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Los programas y las elecciones
Por Gustavo Porras Castejón - Guatemala, 17 de octubre de 2007
gupocas@hotmail.com

Los candidatos se han limitado a decir lo que estiman “políticamente conveniente”.

A lo largo del actual proceso electoral ha arreciado la demanda de que los partidos y candidatos presenten sus programas de gobierno, en vez de enfrascarse en los clásicos dimes y diretes a que nos tienen acostumbrados.

Ante esta petición tan razonable todos responden afirmativamente, pero saben muy bien que el candidato que en el curso de las elecciones se ponga a explicar un programa, ya se puede dar por derrotado desde el inicio.

Efectivamente, lo primero a considerar es que la tribuna electoral no es precisamente el espacio desde el cual se pueda explicar un programa. Los programas —los que merecen la categoría de tales— requieren de explicaciones sesudas y prolongadas que no se pueden agotar en un discurso, ni su ambiente es el de los mítines de campaña.

Explicar el programa debería ser la tarea permanente del partido político, siempre que éste trabaje todo el tiempo y no sólo para las elecciones; siempre que cuente con cuadros capaces de desempeñar tal tarea y no sólo con activistas y, en pocas palabras, que sea efectivamente un partido político y no solo un movimiento electoral.

Contar con un programa en el cual se expongan con claridad no sólo los objetivos sino también los medios para alcanzarlos, es algo muy importante para el desarrollo político. Sin embargo, no existe relación directa entre tener un programa bien elaborado y obtener buenos resultados electorales, y para muestra de ello la izquierda guatemalteca.

En un análisis sobre los programas partidarios efectuado por una institución de reconocido prestigio, se señala que el único que merece la categoría de tal es el de URNG-MAIZ. Sin embargo, los resultados electorales de esa agrupación fueron extremadamente bajos: ¿por qué?

Son muchas las razones, pero una de ellas, fundamental, es que dicho programa debe ser atractivo, y para comenzar eso significa que sea viable, lo cual incluye que el partido que lo proponga cuente con posibilidades reales de alcanzar el poder. Hay partidos cuyos planteamientos son atractivos y que disponen de cuadros con la capacidad de explicarlos, versus el típico partido electorero y sus activistas, pero a la hora de las votaciones son los electoreros los que se comen el mandado y no los otros. Una razón de peso para que eso sea así es lo ya dicho con relación a la viabilidad.

En la campaña electoral de Álvaro Arzú me tocó trabajar con grupos de líderes en los diferentes municipios. Allí me di cuenta, por ejemplo, que el Partido Socialista Democrático (ya extinto) contaba con mejores cuadros que cualquier otro, si tomamos como parámetro la capacidad de explicar, la elaboración del discurso político y otros factores que se hacían notar en los foros y debates auspiciados por los medios locales (cable y radio): sin embargo, no conquistaban votos.

Actualmente, por lo menos ocho de los partidos que participaron en el proceso electoral presentaron un programa. No cabe duda de que esto constituye un avance con relación al pasado, pues en la anterior contienda únicamente dos de los partidos participantes presentaron programa.

Sin embargo, con la sola excepción de URNG-MAIZ, no se trata de programas sino de un listado de buenas intenciones. No se aclara el cómo, y en particular, algo fundamental: ¿De dónde van a sacar los recursos? Pero en estas elecciones, como en ninguna anterior, los candidatos —y sobre todo los finalistas— se han limitado a decir lo que ellos estiman “políticamente conveniente”.

Fuente: www.sigloxxi.com


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