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Aura Marina y Ricardo
Por Gustavo Porras Castejón - Guatemala, 28 de febrero de 2007
gupocas@hotmail.com

Entre los seres vivos, sólo los seres humanos tenemos el privilegio del dolor.

El 15 de febrero recién pasado falleció en la ciudad de México, Aura Marina Arriola, víctima de un infarto. Concluyó así una vida dedicada a Guatemala y a la Revolución.

Marina trabajó incansable y calladamente por esa causa desde múltiples trincheras, una de ellas la de la Antropología, donde su brillante y cultivado intelecto hizo aportes fundamentales al conocimiento y la interpretación de Guatemala, uno de ellos, el potencial revolucionario de los pueblos indígenas y la fortaleza de su cultura, cuestionando con esto la tesis en boga según la cual el proceso de ladinización era irreversible, y su resultado inevitable y deseable era la “integración social”, es decir, la disolución de lo indígena dentro de una cultura mestiza que sería la “cultura nacional”.

Es imposible en pocas líneas hacer una semblanza de Marina. La recuerdo en muchas y diferentes circunstancias y tengo muy vivas sus imágenes en Roma, donde con su trabajo abnegado, lúcido e infatigable construyó un Comité de Solidaridad con Guatemala del cual formaban parte, entre otros, las grandes figuras del arte y la cultura italianas, como los geniales cineastas Federico Fellini, Francesco Rossi, Lucino Visconti y Paolo Pasolini.

Desde entonces, Marina insistía en un tema que la historia se ha encargado de confirmar con contundencia. Ella sostenía que la clave del futuro del mundo estaba en China, cuando entonces la reflexión se centraba en la guerra fría entre la URSS y Estados Unidos, y el gigante asiático parecía perdido para siempre en el aparente caos de la revolución cultural desencadenada por el presidente Mao.

El 23 de febrero, en un desafortunado accidente, murió Ricardo Pérez Mira, de 28 años de edad. Ricardo era conocido en el medio revolucionario como el “Hijo de la Revolución”. A los tres años de edad, ya huérfano de madre, llegó a una de las “colmenas” que el EGP organizó en Cuba para cuidar a los hijos de los combatientes y militantes clandestinos que luchaban en Guatemala, y que por ello tenían que estar separados de sus familias.

Conozco poco de su vida, pero de su calidad humana habla elocuentemente el cariño y la admiración profunda de sus compañeros, los niños y niñas que se criaron con él en la colmena, y que fueron su querida y entrañable familia. Su velación y su entierro constituyeron para mí uno de los momentos más conmovedores de mi vida.

Es imposible describir el dolor de su familia colmenera, entre ella mis hijos y mi nieto; nieto también de Aura Marina, de cuyo sepelio en México acababa de retornar. Viendo el amor fraternal que priva entre la bella familia de colmeneros, recordé un pensamiento de Hegel, contenido —si mal no recuerdo— en su Fenomenología del Espíritu. Dice el gran filósofo alemán —palabras más o menos— que entre los seres vivos, sólo los seres humanos tenemos el privilegio del dolor.

Y creí comprender ese pensamiento profundo al darme cuenta que el amor entre esos muchachos y muchachas que crecieron alejados de sus padres o que quedaron en la orfandad, es en gran medida el fruto del dolor convertido en su contrario.

Ojalá así ocurra con nuestra Guatemala y su dolor de siglos ¡Que descansen en paz Aura Marina y Ricardo. Que su ejemplo y su recuerdo nos den la nobleza y la entereza para no desmayar en la lucha por un mundo mejor!

Fuente: www.sigloxxi.com


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