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Legislo, luego existo
Por Gustavo Porras Castejón - Guatemala, 27 de junio de 2007
gupocas@hotmail.com

“La Constitución dice lo que la Corte de Constitucionalidad dice que dice”.

Los países colonizados, como el nuestro, se incorporaron a la modernidad con una característica singular: entraron en contacto con otros países y regiones con mayor desarrollo que, por ello mismo y de manera espontánea, se convirtieron en modelos a seguir. Así, por ejemplo, de todos es sabido que la independencia de los países americanos ocurrió bajo la influencia de dos grandes acontecimientos: la Revolución Francesa y la Revolución de Independencia en Estados Unidos.

Nuestros próceres y las figuras más preclaras de la época fueron conquistados por el pensamiento de la Ilustración y los conceptos de la democracia, y les pareció evidente que para alcanzar esos objetivos, lo idóneo era legislar en esa dirección. Era también la época en la cual se consideraba que la ley representaba por sí misma un poder omnímodo, y que por ello no había que recorrer los caminos que en otras latitudes hicieron posible la democracia, sino que era suficiente con decretarla.

Sólo así es posible entender que un hombre ilustre y cultivado como el doctor Mariano Gálvez, se propusiera con toda seriedad convertir a Guatemala en la república liberal más avanzada de América y que para ello echara mano de la ley como recurso fundamental. Hizo vigente en nuestro país el Código de Livingston —un cuerpo de legislación penal que se adelantó a su época— y eso fue uno de los poderosos motivos que condujeron a su derrocamiento y a la instauración del gobierno conservador de los 30 años.

No era la primera vez que ocurría algo similar: cuatro siglos antes, por influencia de los padres Dominicos, el rey Carlos V emitió en 1548 las Leyes Nuevas, que prácticamente significaban la subversión del orden colonial instaurado en América.

La reacción de los colonos españoles fue de tal magnitud que esas leyes se revirtieron en gran medida, aunque quedó algo fundamental: los indígenas pasaron a ser súbditos de la Corona, lo cual, al menos, los salvó de la extinción. Moraleja: la ley no puede por sí misma transformar la realidad, pero sí sentar bases para ello.

La ilusión sobre la magia de la ley ni se quedó allí ni tampoco es privativa de los guatemaltecos. Diversos autores han identificado esta tendencia como constitutiva de América Latina y fuente de sus desvaríos. Un ejemplo más de dicha tendencia es la Constitución actual y un sinnúmero de leyes que, queriendo tutelar los derechos humanos, emitieron normas que en realidad debilitan esa defensa porque hacen sumamente compleja —cuando no imposible— la aplicación de la justicia.

Otro ejemplo de salto al vacío en materia legal es la Corte de Constitucionalidad. Según los abogados, “la Constitución dice lo que la Corte de Constitucionalidad dice que dice”, lo que significa un poder absoluto, que está por encima de los poderes electos. ¿Cómo se integra? Por 5 magistrados titulares y 5 suplentes, designados por la Corte Suprema de Justicia, el Congreso, el Presidente de la República, la Usac y el Colegio de Abogados.

¿Ha sido esto garantía para su adecuada integración? La experiencia nos ha mostrado que no, y sin negar progresos evidentes, fruto de resoluciones acertadas, y sin desconocer la idoneidad de la mayoría de magistrados que han ocupado tan alto cargo, lo cierto es que una institución de ese tipo nos queda grande, y por ello se corre el riesgo de que sus efectos prácticos sean contrarios a los deseados. Que en vez de certeza jurídica se produzca incertidumbre, y que en vez de la imparcialidad indispensable en tan alto tribunal, éste se convierta en una fuente más de conflictividad sectaria y de ingobernabilidad.

Fuente: www.sigloxxi.com


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