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La tormenta francesa
Por Gustavo Porras Castejón - Guatemala, 9 de noviembrede 2005
gupocas@hotmail.com

Difícil pensar en soluciones políticas y sociales para los hijos de la emigración.

La virtual rebelión surgida en los suburbios de París, que involucra a miles de jóvenes hijos de emigrados, y que se ha extendido a cerca de 300 localidades francesas, afectando también a Bélgica y Alemania, va mucho más lejos de las explosiones aisladas o los actos de violencia que ocasionalmente turbaban el apacible clima europeo de antaño.

Impacta no solamente el furor de los jóvenes, que en 15 días han incendiado unos 4,700 autos, sino también el grado de coordinación entre ellos, que les permite actuar al unísono no sólo en Francia sino también en otros países europeos, según parece, utilizando el medio de la internet.

La cólera acumulada es un dato de la situación que nadie ignoraba. Los emigrados no sólo ocupan el lugar más bajo en la escala socioeconómica (aunque en mejor situación que en sus países de origen), sino que sufren y han sufrido a lo largo de décadas distintas formas de discriminación y malos tratos. Discriminación no solamente en la relación con las autoridades, sino también proveniente de la sociedad francesa, cuyas costumbres chocan con las de los trabajadores de ultramar, especialmente árabes y africanos.

Si lo anterior era cosa sabida, lo que seguramente se ignoraba era el grado de organización y coordinación que se había producido entre estos jóvenes, que de pronto emergieron como un formidable ejército irregular, que con sus operaciones sorpresivas y relampagueantes ha rebasado ampliamente la capacidad de las fuerzas de seguridad estatales.

Lo que va a derivar de lo anterior es mucho. Primero, sigue estando a prueba la capacidad policial de contener y reprimir esta rebelión, pese a que en algunas localidades francesas ya se decretó el toque de queda. Luego, estos hechos sin duda profundizarán la fosa entre emigrados y sociedad en general, acentuando las expresiones de racismo y discriminación en ambos sentidos. Además, no sólo en Francia sino en toda Europa, la tormenta francesa incidirá grandemente en el progresivo endurecimiento de las leyes de seguridad y control interno que se han venido generalizando como reacción ante la amenaza terrorista. ¿Fortalecerá esto a los fascistas de Le Pen y a los "cabezas rapadas" que sueñan con Hitler?

Lo que está ocurriendo en Francia y amenaza con recorrer Europa se suma a otras manifestaciones de violencia y de caos que sacuden al mundo y que, junto con las tragedias naturales, le confieren a estos tiempos que corren un ambiente de Apocalipsis. No cabe duda - he insistido mucho sobre esto - que vivimos un cambio de época, un desplazamiento cualitativo de las relaciones de poder a nivel mundial, cuyo trasfondo es la crisis de un modelo de civilización (o de subcultura). La sempiterna tendencia según la cual todo lo que sube tiene que bajar y lo que estaba muy abajo tiende a subir, se manifiesta ahora de múltiples maneras. Mientras EE. UU. y Europa muestran crecientes signos de crisis, las viejas civilizaciones (China y la India), avanzan impetuosamente. Cuando pareciera que la superioridad tecnológica es factor suficiente para dominar (sobre todo la tecnología militar), los terroristas suicidas y los amotinados franceses - entre otros - muestran trágicamente que la voluntad del ser humano es capaz de sobreponerse a las más sofisticadas invenciones.

Difícil pensar en soluciones políticas y sociales para la rebelión de los hijos de la emigración, porque da la impresión de que es demasiado tarde. Sin embargo, esos son los caminos que hay que explorar, por humanidad, y porque la respuesta represiva no sólo es impotente, sino es la vía expedita para una interminable espiral de violencia.

Fuente: www.sigloxxi.com


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