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En la cabeza de Otto Pérez
Por Gustavo Berganza - Guatemala, 12 de octubre de 2007

¿Qué sabríamos si leyésemos sus pensamientos?

Imaginemos la existencia de un dispositivo que, una vez introducido en el cráneo de una persona, registrara los impulsos eléctricos que genera el acto de pensar. Y que esas ondas fueran transmitidas a un sofisticado computador capaz de traducirlas en imágenes y sonidos. Imaginemos que ese dispositivo lo hemos logrado instalar en la cabeza de Otto Pérez Molina.

En este torrente de impulsos eléctricos, aparecerían momentos claves de la vida de Pérez, que pudieron haber desencadenado la vorágine en la que se debate actualmente. Su trayectoria como oficial de operaciones, que marcó su exclusión de la cerrada cofradía de la inteligencia militar, pero que a la vez le permitió establecer su propia esfera de influencia, frente a la presencia intimidante de Francisco Ortega Menaldo, con quien pujó por el poder político durante el autogolpe de Serrano. Ese fue un parteaguas en su vida, que lo puso en una acera definida, distinta de la de Ortega.

En la pantalla aparecería también Giovanni Pacay, de innegable talento para recabar información y construir escenarios, y de quien se ha dicho más que brazo derecho de Pérez, fue su aparato auditivo. Pacay también tenía la virtud de ser un operativo eficaz, de rompe y rasga. En los momentos previos que precedieron a su muerte trabajaba en operativizar las ideas maestras de Pérez para refrenar la violencia.

Es interesante que siendo Pérez tan metódico no se haya protegido contra los procedimientos usuales a que recurren los poderes reales para recordar las reglas del juego. Si bien ya hay un contexto en el que puede establecer cierta autonomía respecto a los grandes grupos económicos (su crítica a Carlos Vielmann luego del asesinato de los diputados salvadoreños lo distanció de algunos de sus principales padrinos y financistas, pero sin dañar sus posibilidades como candidato), no sucede lo mismo con quienes controlan las fronteras y el narcotráfico. ¿Fueron los amos y señores de las aduanas quienes se metieron hasta su cocina para confirmar su vulnerabilidad? Algunas gentes cercanas a él opinan de esa manera. ¿O fueron los asociados locales del cartel de Cali, que quisieron explicarle cómo han cambiado esos barrios desde que se capturó al Chapo Guzmán? En esto, el transmisor no provee imágenes claras de lo que Pérez piensa. Solo visualiza la desagradable sensación de impotencia, y la incomodidad que genera la insensata ambición de Gudy Rivera de ser nombrado ministro de Gobernación. La pantalla muestra también el interés de la prieta –como la calificó el irreverente Mario Taracena– de ocupar esa cartera tan crucial y tan delicada en caso no se cristalice su presidencia del Congreso. La pantalla no muestra imágenes claras, solo siluetas que, por la estática, deben ser completadas al modo Gestalt.

La obsesión de Pérez es cumplir su promesa de mano dura, sin que sea evidente que solo puede aplicarla a delincuentes de poca monta. La pantalla muestra el dilema entre un modelo a lo Tony Saca, quien tiene al FBI dirigiendo la PNC local, sin demasiada bulla o algo más notorio, al estilo Álvaro Uribe, con helicópteros militares gringos encarnando al puño de hierro.

Hay un momento en el que perdemos la señal, ya sea porque Pérez tiene capacidad de bloquearla, al estilo de Magneto o del Señor Spock, o porque, a tono con este mundo de inteligencia y contrainteligencia, alguien de su equipo descubrió la intervención y neutralizó el dispositivo.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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