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Cayendo el trueno ¡Jesús María!
Por Gustavo Porras Castejón - Guatemala, 10 de noviembre de 2004
gupocas@hotmail.com

Luego de que los ex PAC hicieran evidente la semana pasada que el estado de derecho les hace los mandados porque se está cayendo a pedazos, entonces proliferaron los editoriales señalando que se trataba de un hecho inadmisible y que la sociedad entera estaba de rodillas frente a estos grupos de facinerosos. Con altos vuelos retóricos y una fingida energía, los distintos medios exigieron que se hiciera valer la autoridad, y que el Estado empleara la fuerza que le otorga el derecho, ¿cuál?

Estas distinguidas plumas son las mismas que cada vez que se habla de impuestos y de la bajísima carga tributaria que impera en Guatemala, pegan el grito en el cielo y señalan que eso de la carga tributaria son doctrinas exóticas que han traído los extranjeros, y que pretenden imponerlas a través de los Acuerdos de Paz. Al mismo tiempo, exigen educación de primera, policía de primera y un sistema judicial de cinco estrellas, y todo ello a tres menos cuartillo.

Muy probablemente estos editorialistas saludaron también con algarabía la errada disposición presidencial de reducir el Ejército; seguramente lo hicieron no porque sean antimilitaristas y ultrademocráticos, sino porque piensan que al no haber Ejército existe una razón de más para no pagar impuestos.

Hoy se está cosechando algo que se viene sembrando desde hace muchos años y cada vez con mayor insistencia, y que es la bancarrota del Estado en todos los planos. Desde el sistema electorero privatizado que coloca a la población ante un "lo toma o lo deja" que no ofrece opciones reales, hasta la idea de que el Estado está de más y bien podría prescindirse de él, de nueva cuenta, para ahorrarse los impuestos (¿y será que los pagan, o más bien el sistema fiscal constituye un negocio más, dado que el ISR de las empresas es menor que el IVA que, según datos de la SAT, se queda en manos de quienes lo cobran?)

La decisión de reducir el Ejército fue un gran error. De nada valieron las advertencias basadas en la experiencia vivida luego de firmada la paz. Lo que ocurrió entonces fue que la disolución de los comisionados militares y de las PAC, más el repliegue del Ejército y la propia disolución de la guerrilla, dejaron en extensas áreas un vacío de autoridad, que de inmediato fue aprovechado por la delincuencia.

Se trataba de medidas correctas en su esencia, pero el quid de la cuestión estaba en la forma de aplicarlas: no por gusto don Jesús Reyes Heroles decía que "en la política la forma es el fondo". Efectivamente, ni los comisionados ni las PAC ni el Ejército tenían por qué ocuparse del orden público, pero había que tomar en cuenta que si no lo hacían ellos no lo hacía nadie. Por eso el procedimiento ideal debió ser desmovilizar a esos entes en la medida que fueran suplidos por la nueva Policía Nacional Civil en formación. Las circunstancias y la inexperiencia impidieron que ello fuera así, pero por lo menos se debió tomar nota de que no se pueden dejar vacíos de autoridad.

Según rumores, el Ministro de Gobernación le pidió al de la Defensa apoyo del Ejército para enfrentar a los ex PAC y la respuesta de éste habría sido negativa, por considerar que no disponía de los recursos suficientes. Cierto o no lo anterior, de todas formas esa es la realidad, y no se necesitaba ser un gran estratega para darse cuenta que al reducir al Ejército en las circunstancias actuales, se estaba fortaleciendo directamente a las ex PAC. Y no porque el número de efectivos militares sea insuficiente, sino porque la moral está por el suelo, dado que ya se perdieron todos los equilibrios preconizados en los Acuerdos de Paz, y el papel del Ejército se juzga de manera unilateral y a la ligera.

El fondo del asunto es que si se quiere un Estado en el cual no priven las medidas de hecho sino la ley, eso no es una cuestión meramente formal sino fundamentalmente material. Es decir, no se reduce a que la ley esté formalmente vigente, sino requiere además que el Estado cuente con la fuerza coactiva suficiente para imponerla. Un Estado en bancarrota estructural lo único que puede hacer es convertirse en un observador impotente de la disolución de la sociedad.

Tomado de www.sigloxxi.com


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