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Sesenta aniversario de la Revolución de Octubre
Por Gustavo Porras Castejón - Guatemala, 20 de octubre de2004
gupocas@hotmail.com

Como los topos, que cavan en secreto sus túneles y sólo son percibidos cuando sacan la cabeza, así el proceso revolucionario que desembocó en octubre fue avanzando por caminos inéditos, hasta tomar por sorpresa a la dictadura ubiquista. Al igual que muchos otros jerarcas antes que él, don Jorge no percibió que ya había soplado el viento de su desgracia, y su sorpresa fue mayúscula cuando recibió el Memorial de los 311 pidiéndole la renuncia.

Los firmantes de ese documento provenían en su mayoría de un sector de la sociedad que hasta hacía poco le rendía pleitesía, y para colmo encontró estampada allí la firma de uno de sus amigos más cercanos y respetados, el doctor Mario Wünderlich.

Según varios autores y testigos, la decepción que esto provocó en el dictador fue tal que decidió renunciar, lo cual tampoco había imaginado nadie tan sólo unas horas antes. Lo que esperaban quienes entregaron el Memorial es que los pateara o los mandara a apalear, como había sido su costumbre.

Pero las revoluciones se distinguen precisamente porque en ellas ocurren acontecimientos extraordinarios, que destrozan no sólo las instituciones sino también las rutinas del viejo orden.

El pueblo guatemalteco, pocas semanas antes del junio glorioso, no imaginaba que en unos cuantos días iba a pasar "del pánico al ataque", y que enfrentaría sin titubeos al temido dictador omnipresente, cuyo reino no había mostrado hasta entonces resquebrajadura alguna.

De pronto el miedo se desplomó, y en ese instante perdieron toda eficacia los ejércitos de esbirros y soplones, la caballería, la ley fuga y las torturas infligidas por Tata Dios a los presos políticos confinados en la Penitenciaría.

La más amplia unidad patriótica se gestó en cuestión de días al calor de los hechos, y aunque pareciera que ésta brotó súbitamente como un hongo, la realidad es que fue preparada por el trabajo silencioso del viejo topo, que en esta ocasión tomó la forma de una generación universitaria que hizo el papel de vanguardia y encontró eco en oficiales del Ejército. Pero el túnel más hondo lo había cavado la dictadura misma, cuya obsolescencia se hizo patente con el clima antifascista prevaleciente durante la Segunda Guerra Mundial.

Lo que pasó entre el 20 de octubre de 1944 y el 27 de junio de 1954 es otra historia. Allí, la unidad en contra de la dictadura se desvaneció en pocas semanas, y emergió lo que la espuma de la victoria había ocultado durante algunos meses; o sea, la presencia de la vieja Guatemala, sólo que ahora enfrentada a otra, a una en proceso de democratizarse por la vía de la participación, y el protagonismo político de los trabajadores y de una incipiente clase media.

Ya varios han señalado, y es cierto, que a pesar de la contrarrevolución del 54 y de la reversión de procesos fundamentales -el primero de los cuales la reforma agraria- de todas maneras Guatemala ya nunca volvió a ser como antes. Efectivamente, las dictaduras liberales tocaron a su fin, y paulatinamente los espacios democráticos se han ido consolidando y ensanchando, remontando los golpes de Estado y la guerra interna.

Por eso, de que hemos avanzado no hay duda, pero tampoco de que ese avance no ha sido en la dirección que se le quiso imprimir durante la década democrática, y que en esencia representaba el ideario de octubre. Es decir, un ideario que en medio de su diversidad reflejaba la común convicción de que había que privilegiar las necesidades de los más pobres, y que ello no era sólo un deber de justicia, sino al mismo tiempo el camino para que el país alcanzara su desarrollo pleno, porque un mejor nivel de vida de la mayoría significaría más mercado y paz social.

Pero al mensaje de octubre le pasó lo que al violinista perdido en la selva, que con su arte logra encantar a todos los animales, pero al final el tigre sordo lo destroza de un zarpazo. Ese capitalismo avanzado que formalmente fue el objetivo de los gobiernos revolucionarios y que estaba dirigido a una supuesta burguesía nacional, lo que encontró fue a una clase dominante de carne y hueso que nada quería saber de protagonismos sociales, y a un imperialismo encontrando comunistas hasta entre la sopa, ejecutándolos o desterrándolos.

Del lado de la revolución no todo fue miel sobre hojuelas. También entre los "octubristas" la división hizo estragos por el motivo de siempre, relacionado con el perfumado olor de la guayaba. Asimismo, otro de nuestros flagelos -el radicalismo- campeó por sus fueros, y encontró ánimos dispuestos entre una generación de dirigentes que apenas promediaba los 30 años.

Ojalá que cada vez más conozcamos esos hechos en toda su complejidad, y sobre todo que saquemos sus inmensas lecciones, porque la vieja Guatemala y sus profundas contradicciones -el dinosaurio de Tito Monterroso- no son cosa del pasado sino del presente.

Tomado de www.sigloxxi.com


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