Seguimos indefensos
Por Hosy Orozco - Guatemala, 9 de mayo de 2008
La mayoría de ocasiones, los articulistas tenemos tantos temas actuales para analizar que seleccionar uno se convierte en problema. Pero hay momentos en que la realidad nos impone un tema, y no podemos callar. Esto me sucedió estos días al ver las dolorosas imágenes de tres pequeñas, indefensas e inocentes niñas, que fueron literalmente atacadas a balazos cuando se disponían a ingresar en su centro educativo, una pequeña escuela pública de una zona céntrica capitalina. Inmediatamente recordé aquella dura imagen del cuerpo inerte de dos hermanos, estudiantes de un prestigioso colegio de la capital, baleados cuando estaban cerca de ingresar en su centro de estudios. Por si fuera poco, me enteraba de que estos días a un niño secuestrado en el interior del país le cercenaron la oreja como muestra de su captura. Todos mis temas de análisis pasaron a segundo plano.
Ante la propaganda oficial que resalta que van por el rumbo correcto, no dudo de sus buenas intenciones y sus pequeños logros, pero la realidad se impone. Viendo el rostro de los niños y niñas que acudieron al funeral de una de las niñas atacadas, debo reconocer que en Guatemala somos víctimas de la indefensión aprendida. Esta es una condición psicológica en la que una persona aprende a creer que está indefensa, que no tiene ningún control sobre la situación en la que se encuentra y que cualquier cosa que haga, será siempre inútil. Ante esto, ya solo le queda soportar sin reaccionar. Es como el caso de una esposa que, pese a todos sus intentos, no logra sacar a su hijo de las drogas o situaciones peligrosas y se da por vencida; o un alumno que, pese a los correctivos que se le hacen, sigue obteniendo malas calificaciones.
Son las autoridades gubernamentales quienes deben replantear su estrategia de seguridad, pero, como educadores, ¿qué podemos hacer? Yo creo que debemos ayudar a nuestros alumnos a no contagiarse de este estado nacional de indefensión, y dotarlos de herramientas sociales y emocionales, para que puedan enfrentar y prevenir mejor la violencia. Si hemos priorizado la educación para el éxito académico, muchas veces demasiado individualista e intelectualista, ahora es imperativo integrar en los procesos educativos la formación de personas tolerantes, pacíficas y que trabajen por cambiar la actual cultura de desigualdad y violencia que corroe el país, por una cultura de respeto por las diferencias y de paz, lo que supone educar para superar todo tipo de violencia, tanto física como psicológica y estructural (tal el caso de la pobreza).
De diversos programas de prevención de violencia que conozco, los más exitosos tienen por centro el diálogo como medio privilegiado para prevenir y resolver conflictos y desahogar tensiones reprimidas. Estos programas deben permitir que los alumnos que ya viven y sufren la violencia social también comprendan las causas profundas del actual estado de violencia, los motivos que impulsan a los generadores de violencia, porque solo comprendiendo sus intenciones podemos prever su conducta y actuar mejor ante ellos. Los profesores de las áreas sociales tienen esta tarea privilegiada, ayudar a que los alumnos luchen por no ser presas de esta indefensión social aprendida y, ojalá, aspiren a ser protagonistas futuros del cambio a una sociedad más pacífica. En educación aún creemos en las utopías, aunque no las logremos ver.
Fuente: www.prensalibre.com - 070508 |