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Evo Morales: justicia histórica
Por Hugo Us Álvarez - Guatemala, 27 de diciembre de 2005

La victoria contundente del líder indígena boliviano Evo Morales en las elecciones del pasado domingo en Bolivia trasciende el mero hecho simbólico por varias razones.

La victoria contundente del líder indígena boliviano Evo Morales en las elecciones del pasado domingo en Bolivia trasciende el mero hecho simbólico por varias razones. La primera de ellas, la histórica, es la más evidente. Bolivia es el país latinoamericano con mayor población indígena (más de dos tercios). Al igual que en el resto de países latinoamericanos, los indígenas en Bolivia han sido históricamente marginados y excluidos del desarrollo económico, social y político. Tras siglos de opresión, la victoria de Evo Morales y el Movimiento al Socialismo es un acto de justicia histórica no solo con los pueblos indígenas de Bolivia, sino con todos los pueblos originarios de América.

Como era de esperarse con un acontecimiento tan trascendental, las reacciones por la victoria de Morales no se han hecho esperar en la región latinoamericana en general y en Guatemala en particular. Con este hecho se han renovado esperanzas, augurios de un futuro mejor, pero también han dejado ver (o entrever) miedos, trampas y fantasmas para aquellos que parecen no comprender que la democracia no es tal si no incluye de manera sustancial a parte importante de la población, entre ellos, a los pueblos indígenas.

Las reacciones más apresuradas se atrincheran tras los desgastados dogmas ideológicos convenientemente fabricados y en los prejuicios seculares contra la población indígena. Si bien muchas de estas reacciones provienen de la derecha local pretendidamente liberal que encuentra en la plataforma izquierdista de Morales un blanco fácil para sus ataques, la izquierda más tradicional tampoco parece estar convencida del todo con el citado triunfo. Después de todo, ambas tendencias, en su versión más radical no han visto otra cosa que no sea la panacea del libre mercado por un lado, y la emancipación del proletariado por el otro. Aparte de esto, cualquier otra causa les resulta incomprensible o injustificable.

Lejos de ver en el triunfo de Morales un avance de la democracia en la región, sus detractores acuden a dos fantasmas. El primero es el fantasma de la legitimidad absoluta. A Evo Morales, como seguramente lo harían con cualquier indígena que llegara al poder, se le pide, casi se le exige, que represente a la totalidad de indígenas de su país. No contar con este respaldo casi significa carecer de la legitimidad necesaria, así haya obtenido el porcentaje que establece la legislación boliviana. Claro, a quienes piden esto se les olvida hacer lo mismo con aquellos gobernantes no indígenas que han tenido que soportar nuestros países. El segundo fantasma, no menos recurrido que el primero, es el fantasma del separatismo o de la balcanización. Para quienes acuden a esto, cualquier avance en mayores niveles de igualdad y oportunidad para los indígenas representa un detonante para una posible escisión de los estados nacionales. A ellos casi se les olvida que muchos de los países latinoamericanos pareciera que abrigaran en su seno no a uno, sino a dos o tres países, si se considera las enormes brechas sociales y económicas que separan a unos pocos de otros tantos de sus habitantes. En el caso de Guatemala, los indicadores de salud y educación, por citar un ejemplo, parecen sugerir que en el país coexistieran Suecia y Etiopía en el mismo territorio. Se trata, pues, de realidades diferentes pero cercanas, producto de injusticias históricas para las que el triunfo de Evo Morales constituye el inicio de una reparación.

Ciertamente, el triunfo de Morales y del MAS en Bolivia supone un desafío enorme no tanto para la izquierda latinoamericana, que tiene notables representantes en Brasil o en Chile, sino para un ejercicio más equitativo del poder para los indígenas de la región. Como para cualquier gobierno, muchos de los planes de Morales no dejan de ser controversiales, con simpatizantes y detractores acérrimos. Es posible que muchas veces se equivoque, pero también es posible que acierte en otras medidas. Este es el precio del ejercicio de la democracia y de la libertad política. A Morales le corresponde conjurar los miedos seculares y comenzar un nuevo capítulo de la historia boliviana y latinoamericana, en la que cuenten no solo los indígenas, sino también aquellas masas de pobres no indígenas que, al igual que muchos latinoamericanos, aspiran a condiciones de vida más dignas y a ser respetados plenamente en su dignidad e identidad.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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