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Gasolina, o un día en Guatemala
Por Gustavo Porras - Guatemala, 19 de noviembre de 2008

Expone (...) una terrible dimensión de nuestra realidad que hemos construido entre todos...

Lo que Gasolina exhibe es un día como otro cualquiera en Guatemala.

Filmada a oscuras —como oscura es la realidad que muestra— la película Gasolina, del realizador guatemalteco Julio Hernández, expone sin muchos aspavientos, y más bien con precariedad de recursos, una terrible dimensión de nuestra realidad que hemos construido entre todos: el deterioro moral de una sociedad sin ley, sin referentes éticos, donde priva la idea que cada quien debe agarrar lo que pueda, y donde el trato cotidiano es una mezcla de procacidad, irresponsabilidad y liviandad.

La historia gira alrededor de la conducta y actitudes de tres adolescentes de clase media que, para infortunio, podrían ser decenas de miles. No se trata de mareros tatuados de pies a cabeza ni de sicarios, ni siquiera de drogadictos, sino de jóvenes “comunes y corrientes” que con la mayor naturalidad cometen pequeños hurtos (de gasolina) y otras tropelías, entre las cuales embarazar a una muchacha, hermana de uno de ellos. Aparece en escena el padre de la muchacha, y en lugar de que se perciba la presencia de un adulto, ese padre es un adolescente más, tan superficial, violento y soez como los otros.

El lenguaje a lo largo de la película es el de todos los días: un diluvio de palabrotas, antes privativas de los hombres, y ahora empleadas —con el mayor desenfado— por mujeres, jóvenes y niños. ¿Qué hay de malo en eso? ¿Acaso no todos hablamos igual? Efectivamente, así hablamos, y Gasolina nos hace reflexionar sobre el vínculo que existe entre esa vulgaridad aparentemente inocua, y la rudeza de espíritu que permite franquear sin contradicciones las fronteras de la agresión y del delito.

La norma no existe, y lo que inicialmente podría catalogarse como travesuras (robarse la gasolina), no es un hecho aislado, sino parte de una actitud que puede llegar muy lejos, siempre rodeada de la indiferencia de esos jóvenes para quienes la crueldad y la bajeza son las formas de existir en una sociedad sin horizontes, sin guías, sin ejemplos. Al final de la película, y como un incidente más, esos jóvenes cometen uno de los crímenes más horrendos que a diario ocurren en nuestro país.

La moraleja, a mi juicio, es que en el ambiente de descomposición en el cual vivimos, puede pasar cualquier cosa, y no necesariamente por la acción de delincuentes profesionales, sino de adolescentes equis como los de la película. La profundidad de lo que Gasolina muestra hace evidente que el delito no es el producto exclusivo de la ambición y menos de la pobreza, sino puede brotar en cualquier parte, en medio del pragmatismo y la tosquedad de una sociedad en la que sólo vale lo que cada quien se echa entre la bolsa y donde el refinamiento, en el mejor de los casos, es visto como una cursilería.

Una sociedad sin Estado, sin autoridad, sin ejemplo, hundida cada vez más en el individualismo destructivo según el cual cada quien sólo debe interesarse en la punta de su nariz, porque hay una mano invisible que convierte las ambiciones de cada uno en bien común. Una generación surgida en medio de la disolución de los vínculos sociales y familiares tradicionales, corroídos por la paternidad irresponsable, la emigración, la violencia intrafamiliar, la pérdida de contacto entre padres e hijos y muchos aspectos más. Una juventud sin acceso suficiente a la educación y a actividades como el arte o el deporte que pudieran canalizar su energía y rebeldía. En suma, lo que Gasolina exhibe es un día como otro cualquiera en Guatemala.

Fuente: www.sigloxxi.com


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