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La utopía y la cruda realidad
Por Gustavo Porras Castejón - Guatemala, 14 de febrero de 2007
gupocas@hotmail.com

No está claro si Rigoberta y quienes la apoyan están pensando en un partido indígena.

La anunciada candidatura de Rigoberta Menchú a la Presidencia de la República ha hecho correr ríos de tinta, lo que por sí mismo es evidencia del impacto político que significa la decisión de la Premio Nobel de la Paz. Como ya lo señaló muy bien Carolina Escobar, el sólo hecho de que aspire a la Presidencia una mujer indígena marca un hito en la historia del país, y en buena medida, refleja los cambios que han ocurrido en Guatemala, aunque muchos se nieguen a verlos y apreciarlos.

Es seguro que el racismo, la discriminación y el machismo campearán como nefasta evidencia de la Guatemala retrógrada, pero también será la ocasión de medir qué tanto se ha abierto paso la otra: la que pretende dejar atrás un pasado de telarañas y encontrar el camino del progreso y que pasa indefectiblemente por la convivencia intercultural.

La candidatura de Menchú se puede constituir en un polo de convergencia para un conjunto de movimientos sociales críticos del sistema, los cuales no han encontrado expresión política en la izquierda tradicional, y menos aún, en los partidos conservadores. Sin embargo, esto es una posibilidad y de ninguna manera un hecho consumado. Mucho depende de lo que la Premio Nobel haga en términos políticos, y en particular, de su capacidad para representar las aspiraciones de los guatemaltecos, que en esencia son las mismas de la población maya en todo lo que se refiere a lo económico y político, aunque no así en temas específicos como la discriminación y el racismo.

Entre los muchos desafíos que le tocará enfrentar a Rigoberta está su capacidad de establecer la diferencia entre los mitos y las utopías propias de movimientos esencialmente ideológicos, como el maya, y la cruda realidad que se impone en las contiendas electorales. Hasta el presente no hay ninguna encuesta ni experiencia concreta, que muestre que entre la población maya exista algo parecido a una homogeneidad política. Por el contrario, lo que reflejan los instrumentos de que hasta ahora se dispone, es que entre esa población se reproducen las mismas tendencias políticas que entre los no indígenas, casi en idénticos porcentajes.

Es más, algunas encuestas que muestran el alto grado de popularidad de Rigoberta, y que dividen a los encuestados por su pertenencia étnica, resulta que la Premio Nobel es más popular entre los no indígenas que entre los indígenas. No obstante, tampoco había ocurrido antes que un indígena —en este caso una mujer— se presentara como candidato a la más alta magistratura de la nación.

Todo parece indicar que la decisión de Menchú, de dejar la comodidad del Premio Nobel para incursionar en el espinoso tema de la política, no se reduce a la candidatura misma sino que es parte de un proyecto mayor, que pasa por la construcción de un partido político. Sólo así tiene sentido su decisión, pues de lo contrario sería jugárselas al todo o nada. Pero en ese proyecto de partido está la clave de lo que pueda ocurrir, no sólo a futuro sino en las elecciones mismas, en los resultados que ella pueda obtener.
Todavía no está claro si Rigoberta y quienes la apoyan están pensando en un partido indígena. Ella lo ha declarado en anteriores ocasiones, y en las circunstancias presentes el tema se retoma, aunque sin una definición categórica. Ojalá que no sea así porque se puede anticipar, sin riesgo de error, que el proyecto de un partido indígena estaría condenado al fracaso.

Fuente: www.sigloxxi.com


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