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A veces lo obvio oculta lo real
Por Gustavo Porras Castejón - Guatemala, 3 de octubre de 2007
gupocas@hotmail.com

El montaje logra sus objetivos desde que los actores esenciales muerden el anzuelo.

La captura de dos policías sindicados del asesinato de cinco jóvenes con antecedentes delictivos, y el hecho de que estos agentes estuvieran directamente vinculados con el director de la Institución, y la renuncia de éste, son acontecimientos que se prestan a interpretaciones basadas en lo que parece evidente, y se descuida el análisis de los posibles trasfondos, con el riesgo de caer en el juego de quienes orquestan conspiraciones.

Las apariencias indican que en el marco de la Policía Nacional Civil se desarrolla una campaña de limpieza social, y que en ella están involucradas las más altas autoridades. La primera consecuencia de esto es la deslegitimación de esas autoridades y su sustitución por otras. No se necesita mucha imaginación para vincular el caso con el asesinato de los diputados salvadoreños, el cual condujo a la renuncia del Ministro, del director de la PNC y de las estructuras superiores de mando.

Ocupó entonces el cargo Adela de Torrebiarte, y entre otras cosas renovó la jerarquía de la PNC basándose en criterios adecuados, como la promoción de policías profesionales con una hoja de servicios intachable, tal el caso del ex director, Julio Hernández Chávez. Sin embargo, pese a lo anterior y de la calidad de la actual Ministra, todo lo hecho parece quedar en cuestión, y el resultado más pernicioso es que no logra consolidarse la autoridad, nada menos que en el ámbito de la seguridad: ¿no huele esto a conjura? ¿Qué autoridad futura quedará a salvo de semejantes procedimientos, a no ser que sea la autoridad que quieren los “poderes ocultos”?

La torpeza con que habrían actuado los policías sindicados del asesinato da motivo para sospechar que se trata de una trama. Otra vez las autoridades los identifican a través de los movimientos de su vehículo registrados por el sistema GPS, cosa que esos policías sabían perfectamente que podía ocurrir, no sólo por conocer las características técnicas de ese sistema sino porque así pasó en el caso de los diputados salvadoreños. Sin embargo, lejos de que cuestiones como éstas provoquen sospechas y pongan en entredicho la versión que parece evidente, diversos actores clave (medios de comunicación, columnistas, ONG, Comunidad Internacional y demás), interpretan los hechos como evidencia de una campaña de limpieza social impulsada y consentida desde arriba.

El montaje logra sus objetivos desde que los actores esenciales muerden el anzuelo y se desata una dinámica política de la que no es posible escapar, la cual conduce a destituir a las autoridades, a sabiendas de que no tuvieron nada que ver. Se provoca también en el público la idea de que todo esfuerzo es inútil y que “cada vez estamos peor”, lo cual pone en riesgo la continuidad de estrategias fundamentales para renovar y profesionalizar a la Policía, que es una línea en la que hay que persistir.

En mi opinión, la mayor evidencia de que en Guatemala operan estructuras ocultas muy poderosas está en esta capacidad de crear un caos perfectamente organizado y controlado. Un ejemplo de esto, para citar un caso reciente, fue la concepción y ejecución de la campaña de rumores que puso en jaque al banco G y T: una operación simultánea a nivel nacional, que tuvo que haber involucrado a mucha gente, y sin embargo se desarrolló en el mayor secreto. El arte conspirativo de estas estructuras tenebrosas se ve facilitado por la candidez, la ingenuidad y las respuestas estereotipadas, todo lo cual constituye un estímulo para que este tipo de cosas se repitan una y otra vez.

Fuente: www.sigloxxi.com


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