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Cuarenta años después
Por Gustavo Porras Castejón - Guatemala, 10 de octubre de 2007
gupocas@hotmail.com

Con la muerte del Che llegaba a su fin la primera oleada guerrillera de América Latina.

Conocí al comandante Fidel Castro pocos días antes de la muerte del Che. Estaba yo de visita en la casa que ocupaba Rolando Morán en La Habana, recostado en un sillón, cuando de pronto se abrió la puerta e ingresó un personaje uniformado de verde olivo con una abundante barba roja y Castro detrás de él. El de la barba roja era Manuel Piñeiro, jefe de la Inteligencia cubana.

Fidel se sentó enfrente de mí y de inmediato me preguntó qué radio guatemalteca se escuchaba en Cuba. Sin reponerme aún por la impresión de aquel inesperado encuentro respondí que Radio Reloj. Rolando llegó a continuación y los tres se trasladaron al comedor de la casa para conversar. Yo me retiré discretamente al jardín. Al cabo de algún tiempo, Noel, encargado de las relaciones con los revolucionarios guatemaltecos, me llamó para que escuchara, y así, a través de una puerta de cedazo, pude ser testigo de un momento histórico. Sobre la mesa de piedra del comedor estaban extendidos unos mapas de Bolivia, precisamente de la región donde se encontraba la guerrilla del Che. En los días anteriores, el diario Granma había publicado noticias de enfrentamientos entre la guerrilla y el ejército boliviano. Los profanos nos alegrábamos ante tales hechos, considerando que se trataba de victorias, pero los conocedores del arte militar —y Castro en primer lugar— sabían que eso significaba que el Che no podía romper el contacto con el ejército, y que éste lo empujaba hacia un lugar donde pudieran emboscarlo. Era eso precisamente lo que Fidel le estaba explicando a Morán, e incluso señaló como lugar probable de la emboscada la quebrada del Yuro, donde efectivamente ocurrió y donde el Che fue herido y capturado.

A las 4 de la mañana el Comandante y su comitiva se retiraron de la casa. Lo volví a ver de lejos en la Plaza de la Revolución, el día que el pueblo cubano conmemoró la muerte del guerrillero heroico. Tenía los ojos inflamados por la falta de sueño y unas ojeras que le colgaban como sacos oscuros. José Luis Cardoza, Roque Dalton y yo estábamos en la colina sobre la cual se yergue el monumento a José Martí, muy cerca de las baterías del ejército cubano que nos estremecieron al disparar las salvas de rigor.

Fidel Castro, con voz grave, pronunció un discurso que si mal no recuerdo comenzaba diciendo: “Fue un día como hoy cuando conocimos al Che en casa de María Antonia”. Pero lo que se me grabó para siempre fue la carta de despedida de Ernesto Guevara: “Otras tierras del mundo reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos... ahora a unas piernas flácidas y a unos pulmones cansados los sostendrá una voluntad que he pulido con delectación de artista”. Y el poema de Nicolás Guillén: “Voz que ordena sin mandar, que ordena amiga y manda compañera”, y la canción de Carlos Puebla: “Aquí se queda la clara, la entrañable transparencia, de tu querida presencia, comandante Che Guevara”. En la plaza había más de un millón de personas en un silencio sepulcral. Sobre uno de los muros laterales del edificio Turcios Lima, entonces el más alto de La Habana, se extendía la foto monumental del Che en Santa Clara. Jamás he vuelto a asistir a un acto tan solemne y conmovedor. Con la muerte del Che llegaba a su fin la primera oleada guerrillera en América Latina y él pasaba a convertirse en el mito y la imagen emblemática de las luchas de los 60, y de las posteriores, y seguramente de las que estarán por venir. Como todos los grandes momentos de la humanidad, era una época en la cual el sueño y la tragedia marchaban de la mano.

Fuente: www.sigloxxi.com


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