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El poder de China
Por Gustavo Porras Castejón - Guatemala, 18 de julio de 2007
gupocas@hotmail.com

La fortaleza de China sigue siendo la misma: un pueblo extremadamente laborioso.

La Gran Muralla se reproduce hoy en la red de autopistas que surcan su territorio.

Cuando el emperador Qianlong recibió a la delegacion inglesa encabezada por Lord Macartney en 1793, se sintió defraudado por los regalos (la Corte china pretendia que fueran tributos), que estos le llevaban. La prensa china había anunciado que entre los obsequios, los ingleses llevaban un enano de medio metro y un elefante del tamaño de un gato, y el emperador "contempló decepcionado la prosáica colección de carricoches, telescopios y esferas armilares" con la que los enviados de su Majestad Británica pretendían convencerlo de que China abriera sus mercados. En el edicto de respuesta, Qianlong declaró: “Nunca nos han interesado los artefactos ingeniosos y no necesitamos ni uno solo de los objetos que fabrica vuestro país”.

Y más allá del desplante ante los “bárbaros”, lo expresado por el emperador reflejaba una realidad: para la China de entonces, el trabajo humano y su milenaria tecnología eran más que suficientes porque, encerrada tras sus murallas, no necesitaba competir con ninguno.

Hoy, China está inserta de lleno en el mercado global y posee una tecnología de punta, pero su fortaleza fundamental sigue siendo la misma: un pueblo extremadamente laborioso, disciplinado y numeroso, y una autoridad con la fuerza suficiente para ordenar y organizar al conjunto de la sociedad, haciéndola actuar en una misma dirección.

En 1547, el comandante encargado de la edificación afirmó “que en unos pocos meses de trabajo se habría completado la barrera de 500 kilómetros de longitud que serviría de ‘separación entre los chinos y los bárbaros’”. Cualquiera que haya visitado la Gran Muralla (en China existen más de 7 mil kilometros de murallas), se queda anonadado por la magnitud de la obra y piensa que su construcción tomó milenios, pero dificilmente imagina la celeridad con la que se realizó: ¿el secreto? El trabajo de centenares de miles de seres humanos, usando tecnologias simples y los materiales del lugar.

La Gran Muralla —símbolo por excelencia del gigante asiático— se reproduce hoy en la red de autopistas que surcan su territorio, en los centenares de aeropuertos recién estrenados y en los incontables edificios que se construyen al mismo tiempo en Beijing, en Shanghai, en Xi’an y en muchas otras ciudades y también en el campo. Por eso se puede decir que, a pesar de su deslumbrante modernidad, en China el pasado está presente como en ninguna parte, no sólo en su fuerza material sino también en el pensamiento.

El lema de los Juegos Olimpicos de 2008 (One world, one dream), pareciera consolidar la apertura, pero los conocedores de la China actual saben que en la mente y en los corazones de los dirigentes y del pueblo chino, y a pesar de la moda, la internet, los Starbucks y McDonald´s, subsiste la idea de que su país es el centro del mundo, y que si bien es conveniente la relación con Occidente, “hay que cerrar bien la ventana para que no entren moscas ni mosquitos”, como proclamara en su momento Deng Xiaoping, alertando frente a los peligros del pensamiento y las costumbres occidentales.

Cuando Lord Macartney declaró ante la Corte china que llegaba en representación del país más poderoso de la Tierra, lo que provocó fue una estridente carcajada.

Fuente: www.sigloxxi.com


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