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¿Es posible otro sistema político?
Por Gustavo Porras Castejón - Guatemala, 15 de diciembre de 2004
gupocas@hotmail.com

La controversia entre Álvaro Colom y Rolando Morales, y la crisis interna de la UNE han traído de nuevo a colación el tema de los partidos políticos y de la posibilidad de reformarlos, o sustituirlos por otro tipo de organizaciones o de procedimientos que pudieran permitir el juego democrático.

Quienes plantean su reforma generalmente le conceden gran importancia a la Ley Electoral y de Partidos Políticos, y no cabe duda que ésta tiene una significativa incidencia. Pero, al menos en mi experiencia, el verticalismo de los partidos políticos, la "dictadura" del Secretario General, la manipulación de las asambleas y la elección de candidatos -entre otros aspectos- no son un producto fatal de la ley y sus contenidos, sino de la posibilidad de desvirtuar la propia ley a través de un único y fundamental recurso: el dinero.

Efectivamente, el Secretario General será poderoso, no tanto por las prerrogativas que le confiere la norma sino porque él es el designado por el dueño del partido, o bien es una figura a la que respaldan los financistas de las campañas electorales. Quien tiene el control del dinero pasa a ser la cuestión clave que determina el voto en las asambleas partidarias. Con muy honrosas excepciones, a los secretarios departamentales y municipales y a sus allegados les importa un bledo ideologías y programas a los que generalmente les llaman "la casaca".

De todas formas vivimos en una época en la cual la política todo lo que puede ofrecer es administrar el sistema tal cual es, sin transformarlo. La política ha perdido brillo y dramatismo, y en concordancia con esto las pasiones de antaño han sido sustituidas por un pragmatismo ramplón, cuyo único fin es acceder al poder, en algunos casos con objetivos altruistas, y en la mayoría para asegurar un medio de vida o, peor aún, de enriquecimiento.

¿Es esto un mero defecto de las personas o del sistema? Lo determinante, a mi juicio, es el sistema. Es la paradoja de un sistema privatizado del cual surge la vida pública. El candidato presidencial, por ejemplo, tiene que reunir un conjunto de cualidades reales o aparentes que le permitan conquistar el voto, pero si no logra obtener financiamiento en el club de apostadores de nada le valen carisma y discurso.

A nivel de los candidatos a diputados distritales y a las alcaldías, en muchos casos el criterio que predomina para elegirlos es si cuentan con recursos propios para financiar sus campañas, aunque es sabido que la elección en la que más cuentan los atributos personales es en la de Alcalde, puesto que a nivel local la gente conoce a los candidatos más allá de lo que diga o no diga la propaganda.

¿El afán por el dinero es mera deformación personal o del sistema? Yo digo que, ante todo, del sistema, porque, efectivamente, si no se cuenta con dinero, la función de disputar el poder -que es la esencia de la política- sencillamente se convierte en una quimera. La política como esfuerzo sostenido de concienciación y organización es una actividad fatalmente minoritaria y marginal, o en todo caso dura hasta que se aproximan las elecciones, y entonces la preocupación obsesiva pasa a ser de dónde se obtendrán fondos para vehículos, gasolina, camisetas y publicidad en general, todo lo cual, para hacer viable una candidatura, cuesta centenares de millones de quetzales.

El ciudadano tiene muy claras las limitaciones y truculencias del juego político. En una investigación patrocinada por la Fundación Soros aparece el criterio extendido entre la ciudadanía de que "nosotros votamos pero no elegimos", haciendo alusión a la elección arbitraria de los candidatos al interior de los partidos, los que luego presentan todos ellos una oferta electoral que en los hechos viene a significar un "lo toma o lo deja", sin otras posibilidades de opción.

La gente sabe muy bien lo que quisiera: que los partidos fueran representativos de la sociedad y no solamente de grupos de interés; que trabajaran todo el tiempo y no sólo para las elecciones, y que sus candidatos fueran electos mediante procedimientos democráticos abiertos a la participación ciudadana.

Se sabe el qué pero no el cómo, y en general se piensa que todo es cuestión de voluntad. Pero en un mundo donde todo se vende y se compra, lo único que gobierna es el poderoso caballero llamado don dinero. Esta es la ley que, como toda norma, afortunadamente tiene sus excepciones.

Tomado de www.sigloxxi.com


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