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La izquierda frente al capitalismo global
Por Gustavo Porras Castejón - Guatemala, 17 de mayo de 2007
gupocas@hotmail.com

Los cambios mundiales son de naturaleza cualitativa y no meramente cuantitativa.

El capitalismo global ha confirmado con creces el análisis de Marx sobre el capitalismo.

1.- El primer dilema consiste en decidir si lo que corresponde es una transformación estratégica o una adaptación simple a la inmediatez.

2.- Otro dilema, vinculado con el anterior, es si se trata de recuperar la iniciativa o de la mera preservación de la organización: ¿la iniciativa para qué?, ¿cuál es el programa de la izquierda?

3.- El punto de partida es que los cambios mundiales son de naturaleza cualitativa y no meramente cuantitativa, y en esa medida cuestionan los fundamentos históricos de la izquierda, aunque también confirman otros.

4.- Los cambios en el modo de producción y distribución han ido acompañados de cambios ideológicos (el individualismo), a los cuales les ha dado sustento la experiencia inmediata: progresos basados en el esfuerzo propio y no en acciones colectivas o políticas públicas.

5.- Pero sobre todo, los cambios mundiales han producido efectos sociales y políticos distintos —y algunos contradictorios— con previsiones esenciales de Marx y Lenin que atañen a la teoría de la revolución y del socialismo:
– Reducción cualitativa de la clase obrera (trabajadores de cuello blanco);
– Expansión de los servicios, de los trabajadores por cuenta propia y de la informalidad;
– En consecuencia, expansión cualitativa de una clase media que sirve como colchón del sistema;
– El descrédito de la política como instrumento fiable para la transformación de las sociedades.
“No debemos olvidar jamás que, a fines del siglo XX, a pesar de las extraordinarias catástrofes que han caracterizado el siglo, la mayoría de los pueblos está mejor, sea cual sea la unidad de medida que se use...
“Este es un rasgo característico del siglo XX que hay que tener presente cuando se hacen balances: ha sido, a la vez, el peor y el mejor de los siglos. Ha matado a más gente que ningún otro, pero al mismo tiempo, ahora que termina, hay más gente viva y vive mejor, y tiene más esperanzas y mayores oportunidades” (Eric Hobsbawm, Entrevista sobre el siglo XXI).

6.- Al mismo tiempo, el capitalismo global ha confirmado con creces el análisis de Marx sobre el capitalismo:
– La internacionalización de la economía, que le ha quitado toda base nacional al capitalismo;
– La inevitable y creciente concentración del capital en proporciones sin precedente alguno;
– El predominio absoluto de la plusvalía relativa por medio de una revolución tecnológica ininterrumpida.

“La novedad reside en que, entre los factores de producción, los seres humanos son cada vez menos necesarios. Porque, hablando en términos relativos, no producen lo que cuestan: los seres humanos no son adecuados para el capitalismo.

“No es cuestión de incrementar la producción, que ya hemos resuelto satisfactoriamente. El verdadero problema lo constituye el modo de repartir esa riqueza. Pues bien, el único modo eficaz que conocemos es la redistribución realizada por el Estado y las autoridades públicas. Por eso creo que el estado-nación sigue siendo indispensable. Tal vez sus funciones económicas sean menores que antes, pero las redistributivas son más importantes que nunca” (Hobsbawm, ob. cit).



Carlos Marx anticipó con toda precisión el fenómeno hoy bautizado como globalización, señalando que el mismo era el producto natural de un sistema —el capitalismo— cuyo único norte es la ganancia, la cual obtiene en un proceso de competencia con otros capitales, regido éste por los principios de que el tiburón se come a las sardinas y el que tiene más saliva traga más pinol.

Esto implica, al menos, dos cosas: una, que el capital se concentra y con ello también la riqueza, y la otra, que crece cada vez más la inversión en tecnología, con el fin último de ahorrar trabajo humano, no para reducir la jornada laboral sino el número de trabajadores.

“Las antiguas industrias nacionales han sido destruidas y están destruyéndose continuamente. Son suplantadas por nuevas industrias cuya introducción se convierte en cuestión vital para todas las naciones civilizadas, por industrias que ya no emplean materias primas indígenas, sino materias primas venidas de las más lejanas regiones del mundo… En lugar del antiguo aislamiento de las regiones y naciones que se bastaban a sí mismas, se establece un intercambio universal, una interdependencia universal de las naciones”. Esto fue escrito en el Manifiesto del Partido Comunista, en una fecha tan temprana como 1848.

Lo que Marx no pudo anticipar fueron los efectos sociales y políticos que esto acarrearía. Consideró que —al igual que ocurría en su tiempo— la acumulación y concentración del capital y la tecnificación de la producción conducirían a una situación de desempleo y empobrecimiento absoluto, y que la clase obrera —tanto la empleada como el “ejército industrial de reserva”— constituirían la mayor parte de la sociedad: la contradicción entre una burguesía cada vez más concentradora y reducida y la mayoría obrera explotada sería el motor de una revolución social: la revolución socialista.

Al igual que siempre ocurre, en parte sí y en parte no. La parte que sí, se refiere al gigantesco proceso de concentración de capital y riqueza y al incremento del desempleo como rasgo estructural, fenómenos que actualemente han adquirido proporciones de escándalo. La parte que no, se refiere a que la clase obrera, lejos de crecer, camina hacia su virtual extinción, expulsada de la esfera del trabajo por una revolución tecnológica ininterrumpida basada en la informática. Asimismo, como rasgo general, la estructura social no se ha polarizado, y por el contrario, la explosión de los servicios y del trabajo por cuenta propia ha ensanchado el mundo difuso de la clase media, que se constituye en una especie de colchón del sistema.

La explotación (entendida como apropiación del trabajo ajeno) se ha incrementado a tono con la revolución tecnológica, pero esto no implica necesariamente que crezca la pobreza. Por el contrario, el crecimiento de la riqueza ha sido tan grande, que a pesar de una concentración sin precedente, la mayor parte de la población mundial vive mejor que en el pasado. Por eso hoy en día no es cuestión de incrementar la producción, sino el verdadero problema lo constituye el modo de repartir esa riqueza, y el único modo eficaz que conocemos para ello es la redistribución realizada por el Estado.

Así las cosas, es obvio que el panorama para la izquierda se ha transformado esencialmente, y el objetivo de una revolución socialista no está planteado, al menos en un cuadro de futuro que podamos concebir. En las circunstancias actuales ya no se trata de cambiar el modo de producción sino el modo de distribución, y para ello la herramienta es el Estado. En consecuencia, ya no se trata de destruir el Estado sino de administrarlo en beneficio de las mayorías. Como quien dice, la tarea consiste en una revolución política.

Fuente: www.sigloxxi.com - 090507 y 160507


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