Vuelta a la bota
Por Helmer Velásquez - Guatemala, 2 de julio de 2009
Incapacidad de los sistemas judiciales.
Hilvanando la historia de sátrapas que han afligido a los pueblos de Centro América, los vericuetos de la mente se conducen hasta el cuento de Monterroso: Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. Ese reptil de cabeza pequeña, capaz de aplastar en su torpe andar, cualquier criatura sin siquiera darse por enterado, menos sentir aflicción por el daño causado. La alegoría surge al reconocer esta como la imagen y semejanza que durante años los pueblos centroamericanos reconocimos en los ejércitos de la región y de la cual estos mismos estamentos sintieron altos niveles de orgullo. Quizá la diferencia más notable entre estos cuerpos artillados y los dinosaurios es que para los ejércitos el daño que generaban siempre estuvo calculado y asumido de manera totalmente dolosa. La consigna fue causar el mayor daño posible. Inflingir terror en el enemigo. Aunque este se constituyera, por niños, mujeres y ancianos que huían de pasadas masacres. Esta es la imagen de los militares del siglo XX que, al igual que los dinosaurios, parecía estar condenada a tiempos pretéritos, a épocas remotas, sepultadas por el triunfo de la inteligencia y la civilidad en Centro América.
Pero, como sentenció Augusto Monterroso, aún estaba allí. Y es que como tomada de un cuento tornado en sainete, surge de repente la “triste figura”. La del soldado embozado en pasamontañas, que metralla en mano, secuestra al Presidente y lo expulsa del territorio. Táctica utilizada –según se supo posteriormente– para dar fiel cumplimiento a una orden judicial, y de esa forma dirimir un conflicto político institucional. Esta actuación revestida de “legalidad” y secundada de forma unánime por detractores y correligionarios del Ciudadano Presidente de Honduras, confirma viejas y nuevas sospechas: los ejércitos en la región han cambiado muy poco. Fieles a añejos intereses económicos y políticos, incluso extraregionales. No dudan en dirigir la mirilla de sus armas contra el andamiaje democrático, si a su particular entender así lo aconsejan las circunstancias.
Acciones como la que aflige al pueblo hondureño son resultado de la incapacidad de nuestros sistemas judiciales, de llevar a juicio a los militares responsables de violaciones a los Derechos Humanos cometidas en décadas pasadas. Ni en Guatemala, ni en Honduras, hubo juicio y castigo contra los perpetradores. Más bien las generaciones de generales pasaron a formar filas de la “clase política” y desde allí han contribuido a mantener la impunidad en nuestras sociedades. Los muros de contención frente a la barbarie, aún son limitados y débiles. La impunidad, estimula la violación de la legalidad democrática.
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