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Guatemala en la encrucijada
Por Gustavo Porras Castejón - Guatemala, 17 de agosto de 2005
gupocas@hotmail.com

Sólo los dogmáticos irredentos persisten en la letanía de desbaratar lo público.

La tarea inaplazable, entonces, es definir la conducta y poner manos a la obra.

Dicen que los cambios profundos ocurren cuando se ha tocado fondo y no queda más que superarse o perecer. Talvez eso está ocurriendo en Guatemala, teniendo como detonador el incremento de la delincuencia, que amenaza con poner de rodillas al Estado y la sociedad.

La generalización del crimen y la impotencia de la autoridad frente a él, en medio del horror que significan, han sacudido el pensamiento de aquellos que, hasta ayer, pregonaban alegremente que mientras menos Estado mejor. Sólo los dogmáticos irredentos persisten en la letanía de desbaratar lo público, reduciéndolo a jueces y policías que, además, tendrían que ser pagados con cascaritas de huevo, ya que el discurso de marras tiene como principal objetivo que la carga tributaria - ya de por sí completamente insuficiente - se reduzca aún más.

Pero no es sólo la delincuencia el tema que hace voltear los ojos hacia el Estado, sino también la economía. Afortunadamente se abre paso la conciencia de que, en la época actual, la competitividad no es un fenómeno que se reduzca al ámbito empresarial en sentido estricto, sino que también los países como tales deben ser competitivos, para lo cual tienen que ofrecer un conjunto de garantías y de posibilidades para la inversión.

Y en el tema de las garantías el papel del Estado es medular, ya que éstas se evalúan a partir de los niveles de gobernabilidad que existan en un país dado. Es la gobernabilidad - y la base social sobre la que ésta descansa - lo que en definitiva permite la estabilidad que demandan los inversionistas. En un país de alta volatilidad política, en donde no existe ninguna presión social ni política efectiva que promueva la continuidad de las políticas públicas, se produce un va y viene cada cuatro años que no le ofrece certeza a nadie.

Pero no se queda sólo allí. La calidad de la burocracia -que también exige continuidad -es la clave para que el Estado sea eficiente, y esto debe ir acompañado de una simplificación administrativa y un nivel de transparencia que reduzcan y faciliten todos los trámites, sin dar lugar a la corrupción y todos sus efectos perniciosos, entre ellos la competencia desleal e ilegítima.

El momento que vivimos no se puede dejar pasar. Por un lado están los desafíos - como los ya apuntados - y por el otro las oportunidades que estos tiempos difíciles nos ponen sobre el tapete.

No se trata -ni mucho menos- de congratularse del mal ajeno, pero debemos observar y analizar con objetividad que las circunstancias mundiales están dando un giro y que, en este mundo convulso y dramático, los escenarios de mayor conflictividad ya no están en nuestra área -el sur subdesarrollado-, sino afectan sobre todo al Norte próspero.

No obstante, lo anterior no significa ni mucho menos ventajas automáticas. Efectivamente, los ojos de inversionistas y turistas -por ejemplo- se están volteando hacia nuestro lar, pero si lo que observan es desorden, ineficiencia, inseguridad e inestabilidad, hay muchos otros -vecinos nuestros - que les pueden ofrecer mejores condiciones. Por eso nuestro país está en una encrucijada, que según una de las acepciones del diccionario significa "situación difícil en que no se sabe qué conducta seguir". Por ello la tarea inaplazable es definir dicha conducta y poner manos a la obra.

Fuente: www.sigloxxi.com


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