizar estructuras locales. La creación de una identidad ideológica colectiva y el diseño de un plan que la refleje quedan relegadas en el afán por conseguir el éxito electoral. El resultante del proceso son partidos inestables, con dirigencia, diputados y alcaldes que migran a otra organización si el partido que apoyaban entra en decadencia.
Un modelo así, sumamente pragmático, con un liderazgo definido en función de la riqueza acumulada y en donde se relega la creación de identidades ideológicas diferenciadas es posiblemente una de las causas del descrédito en el que ha caído la política y también una de las razones de la corrupción que prevalece en su ejercicio.
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