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Los enigmas de China
Por Gustavo Porras Castejón - Guatemala, 11 de julio de 2007
gupocas@hotmail.com

La modernidad no llegó a China evolutivamente sino a través de un salto violento.

La China está penetrada por la única y verdadera ideología capitalista: el consumismo.

China fue el país más poderoso de la Tierra hasta fines del siglo XVIII, cuando se produjo la Revolución Industrial en Europa, y con ella, la explosión del mundo de las mercancías baratas, producto del ahorro en el tiempo de trabajo. Entonces, frente al desarrollo de Europa y la expansión del comercio mundial, traducidos también en superioridad militar, el milenario feudalismo chino se convirtió en una rémora insoportable que colapsó definitivamente con la revolución de Sun Yat Sen (1912), preludio de la revolución comunista de Mao Zedong.

Poco antes de la ascensión al poder de Sun, Luigi Barzini, un periodista italiano que cubrió el rally Pekín – París en 1907, anotó lo siguiente: “Nos sentimos como si respirásemos un aire detenido mil años atrás, como si fuéramos los primeros en anunciar con una veloz ráfaga el despertar de un largo sueño… Los grandes anhelos del alma occidental, su fuerza, el secreto de su progreso, se resumen en una sola frase: !Más rápido!”.

Al igual que en el caso de la Rusia zarista, la modernidad no llegó a China evolutivamente sino a través de un salto violento, el de la revolución. Explicando por qué la revolución había triunfado en Rusia y no en los países capitalistas avanzados, como había previsto Marx, Leon Trotsky escribió: “Al igual que los salvajes pasan de la flecha al fusil sin recorrer la senda que en el pasado separó a estas dos armas, el extremo del atraso tiende hacia el extremo del progreso”.

Asediado por las potencias europeas en ascenso, el zar Pedro el Grande intentó modernizar su imperio a la fuerza, pero sin modificar el régimen político autocrático. Más tarde, el “zar reformador” Alejandro II abolió la servidumbre e impulsó cambios en la situación del agro. Obligados a abrir sus mercados por las Guerras del Opio (mediados del siglo XIX), los emperadores chinos trataron de apropiarse la tecnología europea, pero sin modificar el régimen imperial. En ambos casos operó la célebre fórmula de Maquiavelo: “Un cambio siempre trae otro cambio”, de manera que las reformas a medias— y no la perpetuación del atraso— parieron la revolución.
La China de hoy está penetrada profundamente por la única y verdadera ideología del capitalismo: el consumismo. El Partido Comunista Chino, sin embargo, no ha modificado en nada su retórica tradicional de corte estalinista y, en consecuencia, continúan los denuestos contra la burguesía y las loas al proletariado. Sin embargo, para nadie es un secreto que los nuevos millonarios son emergidos de los altos niveles del partido y del Estado y, en cuanto al proletariado, se acaba de emitir una legislación laboral que si bien norma los salarios mínimos, abre la puerta a los contratos flexibles de trabajo, que significan en la práctica la abolición del derecho laboral y de su función tutelar.

Del socialismo queda muy poco, y al igual que en la Union Soviética de Gorbachov, lo que ha derribado ese sistema social no son los ejércitos capitalistas sino las mercancías baratas capitalistas. La gran pregunta es si las reformas económicas iniciadas desde el mandato de Deng Tsiao Ping conducirán algún día a la democracia de tipo occidental, o si el capitalismo de Estado que existe hoy en China seguirá desarrollándose bajo la égida del despotismo oriental, ese sistema político que ha dominado la historia de Asia desde hace miles de años.

 

Fuente: www.sigloxxi.com


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