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De modas y recetas
Por Gustavo Porras Castejón - Guatemala, 4 de julio de 2007
gupocas@hotmail.com

Democracia sí, pero adaptada a nuestras circunstancias y no sujeta a moldes rígidos.

No son sólo los colonizados quienes vuelven sus ojos al Norte buscando modelos y recetas, sino que son también los poderosos norteños quienes exportan lo suyo. La cooperación internacional expresa, en primer lugar, un genuino deseo de ayudar y, como no podía ser de otra manera, se basa en la agenda propia de los países cooperantes.

Sea como fuere, la gente de los países desarrollados piensa espontáneamente que, habida cuenta del progreso que sus países han alcanzado, la ruta y el objetivo ya están claros para los demás. El objetivo quizá sí, pero la ruta no.

Es cierto que la existencia de un mundo desarrollado ha abreviado el progreso de los países atrasados, en un proceso contradictorio por medio del cual estos últimos han sido explotados, pero al mismo tiempo se han beneficiado de una riqueza global en ascenso y de cierta derrama tecnológica, ambas cosas producidas por los ahora ricos, que no siempre lo fueron. Lo que se olvida con frecuencia es el larguísimo, cruento y autoritario camino que esos países recorrieron para llegar al progreso y la democracia.

Precisamente por ese desarrollo desigual y combinado, los países atrasados no se ven obligados a repetir lo mismo recorriendo tan ardua y prolongada ruta, pero tampoco se puede avanzar a saltos porque sí, mediante el trasplante artificial de las instituciones, leyes, formas de organización y costumbres democráticas de los países avanzados. La democracia sí, pero adaptada a nuestras circunstancias concretas y no sujeta a moldes rígidos.

Por supuesto que no se trata de pintarnos como víctimas de la presión externa, porque nuestro desorden interno y falta de iniciativa, a la vez que nuestro idealismo ingenuo (en el sentido de considerar que la idea todo lo puede), han sido parte integral —y principal, diría yo— de esa incapacidad para encontrar un camino propio e implementarlo. Un camino congruente con la esencia de la democracia y de los derechos humanos, por ejemplo, pero no necesariamente a través de las mismas formas y prioridades de otras latitudes porque, entre otras cosas, no disponemos de los mismos medios ni tampoco del mismo grado de madurez de la organización social y de la ciudadanía.

Pero no se nos quita el afán de ser más papistas que el Papa con leyes que nos quedan grandes y por ello no nos sirven. Tenemos una legislación penal modélica, que le exige pruebas de alta calidad a una Fiscalía y a una Policía que no cuentan con los medios para producirlas más que en una ínfima proporción.

¿Es realista pensar que la delincuencia y la impunidad nos darán el tiempo suficiente para que la Fiscalía y la Policía alcancen la ley? ¿No será que el crimen y la impunidad avanzan en progresión geométrica, y los citados más el Poder Judicial, si bien les va, en progresión aritmética?

Esto no excusa responsabilidades personales y colectivas, corrupción, indolencia y otras cosas pero, aún en el supuesto de corregirlas, con la indudable mejoría que ello significaría, ¿es congruente la relación entre la ley y la realidad, entre la idea y la materia? Dicho en términos sencillos, ¿es viable ese camino?

Y tampoco es cuestión de invocar la pobreza como causa de todos los males, porque en el caso de las instituciones su pobreza no deriva meramente de la fatalidad sino de la falta de voluntad política, esta última —entendida como fuerza objetiva y no como mero propósito— para echar adelante una profunda reforma del Estado, uno de cuyos pilares tiene que ser una profunda reforma fiscal.

Fuente: www.sigloxxi.com


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