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El Estado fallido
Por Gustavo Porras Castejón - Guatemala, 22 de marzo de 2007
gupocas@hotmail.com

¿Se reduce el tema a la descomposición de la Policía y la ineficacia de la justicia?

Hemos pasado de los gobiernos autoritarios a los gobiernos sin autoridad.

El diccionario define fallido como frustrado, sin efecto. ¿Esa es la situación del Estado de Guatemala? ¿Se reduce el tema a la descomposición de la policía y la ineficacia de la justicia? ¿Es posible que un hecho, por grave que sea, pueda cambiar el rumbo de un país? Quizá el concepto de “Estado fallido” excede la situación actual pero no cabe duda que señala con claridad hacia donde va el Estado de Guatemala si continúan las cosas como hasta ahora.

Y se trata de un tema de Estado y no solamente del actual gobierno ni del futuro, y se trata también de una concepción interesada que aboga por la reducción del Estado por el principal motivo de seguir disfrutando del paraíso fiscal que es Guatemala para aquellas empresas cuyos abogados, auditores y contadores hacen micos y pericos para reducir las ganancias a niveles irrisorios y así burlar “legalmente” el impuesto sobre la renta. Dicen que 3 mil empresas sostienen al fisco, pero en realidad lo que hacen es trasladar parcialmente el IVA que pagamos los consumidores, ya que el monto que las empresas pagan por ISR es insignificante.

A través de la contabilidad manipulada, los principales accionistas esconden sus ganancias de tal manera que, salvo excepciones, su ISR tampoco corresponde a sus ingresos reales, y quizá ni siquiera alcanza el nivel de los impuestos que pagamos los clasemedieros. Por ahí comienza el Estado fallido, un Estado sin recursos y carente del poder necesario para transformarse a sí mismo, para modernizarse, para disponer de un margen de autonomía, a manera de escapar de la prisión en que lo tienen los poderes de facto.

Pero cuando el tema fiscal se trata, aún entre los más angustiados por la crisis que vivimos, inmediatamente surgen los peros, o los carraspeos, o los “no se oye padre”, porque a estas alturas es terriblemente difícil cambiar la cultura de sálvese quien pueda y que cada uno se rasque sus pulgas. El individualismo lo ha invadido todo. Se ha exacerbado en la clase alta, pero también está presente en muchas organizaciones populares y organizaciones no gubernamentales que con toda tranquilidad anteponen sus intereses a los del país, a los de la población.

El asunto ya no es de diálogos sino de acciones. Los diálogos siempre se empantanan en lo señalado antes. Pero mal que bien habría que aprovechar la ocasión para que cada quien, cada sector, hiciera una autocrítica profunda. Porque el tema fiscal está en la base, en el punto de partida, pero no lo es todo. También es parte del problema la forma como el Estado, y el Ejecutivo en particular, han sido despojados de un poder legítimo hasta dejarlo prácticamente como nave al garete, producto esto, entre otros, de arrebatos financiados por la cooperación internacional y ejecutados por ONGs.

Pasamos de los gobiernos autoritarios a los gobiernos sin autoridad. En vez de fortalecer el poder civil, éste se ha debilitado. El tema militar se ha manejado muy mal, no sólo por el gobierno sino también por las ONG. Lo legal está más enmarañado que nunca y se ha constituido en una camisa de fuerza que impide romper innumerables círculos viciosos. Si se sigue por la ruta del Estado fallido, “dos puntas tiene el camino”: territorio administrado por la ONU o cambios internos impuestos desde arriba por un poder hegemónico.

Fuente: www.sigloxxi.com - 210307


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